Caso 344 11. Lo que tapó Damián #3
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11. Lo que tapó Damián #3

—«Mamá no te preocupes por mí necesito irme una temporada.

» —Damián lo recitó de memoria, con vergüenza—.

Palabra por palabra. Lo tengo grabado a fuego.

Lo escribí en el coche, bajando al pueblo, con los dedos temblando, sin comas, que yo de comas no sé.

Y luego pensé muchas veces que a lo mejor por eso, por las comas, alguien se daría cuenta de que no lo había escrito ella.

Pero nadie se dio cuenta. Nadie menos su madre.

—Una última cosa —dijo—. Y esta es importante, Damián, muy importante. El señor Corvo le mandó destruir las cosas de la chica. El bolso, el teléfono, todo. ¿Lo destruyó usted todo? ¿O guardó algo?

Damián lo miró, y en sus ojos rojos hubo un destello nuevo, un destello de miedo distinto, el de quien tiene un secreto dentro del secreto. Bajó aún más la voz.

—Guardé una cosa —dijo—. Una sola. No pude quemarla.

Todo lo demás lo quemé o lo tiré, como me dijo.

Pero había una libreta, en el bolso. Una libreta marrón, de esas de hule.

Y cuando la iba a echar al fuego con lo demás, la abrí, no sé por qué, y estaba toda escrita con su letra, con una letra tan…

tan cuidada, tan de buena persona, con sus cuentas de la casa, y unas notas para su madre, cosas de comprar, «felicitar a la tía tal», recados…

Y no pude. No pude quemarla. Me pareció que quemar esa libreta era como matarla otra vez, pero del todo.

Así que la escondí. Once años con ella escondida, en un sitio donde no la encuentra nadie, sin atreverme a mirarla y sin poder deshacerme de ella.

—Levantó los ojos, y por primera vez en toda la tarde, en aquella cara destruida, hubo algo que no era miedo ni culpa, sino una especie de dignidad última, la del que ha guardado, en medio de su cobardía, una sola cosa por decencia—.

Es lo único que hice bien en toda esta historia, señor.

No quemar su libreta. Se la doy a usted.

Que vuelva a su madre. Es de su madre. Nunca fue mía.

Rojas cerró los ojos un instante. La libreta de hule.

La grande, la que Nuria llevaba a todas partes, la que Quique decía que jamás habría dejado atrás si de verdad se hubiera ido, la que probaba, ella sola, que a Nuria le habían quitado el bolso porque a Nuria le habían quitado la vida.

Escrita de su puño y letra. En manos del hombre que la enterró.

Era, además de una reliquia para una madre, una prueba de una potencia devastadora: ¿cómo tenía Damián la libreta de una mujer que, según la versión oficial, se había fugado con su bolso?

Solo había una respuesta. Porque él estaba allí la noche que le quitaron el bolso. Porque él la enterró.

—Damián —dijo Rojas, abriendo los ojos—.

Esa libreta va a hacer dos cosas. Va a devolverle a una madre lo último que le queda de su hija.

Y va a ser el clavo del que cuelgue Ismael Corvo.

Gracias por no quemarla. De todo lo que me ha contado hoy, eso, no quemarla, es lo que a lo mejor un día, cuando esto acabe, le deje dormir.

Damián asintió despacio, y algo en su cara se aflojó, una tensión de más de una década cediendo un milímetro.

No era perdón —no había perdón para lo que había hecho, y él lo sabía mejor que nadie—, pero era otra cosa, más pequeña y quizá más útil: la primera vez en once años que un ser humano lo miraba a la cara sabiendo lo que había hecho y, aun así, le reconocía algo bueno.

A veces, para que un hombre siga en pie el tiempo suficiente para responder de lo suyo, basta con eso: con que alguien le diga que, en medio de todo el mal, hubo un gesto que no fue malo.

Rojas no se lo dijo por bondad. Se lo dijo por cálculo, porque necesitaba a aquel hombre vivo y entero hasta el día del juicio, y un hombre al que le quitan hasta la última brizna de dignidad es un hombre que se rompe o que se muere.

Pero, como pasaba a veces en aquel oficio, el cálculo y la decencia coincidían, y Rojas dejó que coincidieran sin mirar demasiado cuál de los dos mandaba.

Salieron por separado del área de servicio, con quince minutos de diferencia, como habían entrado.

Damián volvería al pueblo, a fingir normalidad una noche más, la última que Rojas pensaba dejarlo allí solo, porque a la mañana siguiente Aristegui tendría lista la protección y lo sacarían de la comarca de una vez.

La libreta la traería Damián al día siguiente, del escondite donde la tenía; no se atrevía a moverla esa noche, con los coches vigilándole la calle.

Rojas lo vio marcharse en su furgoneta, hacia el puerto, hacia la niebla, hacia la boca del lobo, y sintió una punzada de aprensión que no logró quitarse de encima en todo el camino de vuelta.

Había conseguido lo que había ido a buscar, y más: una confesión grabada, el sitio exacto, y la promesa de una prueba —la libreta— que por sí sola valía más que todo lo demás junto.

Aristegui, cuando la llamó desde el coche y le resumió lo que tenía, se quedó un momento callada y luego dijo, con una emoción rara en ella: «Con eso vamos.

Con eso te consigo la orden. Mañana empezamos».

Todo iba bien. Todo iba, al fin, deprisa y bien.

Y sin embargo, Rojas no lograba quitarse la aprensión, porque había una cosa que no le cuadraba, una piedra pequeña en el zapato, y era esta: Corvo sabía lo de la tarjeta.

Corvo vigilaba a Damián. Corvo le había dado un abrazo y un aviso el día anterior.

Y Damián, esa tarde, se había ausentado del pueblo, con una excusa, durante horas.

Un hombre tan cuidadoso como Corvo, un hombre que registraba coches de policía y movía jefes superiores, ¿se iba a creer sin más que su capataz asustado, al que acababa de avisar, había bajado a la capital a lo del médico de su mujer justo el mismo día?

¿O iba a atar cabos, como ataba siempre, y a preguntarse dónde había estado Damián aquella tarde, y con quién?

Rojas hizo cuentas de tiempos con la angustia fría del que ve venir algo y va tarde.

Damián volvería al pueblo esa noche. La protección de Aristegui no estaría lista hasta la mañana siguiente.

Eso dejaba una noche. Una sola noche en la que el capataz, con su confesión ya dada pero su cuerpo todavía en la boca del lobo, estaría solo en El Pedernal, vigilado, mientras su patrón quizá empezaba a sospechar.

Una noche. Rojas conocía las noches: sabía todo lo que cabe en una noche cuando alguien tiene prisa por tapar algo.

Pensó en subir él mismo, en quedarse vigilando la casa de Damián desde el coche hasta el amanecer, y lo descartó, porque un coche forastero aparcado toda la noche en El Pedernal era la manera más segura de encender todas las alarmas y de precipitar justo lo que quería evitar.

Lo mejor que podía hacer por Damián, comprendió con rabia, era exactamente lo peor: nada.

Esperar al amanecer. Rezar por que Corvo tardara una noche más en atar el cabo.

Rojas apretó el acelerador. De pronto tenía muchísima prisa por que amaneciera, por que Aristegui firmara la protección, por sacar a Damián del pueblo antes de que Corvo terminara de atar ese último cabo.

Porque Damián acababa de convertirse en la prueba viva que hundía a Ismael Corvo.

Y las pruebas vivas que hunden a Ismael Corvo, ya lo había demostrado una vez, no llegaban a viejas.