11. Lo que tapó Damián #2
Al principio le costó arrancar. Empezó tres o cuatro frases y las dejó a medias, se pasaba la mano por la boca, miraba la grabadora como se mira un precipicio.
Rojas no lo apuró: le sirvió más café, le acercó el azúcar, le habló un momento de cualquier cosa —del tiempo, de la niebla del puerto— para bajarle las pulsaciones, porque sabía que a un hombre al borde de una confesión así no se le empuja; se le espera, se le da tiempo, se le deja llegar solo, porque lo que va a decir lleva once años queriendo salir y lo único que hay que hacer es no ponerse en medio.
Y al cabo Damián respiró hondo, apoyó las dos manos en la mesa como para sujetarse, y arrancó, y ya no paró hasta el final, porque las confesiones son como los diques: cuesta mucho abrir la primera grieta, y después no hay quien las pare.
Contó que Corvo se había enterado de que Nuria andaba haciendo copias.
No sabía cómo; alguien de la oficina, quizá, o el propio Corvo, que lo veía todo.
Que Corvo lo llamó a él, a Damián, unos días antes, y le dijo que había un problema con la chica de la báscula, que se había vuelto lista y podía hacerles mucho daño a todos, a la empresa, al pueblo, a las familias, y que había que arreglarlo.
Que Damián pensó, al principio, que «arreglarlo» era hablar con ella, asustarla, comprarla, lo de siempre. Que no fue eso.
Contó la noche. El viernes. Que Corvo lo llamó al atardecer y le dijo que se quedara en la obra después de que se fueran los hombres, que iba a subir la chica a «cuadrar unos papeles» y que él, Damián, tenía que estar.
Que subió Corvo en su todoterreno, y poco después subió Nuria en su cochecito, confiada, porque la había llamado el propio don Ismael con su voz de siempre.
Que Corvo habló con ella en el terraplén, a oscuras, primero con buenas maneras, ofreciéndole dinero, un ascenso, lo que quisiera, a cambio de que devolviera las copias y se olvidara de todo.
Que la chica dijo que no. Que Corvo subió el tono, la amenazó, le habló de su madre, de que una madre sola necesita a su hija cerca y sana.
Que la chica, y aquí a Damián se le quebró la voz del todo, la chica no se achantó.
Que le dijo a Corvo, con las copias apretadas contra el pecho, que no pensaba callarse, que iba a contarlo aunque le costara, que no podía vivir sabiendo que envenenaban a la gente. Que Corvo, entonces, dejó de sonreír.
—Yo no quería —dijo Damián, y las lágrimas le caían ya sin freno sobre la mesa de formica—.
Se lo juro por mis hijos, señor. Yo pensé que iba a asustarla y ya está.
Pero cuando ella dijo que no, que lo iba a contar, el señor…
el señor la agarró. Del cuello. Yo estaba ahí, con la pala parada, mirando, y no hice nada.
No hice nada, señor. Ni para ayudarla ni para pararle a él.
Me quedé quieto, como un pasmarote, muerto de miedo, mientras el señor…
—No pudo seguir. Se tapó la cara con las manos manchadas de una vida de tierra, y lloró, un hombre grande llorando en una cafetería de autovía, y nadie a su alrededor se dio cuenta, porque nadie mira nunca, ese había sido siempre el gran aliado de Corvo: que nadie mira.
Rojas esperó. Le puso una servilleta delante, y esperó, con la grabadora girando.
—Cuando… cuando ya no se movía —siguió Damián, con un hilo de voz—, el señor me dijo lo que tenía que hacer.
Muy tranquilo. Como quien da instrucciones para una obra.
Que la metiera en la tongada, la que teníamos abierta esa semana, en el terraplén, arriba del todo.
Que echara encima lo que hiciera falta. Y que el lunes coronáramos y selláramos, como estaba previsto, y a asfaltar.
Que nadie iba a mirar nunca debajo de una carretera nacional recién hecha.
Y así fue. La metí yo. Con la pala y con las manos.
La metí donde estaban ya los bidones, los de los camiones de la noche, con toda esa porquería.
La dejé ahí, con la gente esa, con el veneno. A una chica buena.
—¿Llevaba algo encima? —preguntó Rojas, en voz baja—. Cuando la enterró. ¿Llevaba algo la chica?
—Papeles —dijo Damián—. Los llevaba apretados aquí, contra el pecho, por dentro del abrigo.
No se los quiso soltar ni cuando el señor la agarró.
Unas hojas dobladas. Copias, supongo, de las de la báscula.
El señor se las quitó él mismo, del abrigo, cuando ya…
y las quemó allí mismo, con un mechero, mirándolas arder, asegurándose de que no quedaba ni ceniza.
Por eso él se quedó tan tranquilo, ¿sabe?
Porque creía que había quemado todas las copias esa noche, en la mano de ella.
No sabía que la chica era más lista que todos nosotros, y que tenía otras en su casa, debajo de un cajón.
