Caso 344 12. El terraplén #2
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12. El terraplén #2

—Inspector. —Movió la cabeza con pesadumbre, mirando la furgoneta chorreante—.

Qué desgracia. Qué desgracia más grande.

Treinta y dos años conmigo, el Damián. Mi mano derecha.

Como de la familia. —Suspiró—. Yo se lo veía venir, ¿sabe?

Estaba muy desmejorado el pobre. La botella.

Uno le decía, Damián, hombre, cuídate, y él…

en fin. Se conoce que anoche volvía de la capital ya cargado, y en la curva del embalse…

Una tragedia. Voy a correr yo con todo, el entierro, la familia, faltaría más.

A esa mujer y a esos hijos no les va a faltar de nada mientras yo viva. Es lo menos.

Rojas lo miró. Y en aquel momento, mirando los ojos pequeños de Corvo —que otra vez sonreían un cuarto de segundo tarde, que otra vez calculaban debajo del dolor de cartón—, comprendió con toda claridad lo que Corvo estaba haciendo y, sobre todo, lo que Corvo creía.

Corvo creía que había ganado. Creía que había cerrado la única grieta a tiempo, que había tapado la boca del único que podía hundirlo, y que ahora, con Damián en el fondo del embalse, el inspector cansado del sótano se quedaba otra vez sin nada, con sus corazonadas y sus fotocopias inútiles, y acabaría cerrando el caso como le pedía Peñalver.

Corvo había subido al embalse a hacer dos cosas: a representar su papel de patrón dolido delante del juez, y a mirar a Rojas a la cara para disfrutar, por dentro, de su derrota.

Y Rojas, que tenía en ese momento, a buen recaudo, la confesión grabada de Damián, y un georradar a punto de subir al terraplén, tomó la decisión más difícil de todo el caso: dejarle creer que había ganado.

—Una desgracia, sí —dijo, con la voz plana, cansada, la de un hombre vencido—.

Y justo cuando el pobre iba a hablar conmigo.

En fin. Sin él no tengo gran cosa, la verdad.

A lo mejor tienen ustedes razón y esto hay que dejarlo estar.

—Se encogió de hombros, derrotado—. Uno se hace viejo para estas cosas, don Ismael.

Corvo lo miró, y Rojas vio, en el fondo de aquellos ojillos, encenderse la chispa del triunfo, el alivio del depredador que cree que la presa ha dejado de correr. Le puso a Rojas una mano en el hombro, paternal, casi afectuoso.

—Así me gusta, inspector —dijo, con una dulzura obscena—. Hay que saber cuándo una cosa está muerta. Váyase a su casa, descanse, cierre su papelito, y olvídese de esta comarca, que aquí ya no se le ha perdido nada. Hágame caso, que de esto sé un rato.

—Le hago caso —mintió Rojas, y le aguantó la mano en el hombro sin apartarse, tragándose el asco, porque a veces ganar consiste en dejarse dar una palmadita por el hombre al que vas a hundir a la mañana siguiente.

Corvo se marchó satisfecho, con su máscara de duelo puesta, a estrecharle la mano a más gente, a pagar entierros, a ser querido.

Y Rojas se quedó mirándolo alejarse, memorizando aquella palmada en el hombro, guardándola, como guardaba todo, para el día —muy cercano ya— en que pensaba cobrársela entera.

El segundo error de Corvo lo descubrió Rojas esa misma mañana, y fue el que lo dejó sin respiración, porque fue el error de subestimar la última decencia de un cobarde.

Cuando bajaba del embalse, le vibró el móvil. Un número desconocido, fijo, del pueblo.

—¿El inspector Rojas? —Una voz de hombre mayor, serena, con acento de allí—.

Soy don Serapio. El cura de El Pedernal.

Bueno, el que fue cura; ahora ya solo digo misa cuando me dejan.

¿Podría usted acercarse a la iglesia? Tengo una cosa para usted.

Una cosa que me dieron anoche para usted, con el encargo de dársela si pasaba algo. Y ha pasado.

La iglesia de El Pedernal era pequeña, fría, con olor a humedad y a cera, y don Serapio lo esperaba en la sacristía, un anciano enjuto de sotana raída y ojos claros, uno de esos curas de pueblo a la antigua que se habían quedado sin rebaño pero no sin oficio.

Le contó, con una calma que a Rojas le supo a valentía, lo que había pasado la noche anterior.

—Anoche, tarde, llamó a mi puerta el Damián.

Yo lo conozco de toda la vida, lo bauticé, lo casé.

Venía… venía como quien va a confesarse, aunque no se confesó, no le dio tiempo, o no le dieron.

Estaba mal, muy mal, temblando, con una cosa envuelta en una bolsa apretada contra el pecho.

Y me dijo: «Don Serapio, guárdeme usted esto, y si mañana o cualquier día me pasa algo, se lo da usted al policía de la ciudad, al que ha estado subiendo, a nadie más, ni a la Guardia Civil, ni a don Ismael, a nadie más que a él».

—El cura sacó de debajo de un paño, sobre la mesa de la sacristía, una bolsa de plástico, y dentro se veía el canto de algo, una libreta marrón, de hule—.

