11. Lo que tapó Damián
La fiscal Aristegui abrió la puerta en bata, con el pelo revuelto y una taza de café en la mano, y miró a Rojas en el rellano a las seis y media de la mañana con la cara de quien ya sabe que el día se le ha torcido antes de empezar.
—Otra bomba —admitió Rojas—. ¿Puedo pasar? No es cosa de rellano.
Aristegui era una mujer de unos cincuenta años, pequeña, seca, con unos ojos oscuros y rápidos detrás de unas gafas sin montura, y una fama en los juzgados de ser la fiscal más incómoda de la provincia: incorruptible hasta la testarudez, sin ambición de ascenso, sin miedo a los apellidos, de las que instruían igual a un yonqui que a un consejero.
Precisamente por eso llevaba veinte años en el mismo puesto mientras otros más dóciles la adelantaban.
Y justo por eso Rojas había subido a su puerta y no a la de otro.
Lo hizo pasar a una cocina pequeña, le puso un café sin preguntar, y lo escuchó.
Rojas se lo contó todo, en orden, sin adornos: la caja del sótano, el depósito lleno, la marcha voluntaria fabricada, las fotocopias de la báscula, los bidones, el terraplén, el diario de obra, la cronología del asesinato con calendario de obra, Corvo, Damián, la vigilancia, el registro del coche, la amenaza de Peñalver, el jefe superior, y al fin la llamada de las dos de la madrugada: el capataz borracho, aterrado, poniéndose en plural.
Aristegui lo escuchó entero, sin interrumpir una sola vez, removiendo el café que hacía rato que no tenía nada que remover, y cuando Rojas terminó, se quitó las gafas, se frotó los ojos y dijo:
—¿Sabes lo que me estás pidiendo?
—Lo sé.
—Me estás pidiendo que abra diligencias contra el hombre más poderoso de una comarca, un empresario con amigos hasta en el jefe superior de policía, por un caso archivado hace once años, basándome en unas fotocopias sin cadena de custodia, la memoria de un guardia jubilado, la de un camionero, la de un mecánico dolido, y la llamada de borracho de un sospechoso.
Con todo eso, tú quieres que yo pida una orden para levantar una carretera nacional.
—Volvió a ponerse las gafas—. ¿Tú sabes lo que me pasaría a mí, y a ti, si abrimos ese agujero y no hay nada?
—Lo sé —repitió Rojas—. Nos entierran. A los dos. Con razón.
—Con razón. —Aristegui lo miró fijamente—. Entonces, ¿por qué debería hacerlo?
Rojas se inclinó sobre la mesa de la cocina.
—Por dos razones. La primera: porque no te lo estoy pidiendo todavía.
No te pido que levantes la carretera hoy.
Te pido que me ayudes a conseguir dos cosas que convertirán esto de una corazonada en una causa: la confesión de Damián, en condiciones, con su protección como testigo; y un georradar que nos diga, antes de tocar nada, que ahí abajo hay un cuerpo y hay bidones.
Con esas dos cosas, la orden te la firma cualquier juez.
Sin ellas, no te pido nada. —Hizo una pausa—.
Y la segunda razón, Aristegui, es la que importa, y es por la que estás aún sentada escuchándome en vez de haberme echado.
Hay una mujer debajo de esa carretera. Una mujer honrada, que descubrió que envenenaban a su pueblo y quiso contarlo, y a la que mataron por eso y encima llamaron fugada durante todos estos años.
Su madre lleva once años sin poder enterrarla.
Y tú y yo somos, ahora mismo, las dos únicas personas del sistema entero que podemos sacarla de ahí.
Los demás miran para otro lado, o cobran, o tienen miedo.
Nosotros no. —La miró—. Yo ya soy viejo y estoy en un sótano; a mí que me manden a contar sillas.
Pero tú todavía puedes elegir en qué lado de esto estar.
Y te conozco lo suficiente para saber cuál vas a elegir.
Aristegui aguantó su mirada un largo rato. Luego se levantó, fue a la ventana, miró la ciudad que empezaba a despertar, y habló de espaldas a él.
—Odio cuando haces eso —dijo—. Lo de apelar a mi conciencia.
Es un chantaje, ¿lo sabes? Un chantaje moral.
—Se volvió, y en su cara seca había, muy al fondo, algo parecido a una sonrisa—.
Y funciona, maldita sea. Siempre funciona.
—Cogió su móvil de la encimera—. Está bien.
Lo hacemos a mi manera, con todas las garantías, sin un solo atajo que un abogado pueda usar.
Empezamos por el capataz. Si ese hombre confiesa en condiciones y con eso justificamos un georradar, seguimos.
Si se raja, o si su confesión es humo, paramos y no ha pasado nada.
¿De acuerdo? —Empezó a marcar un número—.
Voy a mover lo de la protección de testigos por una vía discreta, de las mías, sin pasar por tu jefatura.
Tú consígueme a Damián. Hoy. Antes de que su patrón se lo lleve de caza o de pesca o al fondo de una cantera.
Porque si lo que me cuentas es verdad, a ese hombre le queda poco de vida, y lo sabes.
—Y otra cosa —añadió Aristegui, bajando el teléfono un momento—.
