Caso 344 12. El terraplén
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12. El terraplén

El teléfono de Rojas sonó a las siete y diez de la mañana, y no era Aristegui, y no era Damián.

Era un número del pueblo, y una voz de mujer, entrecortada, que preguntaba por «el policía de la ciudad», el que había estado subiendo a preguntar, porque no sabía a quién más llamar, porque Damián le había dado ese número por si un día pasaba algo, y algo había pasado.

Damián estaba muerto.

Lo habían encontrado al amanecer unos pescadores, en el embalse, el mismo embalse que una década atrás habían dragado buscando a Nuria y donde el propio Damián había tirado el teléfono de la chica aquella noche.

Su furgoneta estaba en el fondo, cerca de la orilla, y él dentro.

La versión que ya corría por el pueblo, a las siete de la mañana, antes incluso de que llegara el juez, era la que corre siempre en estos casos, la que alguien se encarga de que corra: que el pobre Damián bebía, que últimamente estaba muy desmejorado, muy raro, que se conoce que volvía borracho de la capital, de noche, se equivocó en la curva del embalse y se cayó al agua.

Una desgracia. Un accidente. El alcohol, ya se sabe.

Rojas colgó, se quedó un momento sentado en la cama, muy quieto, con el frío de las siete de la mañana entrándole por la ventana y por dentro, y sintió lo que no había sentido en todo el caso: no rabia, no miedo, sino una culpa negra y espesa que le subió desde el estómago.

Lo había sabido. Lo había visto venir. «Una noche», había pensado la víspera.

«Una sola noche.» Y no había hecho nada, porque hacer algo era peor, porque un coche forastero en el pueblo lo habría precipitado.

Había hecho lo correcto, lo profesional, lo que cualquiera habría hecho, y aquel hombre estaba muerto en el fondo de un embalse.

Rojas había protegido el caso, y no había protegido al hombre.

Luego las dos cosas, comprendió con el amanecer entrándole en la cara, no siempre son la misma, y a veces hay que elegir, y él había elegido, y ahora tenía que vivir con ello, como Damián había tenido que vivir once años con lo suyo.

Se obligó a moverse, porque la culpa, si te dejas, te sienta en el borde de la cama y no te levanta en todo el día, y él no tenía todo el día.

Llamó a Lúa Couto antes que a nadie. «Damián está muerto, en el embalse, disfrazado de accidente.

Sube. Sube ya, antes de que el juez de guardia lo despache como una desgracia y se pierda todo.

» Lúa no hizo preguntas: dijo «voy» y colgó, que era una de las muchas razones por las que Rojas la quería.

Después llamó a Aristegui, que escuchó en silencio y soltó una sola palabrota, seca, y luego dijo: «Que no lo entierren, ni el cuerpo ni el caso. Voy a mover lo mío.» Y colgó también.

Mientras se vestía, con las manos un poco torpes, Rojas hizo una cosa que no solía hacer: se paró delante del espejo del baño y se miró.

Un hombre viejo, cansado, sin afeitar, con los ojos hundidos, que la noche anterior había prometido protección a un asesino arrepentido y esa mañana lo tenía muerto en el fondo de un embalse.

No apartó la mirada. Se la sostuvo, como se la había sostenido a doña Amparo, a Colmenar, a Quique.

Y se dijo la única cosa que sabía decirse en momentos así, la que lo mantenía en pie: que su parte de culpa era suya, sí, pero que la culpa entera, la de verdad, tenía nombre y apellidos y una cantera, y que la mejor manera de cargar con su parte no era quedarse mirando el espejo, sino subir al puerto y no parar hasta que aquella cantera ardiera.

Se vistió y subió a El Pedernal por última vez con aquella niebla que no se iba, conduciendo deprisa, con la mandíbula apretada.

El embalse estaba a diez kilómetros del pueblo, bajando, en un recodo donde la carretera lamía la orilla.

Cuando Rojas llegó, ya había allí un pequeño gentío: los pescadores que habían dado el aviso, un coche de la Guardia Civil, el furgón judicial, una ambulancia sin prisa —a los muertos seguros no se les corre— y, en la cuneta, un puñado de vecinos de El Pedernal que habían bajado a mirar, en corrillos, con esa mezcla de pena y de morbo con que los pueblos reciben las desgracias.

Rojas oyó, al pasar entre ellos, la versión ya cerrada, ya oficial, repitiéndose de boca en boca: pobre Damián, la bebida, la curva, una desgracia.

En tres horas, la comarca entera había fabricado su relato tranquilizador, el mismo que once años atrás había fabricado para Nuria, y por la misma razón: porque un accidente no obliga a nadie a mirar a la cantera, y mirar a la cantera era lo único que en aquel pueblo estaba terminantemente prohibido.