Le pregunté qué era. Me dijo que era de una chica a la que había hecho mucho daño, y que devolvérsela era lo único bueno que le quedaba por hacer.

Y se fue. Y esta mañana me he enterado de lo del embalse.

—Don Serapio empujó la bolsa hacia Rojas, y le temblaba un poco la mano, no de miedo, sino de años—.

Aquí la tiene. Cójala. Yo no le tengo miedo a don Ismael.

A mi edad, y con lo que tengo yo por encima —señaló hacia arriba, hacia el techo de la iglesia, hacia lo que fuera que un cura viejo señala—, ya no me da miedo ningún hombre.

Pero usted sí que debería tenérselo. Cójala y sáquela de esta comarca cuanto antes.

Rojas cogió la bolsa. A través del plástico, la libreta de hule de Nuria Alsina, la que ella llevaba a todas partes, la que Quique juraba que jamás habría dejado atrás, la que Damián no había podido quemar en más de una década y que, en la última noche de su vida, muerto de miedo, había llevado a la única persona del pueblo que no le debía nada a Corvo, para que volviera a las manos limpias.

Damián había hecho, al final, la cuenta que no había sabido hacer once años atrás: entre lo que estaba bien y lo que le convenía, esa última noche, había elegido lo que estaba bien. Tarde para él. No tarde para Nuria.

—Don Serapio —dijo Rojas, con la voz espesa—. Ha hecho usted una cosa muy valiente y muy peligrosa. Gracias. Y hágame caso: estos días, no le abra a nadie que no conozca, y si alguien le pregunta por Damián o por mí, usted no sabe nada.

—Hijo —dijo el cura, con una sonrisa cansada—, llevo cincuenta años oyendo en confesión los pecados de este pueblo, callándomelos todos, muriéndome con ellos dentro.

Lo de anoche del Damián es lo primero que hago en mucho tiempo que a lo mejor sirve para que uno de esos pecados no se quede sin pagar.

Váyase tranquilo. De mí no van a sacar nada.

De un cura viejo no se saca nada; para eso nos entrenan.

Rojas guardó la bolsa con la libreta junto al anillo de Nuria que le había dado su madre.

Ahora llevaba encima las dos cosas: el anillo de la vida que Nuria no llegó a vivir, y la libreta de la vida que sí había vivido, con sus comas, sus cuentas y sus recados.

Todo lo que quedaba de una mujer, en el bolsillo de un policía viejo, camino de sacarla de debajo de una carretera.

Al salir de la iglesia, don Serapio lo acompañó hasta el pórtico, y allí, bajo la niebla, le puso una mano en la frente sin pedirle permiso y murmuró algo, una bendición o un deseo, Rojas no supo qué, y no se apartó, aunque hacía cuarenta años que no le echaban una bendición, porque le pareció que rechazarla habría sido una grosería hacia un viejo valiente, y porque, en el fondo, aquella mañana, después de un hombre muerto en un embalse, no le venía mal que alguien, aunque fuera un cura sin rebaño, le deseara suerte.

Aristegui, cuando Rojas le llevó todo a mediodía —la confesión grabada de la víspera, el cuerpo de Damián con sus marcas, el informe de Lúa que desmentía el accidente, y la libreta de hule de Nuria en manos del muerto—, se quedó un largo rato en silencio en su despacho, mirando la bolsa de plástico con la libreta como quien mira algo sagrado.

—¿Sabes lo que tienes aquí, Rojas? —dijo al fin—.

La víspera me habrías traído una confesión de un testigo vivo, que es fuerte, pero discutible: un abogado diría que el capataz mentía, que te lo inventaste, que lo presionaste.

Hoy me traes otra cosa. Me traes la confesión grabada de un hombre que, veinticuatro horas después de confesar, aparece asesinado y disfrazado de accidente.

¿Sabes lo que vale una confesión cuando al que confiesa lo matan justo después por haber confesado?

Vale oro. Porque su propia muerte prueba que decía la verdad.

A los que mienten no los matan; a los que mienten se les deja hablar, que se hundan solos.

A los que matan es a los que dicen la verdad.

—Tocó la bolsa con un dedo—. Y encima me traes esto.

La libreta de la víctima, en poder del hombre que la enterró, entregada a un sacerdote la noche antes de que lo maten.

La cadena entera, Rojas: Nuria escribe la libreta, Damián se la quita del bolso la noche del crimen, la guarda once años, la lleva al cura antes de morir, el cura te la da a ti.

Cada eslabón, un testigo. Cada eslabón, una prueba.

—Se quitó las gafas, y por primera vez desde que Rojas la conocía, la fiscal Aristegui parecía conmovida—.

Ese hombre, Damián, con lo que hizo anoche, se ha comprado a sí mismo un sitio distinto en esta historia.

No lo redime de lo que hizo. Pero lo saca de ser solo el verdugo.

Al final eligió bien. Y al elegir bien, lo mataron. Igual que a ella.

—Igual que a ella —repitió Rojas—. Aristegui, hay más gente. La madre, que ya escondí. El cura. Un camionero, un mecánico, un guardia jubilado. Todos han hablado conmigo. Si Corvo ha matado a Damián en una noche por miedo a lo que supiera, ¿qué le impide ir a por los demás?