Caso 344 12. El terraplén #3
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12. El terraplén #3

—El tiempo —dijo Aristegui—. Solo el tiempo.

Corvo cree que con Damián ha tapado el agujero; no sabe que hablaste con él, no sabe lo de la libreta, no sabe lo del georradar.

Cree que ha ganado, y un hombre que cree que ha ganado no sigue matando: se relaja.

Esa es nuestra ventaja, y dura hasta mañana por la mañana, hasta que metamos la excavadora en su carretera y se entere de golpe de que no ha ganado nada.

A partir de ahí, sí: a partir de ahí hay que blindar a todo el mundo, porque un Corvo acorralado es otra cosa.

Pero para entonces ya no habrá nada que tapar, porque estará todo desenterrado y en un juzgado.

La carrera es esta noche, Rojas. Si llegamos a mañana con la orden y con el georradar, ganamos.

Aristegui se levantó, y cuando volvió a hablar era otra vez la fiscal, seca y rápida.

—Se acabó la prudencia. Corvo ha matado a un hombre esta noche para tapar esto, y eso lo cambia todo.

Ya no vamos despacio. Quiero ese georradar en el terraplén hoy mismo.

Si confirma lo que dices, mañana a primera hora tengo la orden de un juez, y te aseguro que va a ser un juez de los que no cogen el teléfono cuando llama el jefe superior, que de esos también hay, aunque escaseen.

Ve. Pasa el aparato. Y reza por que la anomalía esté donde el pobre Damián te dijo que estaría.

El georradar subió al 344 esa misma tarde, disfrazado de lo que Rojas había planeado: una furgoneta blanca sin rótulos, dos técnicos de la universidad con chaleco naranja y casco, unos conos, una señal de «inspección de firme», y Lúa, también de naranja, supervisando.

Cualquiera que pasara —y pasaron camiones de la cantera, despacio, mirando— vería lo que veía siempre en aquella carretera: unos operarios auscultando el asfalto del puerto.

Nadie vería lo que de verdad estaba pasando: que se buscaba a una mujer bajo la carretera que ella misma había pesado.

Rojas había pensado mucho en aquella ironía, y le seguía pareciendo la más amarga de todas.

Nuria había pesado, uno por uno, los camiones de zahorra que levantaron aquel terraplén.

Había apuntado sus toneladas con sus comas.

Y no sabía —¿o lo intuyó, aquella última noche, cuando dio la vuelta al coche?

— que estaba pesando el material de su propia tumba.

Ahora, una década después, otra máquina recorría aquel mismo firme, no para pesar lo que había encima, sino para ver lo que había debajo.

La báscula medía el peso de la carretera; el georradar medía su secreto.

Entre las dos máquinas, entre la que Nuria manejó y la que la buscaba, había once años, un montón de cobardías y una sola mujer terca que se había negado a callar.

Rojas se quedó abajo, en la nacional, lejos, vigilando por si aparecía alguien de la cantera, mientras los técnicos pasaban el aparato despacio por el arcén del lado del barranco, a la altura del mojón del 344, unos metros más arriba, donde el terraplén hacía un ensanche.

Justo donde Damián había dicho. Iban y venían, arriba y abajo, con el georradar rodando sobre el asfalto como un cortacésped lento, y en la pantalla de la furgoneta se iba dibujando, en franjas de colores, lo que había debajo de aquella carretera por la que pasaba media provincia sin saberlo.

Pasó un coche de la cantera, despacio, con dos hombres dentro que miraron mucho a los operarios de naranja.

Rojas contuvo el aliento. Pero los técnicos, avisados, siguieron a lo suyo con la parsimonia aburrida de quien mide un firme —uno anotando en una tableta, el otro empujando el aparato—, y los de la cantera, al ver la señal de «inspección», los conos y el chaleco de Lúa, siguieron su camino, porque una inspección de carretera era, en aquel puerto, el paisaje más normal del mundo.

El disfraz de Corvo, vuelto del revés, funcionaba: ellos escondían crímenes a plena vista, en una obra; Rojas los desenterraba a plena vista, en una inspección.