Rojas se abrió paso hasta el cordón, se identificó, y se quedó mirando cómo los buzos ataban cables a la furgoneta sumergida.

El agua parda del embalse, quieta, indiferente, guardaba a Damián como había guardado once años el teléfono de Nuria que el propio Damián arrojó a aquellas mismas aguas.

El embalse era, comprendió Rojas, el otro cementerio de Corvo, el húmedo: el terraplén para lo que se enterraba en seco, el embalse para lo que se hundía.

Dos fosas para una misma comarca del silencio.

Pero Corvo, esta vez, había cometido un error. Dos, en realidad.

El primero lo vio Rojas con los ojos de veinte años de oficio, y se lo confirmó, una hora después, Lúa Couto, que subió a toda prisa desde la ciudad porque un forense de confianza en un sitio así, en las primeras horas, vale por diez órdenes judiciales.

La muerte de Nuria era un crimen de once años, frío, enterrado, dificilísimo de probar.

La muerte de Damián era un crimen de anoche.

Fresco. Y los crímenes frescos, a diferencia de los viejos, hablan.

Hablaban las contradicciones que Lúa fue señalando en voz baja, apartada, mientras el juez despachaba con la Guardia Civil la tesis cómoda del accidente.

Que un hombre que se cae por accidente al embalse con el coche no suele tener, como tenía Damián, un golpe en la nuca que no encajaba con el volante ni con el salpicadero.

Que un borracho que se ahoga no suele tener las marcas que Damián tenía en las muñecas.

Que la ventanilla del conductor estaba bajada del todo, cosa rara en una noche de octubre, como bajada para que el agua entrara rápido y no diera tiempo a nada.

Que, en fin, aquello tenía tanto de accidente como el mensaje sin comas de Nuria tenía de despedida.

A Damián lo habían matado, lo habían metido en su furgoneta y habían echado la furgoneta al embalse, con la misma frialdad con que una década atrás habían metido a Nuria en el terraplén.

La misma mano. El mismo oficio. La misma comarca donde las desgracias se resolvían solas, rápido y a gusto de todos.

Lúa se lo fue mostrando a Rojas con la punta de un bolígrafo, sin tocar, en el cuerpo que los buzos habían tendido sobre una lona, mientras el juez y la Guardia Civil despachaban a unos metros la hipótesis del accidente.

El golpe en la nuca, aquí, de borde limpio, que no lo hace un salpicadero.

Las marcas en las muñecas, aquí y aquí, de haber estado sujeto.

La ausencia de agua en cierto sitio, que Rojas no entendió del todo pero que significaba, en cristiano, que Damián ya no respiraba cuando el coche entró en el agua.

Cada detalle, una mentira de la versión oficial.

Cada detalle, un ladrillo del muro que Aristegui iba a levantar contra Corvo.

Lúa hablaba bajo, técnica, contenida, pero a Rojas no se le escapó que, cada tanto, apretaba la mandíbula: porque una cosa es la muerte vieja y limpia de un esqueleto, y otra la muerte fresca y sucia de un hombre que la noche antes lloraba en una cafetería de autovía prometiendo empezar de nuevo.

—Corvo se ha puesto nervioso —murmuró Lúa, quitándose los guantes—.

Y la gente nerviosa hace las cosas deprisa, y las cosas hechas deprisa dejan marcas.

Lo de Nuria lo prepararon con calma, con calendario de obra, y les salió perfecto.

Lo de Damián lo han hecho en una noche, con prisa, con miedo.

Y les ha salido chapucero. Rojas, esto no es un accidente ni de lejos, y te lo voy a firmar.

Tienes un homicidio fresco, con marcas, con un cuerpo entero que aún cuenta cosas.

Corvo, por tapar la boca de un hombre, te ha regalado un crimen mucho más fácil de probar que el que quería tapar.

Rojas asintió, sin alegría. Tenía razón Lúa.

Pero un crimen fácil de probar seguía siendo un hombre muerto en el fondo de un embalse, un hombre al que él le había prometido protección menos de doce horas antes.

La justicia iba ganando. Damián había perdido.

Rojas ya había visto otras veces esa aritmética siniestra, y nunca le había gustado.

Fue entonces cuando llegó Corvo.

Su todoterreno negro bajó por la pista, se detuvo junto al cordón, e Ismael Corvo se bajó, vestido de oscuro, con la cara compuesta en una máscara de dolor tan perfecta que a Rojas le dieron ganas de aplaudir.

Se acercó al juez, le estrechó la mano, cruzó unas palabras; saludó al teniente de la Guardia Civil por su nombre de pila; y luego, al ver a Rojas apartado, se dirigió a él, despacio, cabizbajo, componiendo el papel de patrón desolado.