Que quede claro entre tú y yo desde el minuto uno.
Yo no voy a esto para hundir a un empresario, ni para darte una medalla, ni para salir en el periódico.
Voy por la mujer del terraplén y por su madre.
Solo por eso. Si en algún momento te desvías, si empiezas a querer estirar el hilo hacia arriba, hacia los amigos del jefe superior, hacia lo gordo, y descuidas lo de la chica, te suelto.
Lo grande no es lo mío; lo mío es lo justo.
Una mujer enterrada bajo una carretera es lo justo. ¿Estamos?
—Estamos. —Rojas pensó, un segundo, en el hilo rojo del corcho de Elena subiendo a la nada, en la gestora, en Marina, en todo lo que quedaba por encima de Corvo, y se lo guardó. Aristegui tenía razón: cada cosa a su tiempo, y hoy tocaba la chica—. Lo de arriba es otro expediente. Hoy es Nuria.
—Me caes mejor cuando dices esas cosas.
—Lo sé —dijo Rojas, levantándose, con algo caliente en el pecho que no era el café—. Gracias, Aristegui.
—No me des las gracias todavía —dijo ella, con el teléfono en la oreja—. Dámelas cuando saquemos a esa mujer. O no me las des nunca, si nos entierran a los dos. Anda, ve. Y Rojas: tráemelo vivo. Un testigo muerto no vale nada, y este muerto, además, sería el tuyo.
Costó medio día y todos los favores que a Rojas le quedaban traer a Damián vivo y a solas.
No podían verse en el pueblo, ni cerca. No podían citarlo por teléfono, que estaría pinchado o vigilado.
Al final fue el propio Damián quien, en un segundo mensaje furtivo a media mañana —«hoy libro, bajo a la capital a lo del médico de mi mujer»—, le dio la ventana: una excusa creíble para ausentarse del pueblo sin levantar sospechas.
Rojas tomó precauciones de las de antes, de cuando aún se hacía trabajo de calle: cogió un coche prestado, anónimo, dio dos rodeos, se aseguró de que nadie lo seguía, aparcó lejos y entró a pie.
No por él, sino por Damián: si a aquel encuentro le caía encima un solo par de ojos de Corvo, el capataz estaba muerto, y con él la única confesión, la libreta y todo.
Nunca en el caso había sentido Rojas tan pegado el peligro a la piel; y otra vez no era el suyo, sino el de aquel hombre roto que iba a subir por su propia voluntad a firmar, con su testimonio, su salvación y su condena a la vez, sin saber cuál de las dos pesaría más.
Le indicó un sitio, un área de servicio grande y anónima en la autovía, lejos de la comarca, de esas por las que pasan mil personas y no se fija nadie en ninguna, y a media tarde, en la cafetería de aquella área de servicio, entre el ruido de las máquinas tragaperras y las familias de viaje, el inspector David Rojas y el capataz Damián Sanz se sentaron por fin frente a frente, cada uno con un café, como dos viajeros cualesquiera.
Damián tenía peor cara que en la cantera. Los ojos más rojos, las manos más temblorosas, un temblor que ya no era solo de resaca. Miraba cada dos por tres hacia la puerta, hacia el aparcamiento, hacia todas partes.
—¿Ha venido solo? —preguntó, tenso—. ¿Seguro que no lo han seguido?
—He venido solo, y me he asegurado. —Rojas puso encima de la mesa, a la vista, una pequeña grabadora, y al lado su teléfono—.
Damián, antes de nada, quiero que sepa tres cosas, y quiero que las tenga claras.
Una: no está usted obligado a decirme nada.
Es libre de levantarse e irse. Dos: si decide hablar, va a ser con garantías.
Hay una fiscal, una mujer honrada, que ya está moviendo su protección y la de su familia.
Testigo protegido. Le puedo dar su palabra y la mía de que, si usted colabora, a usted y a los suyos los protegemos, y el juez lo tendrá en cuenta a la hora de medir lo suyo.
Porque usted, Damián, va a responder de lo que hizo, no le voy a engañar; pero una cosa es el que idea y ordena, y otra el que obedece muerto de miedo, y los jueces saben distinguir, y yo me encargaré de que lo distingan.
Y tres —bajó la voz—: hágalo por usted. Lleva once años cargando una piedra que no lo deja dormir ni vivir.
Yo no le puedo quitar lo que hizo. Pero le puedo ofrecer la única cosa que a un hombre así le queda: dejar de esconderlo.
Poder mirar a sus hijos a la cara sabiendo que, al final, hizo lo correcto. Aunque sea tarde. Más vale tarde.
Damián miró la grabadora un largo rato. Le temblaba el labio. Y luego, con un gesto lento, como quien se quita del cuello una soga que ha llevado once años, asintió.
—Enciéndala —dijo—. Enciéndala antes de que me arrepienta.
Rojas la encendió.
Damián habló.
Habló despacio, con la voz rota, mirando la mesa, y a medida que hablaba se le fue soltando algo por dentro, once años de algo apretado, y Rojas no lo interrumpió apenas, solo alguna pregunta corta para fijar un dato, porque cuando un hombre por fin abre una herida así, lo mejor que puede hacer el que escucha es callar y dejarla sangrar.