—Damián negó con la cabeza, con una admiración amarga—.
Nos ganó, señor. Muerta y todo, nos ganó.
Guardó copias donde el señor no miró. Once años bajo tierra, y al final nos ha ganado ella.
—Se limpió la cara—. Y el señor cogió su bolso, su teléfono y su cartera, y me dijo que bajara yo al pueblo esa noche con el teléfono y la tarjeta, que mandara un mensaje a la madre desde el móvil de la chica y que sacara dinero del cajero, para que pareciera que se había ido.
Yo no sé de móviles, lo hice fatal, escribí el mensaje como pude, sin comas ni nada, yo qué sé.
Saqué el dinero. Tiré el teléfono al embalse.
Y subí otra vez, y me fui a mi casa, y me metí en la cama con mi mujer al lado durmiendo, y desde esa noche, señor, desde esa misma noche, no he vuelto a dormir bien.
Once años. Cada vez que paso por el 344, y paso todos los días, la veo. La veo ahí abajo. Con los bidones.
—¿Por qué lo hizo, Damián? —preguntó Rojas, no como acusación, sino como pregunta de verdad—. ¿Por qué obedeció?
Damián se lo pensó, y la respuesta que dio fue la más triste de todas, porque era la de millones.
—Porque él era mi vida entera, señor —dijo—.
Treinta años trabajando para él. Mi casa la pagué con su sueldo.
La carrera de mi hija mayor, con su sueldo.
La operación de mi mujer, cuando lo del corazón, me la adelantó él, y me la fue quitando de la nómina sin intereses, y en el pueblo eso se cuenta como que don Ismael es un santo.
Yo, sin él, no era nadie. Sin él, mi familia no comía.
Y él lo sabía. Por eso, cuando aquella noche me dijo lo que me dijo, yo supe que si decía que no, no hacía falta que me matara: me quitaba el sueldo, me señalaba en el pueblo, y me hundía a mí y a los míos.
Un hombre elige mal cuando entre lo que está bien y lo que come su familia hay demasiado poca distancia.
Yo elegí comer. Y llevo once años sin poder tragar.
Se hizo un silencio enorme en medio del ruido de la cafetería.
Rojas, que había oído muchas confesiones en su vida, sintió que aquella, la de aquel hombre destruido, era de las que no se olvidan.
Y sintió, a la vez, dos cosas que le costaba sostener juntas: una compasión honda por aquel cobarde arrepentido, y un asco frío por lo que aquel cobarde había hecho.
Las dejó estar a las dos. No era su trabajo perdonar ni condenar.
Su trabajo era sacar a Nuria de debajo de la carretera y sentar a Corvo delante de un juez.
Aquel hombre roto acababa de darle, con su llanto, las dos cosas.
—Damián —dijo, con suavidad—. Ha hecho usted lo más difícil. Lo peor ya ha pasado. Ahora escúcheme, que le voy a preguntar un par de cosas que necesito para poder protegerla a ella y protegerlo a usted.
—Lo que sea.
—El sitio exacto. En el terraplén. ¿Sabría usted decirme, o señalarme, el punto exacto donde está?
—Como si lo tuviera delante —dijo Damián—.
Once años viéndolo. Está en el arcén del lado del barranco, a la altura del mojón del 344, unos metros más arriba, donde el terraplén hace un ensanche.
La metí en la tongada de arriba, no muy honda, dos metros, dos metros y medio a lo sumo.
Los bidones están más abajo, más hondos, de las noches anteriores.
Ella está encima de los bidones. —Tragó saliva—.
Si abren ahí, la encuentran. Le juro que la encuentran.
Rojas anotó, con el pulso firme por fuera y temblando por dentro. El sitio exacto. Con eso, y con el georradar para confirmarlo, Aristegui tenía la orden.
Le hizo, entonces, unas cuantas preguntas más, de las que a un profano le parecen frías pero que un fiscal agradece: cosas que solo podía saber quien estuvo allí.
Qué ropa llevaba Nuria aquella noche. Damián lo recordaba: un abrigo azul marino, unas botas bajas.
Cómo iba peinada. Recogida, con una pinza.
Qué coche llevaba, de qué color, dónde justo lo dejó, en qué sentido.
Damián respondió a todo sin dudar, y cada respuesta encajaba con lo que Rojas ya sabía por el atestado y por el depósito judicial: el coche en dirección descendente, apuntando a casa, las botas, todo.
No eran datos nuevos; eran datos que confirmaban que Damián decía la verdad, porque el que se inventa una confesión falla en los detalles, y Damián no fallaba en ninguno.
Once años recordándolo cada día, contra su voluntad, le habían grabado la escena hasta el último botón.
Aquella confesión, con esos detalles, no la tumbaba ningún abogado: encajaba con la escena como solo encaja el testimonio del que estuvo.
—Y el mensaje a la madre —añadió Rojas—. El que usted mandó. ¿Recuerda qué escribió?