Nadie mira lo que está acostumbrado a ver.

Tardaron dos horas. Rojas las vivió como dos años.

Y al final, cuando el sol empezaba a caer sobre el valle, Lúa bajó caminando por el arcén hasta donde estaba él, se quitó el casco, y traía en la cara una expresión que Rojas no le había visto nunca, una mezcla de profesional y de humano que le heló la sangre y le calentó el pecho a la vez.

—Está —dijo, simplemente—. Hay una anomalía clara en el relleno, a la profundidad que dijo el capataz, con la forma y el tamaño que tiene una fosa.

No es una tubería, ni una roca, ni una raíz.

Es una fosa. —Tragó saliva—. Y debajo, más honda, hay una fila de objetos metálicos, grandes, regulares, alineados, que reflejan como reflejan los bidones.

No tengo ninguna duda, Rojas. Ninguna. Ahí abajo está todo.

Los bidones… y encima de los bidones, ella.

Rojas cerró los ojos un momento. Once años.

Más de una década, y una madre esperando detrás de una puerta verde, y un camionero queriendo llevar una flor, y un guardia viejo con la conciencia sucia, y un mecánico con la vida rota, y un cura callando pecados, y una hermana con un corcho lleno de hilos, y un capataz muerto en un embalse por haber elegido bien la última noche.

Y debajo de todos ellos, debajo de la carretera, debajo del asfalto por el que pasaba el mundo sin mirar, Nuria Alsina, que había tenido razón, y que había dejado copias, y que muerta y todo los había ganado.

—La sacamos —dijo Rojas, en voz baja, para sí, o para ella, o para la mujer que estaba bajo el asfalto—. Mañana la sacamos.

Esa noche, Aristegui llevó ante un juez de instrucción —uno de los que no cogen el teléfono— la confesión grabada de Damián, el informe de Lúa sobre su muerte disfrazada de accidente, la libreta de hule de Nuria en la cadena de custodia que iba del muerto al cura y del cura al policía, las fotocopias de la báscula, el diario de la obra, y, encima de todo, el informe del georradar: una fosa y unos bidones bajo el arcén del kilómetro 344.

Lo puso todo sobre la mesa del juez, ordenado, atado, sin una sola puerta entornada, y pidió lo que una década atrás nadie había querido pedir.

No fue una vista larga. Aristegui no necesitó teatro; le bastó con poner las piezas en fila y dejar que hablaran solas, una detrás de otra, encajando: la mujer que descubrió el fraude, las copias que escondió, la noche que la citaron, el coche con el depósito lleno apuntando a casa, el mensaje sin comas mandado desde el pueblo mientras el coche estaba en el monte, el capataz que confesó dónde y cómo, el capataz que apareció muerto veinticuatro horas después de confesar, la libreta de la víctima en sus manos, y, debajo del arcén del 344, la fosa y los bidones que dibujaba el georradar.

El juez, un hombre callado que escuchó sin interrumpir, tomando notas, entendió lo mismo que habían entendido, cada uno a su manera, doña Amparo, Colmenar, Quique, Satur, Lúa y Elena: que ahí había algo que llevaba once años esperando que alguien tuviera el valor de mirarlo.

Y, a diferencia de todos ellos, aquel juez tenía, además del entendimiento, la firma.

El juez firmó la orden a las once de la noche.

Rojas se enteró por un mensaje de Aristegui, escueto: «La tengo.

Mañana». Estaba en su casa, a oscuras, sin cenar, con la libreta de hule sobre la mesa dentro de su bolsa de pruebas y el anillo de Nuria al lado, mirándolos, sin atreverse todavía a abrir la libreta, porque abrir la libreta de una muerta a la que no conociste, la noche antes de sacarla de la tierra, le parecía una intimidad que no se había ganado.

Leyó el mensaje. Cerró los ojos. Y por un momento, en la oscuridad de su casa, le habló en voz baja a una mujer a la que nunca había visto, como llevaba días haciendo sin querer: mañana, Nuria.

Mañana sales. Aguanta una noche más. La última.

Al día siguiente, al amanecer, iban a levantar la carretera nacional 344.