10. Presión #3
—Eso es otro expediente —dijo Elena, recomponiéndose, volviéndose a poner la coraza que se había quitado un minuto—.
Hoy es Nuria. Cierra lo de Nuria. Saca a esa mujer de debajo de la carretera y mándale a Corvo a la cárcel.
Y luego, sí. Luego hablamos de Marina. —Y colgó, como siempre, sin despedirse, porque despedirse era una debilidad que Elena no se permitía.
Rojas se durmió tarde, con el día entero dándole vueltas: la mano seca de doña Amparo, la voz rota de Elena, la amenaza de Peñalver. Y a las dos y diez de la madrugada, el móvil, el personal, el que casi nadie tenía, empezó a vibrar en la mesilla.
Número oculto.
Rojas se despejó de golpe, como se despeja un policía, y contestó.
—¿Sí?
Silencio. Una respiración al otro lado, agitada. El ruido de fondo de un sitio abierto, viento, quizá un grillo. Alguien que había marcado y no se atrevía a hablar.
—¿Sí? —repitió Rojas, suave, sin presionar—. Tranquilo. Estoy aquí. Le escucho.
—¿Es… es usted el policía? —La voz era ronca, baja, pastosa. Había bebido. Rojas la reconoció al instante, porque solo la había oído decir cuatro palabras en su vida, pero eran suficientes. Damián—. ¿El de la tarjeta?
—Soy yo, Damián —dijo Rojas, incorporándose despacio en la cama, con el corazón latiéndole fuerte y la voz de mantequilla—. Soy yo. Me alegro de que llame. Hace usted bien.
—No… no sé si hago bien. —La voz se le quebró—.
No sé si hago bien. Estoy… llevo dos días sin dormir.
Me están vigilando, ¿sabe? Los míos. El señor…
él sabe que usted me dio una tarjeta. No sé cómo lo sabe, pero lo sabe.
Me lo dijo hoy, muy tranquilo, me puso la mano en el hombro y me dijo que tuviera cuidado con los forasteros, que un hombre con familia tiene mucho que perder.
Y me miró de una manera… —Un sollozo ahogado, de hombre grande, terrible—.
Yo no puedo más, señor. Llevo once años sin poder más.
Lo que hice… lo que me mandaron hacer… yo no quería.
Se lo juro por mis hijos que yo no quería. Pero uno hace lo que le mandan o…
—Damián. —Rojas lo cortó con dulzura, con la firmeza justa para sostenerlo—.
Escúcheme. No diga nada más por teléfono.
Nada. Por su seguridad y por la mía. Lo que tenga que contarme, me lo cuenta a la cara, usted y yo solos, en un sitio seguro, donde ellos no lleguen.
Yo lo protejo. Le doy mi palabra de que, si usted habla, yo lo protejo a usted y a su familia.
Hay maneras. Hay una figura que se llama testigo protegido, hay fiscales, hay jueces que saben hacer estas cosas.
Usted no está solo. Ya no. ¿Me oye? Ya no está solo.
—Me tienen vigilado, señor —susurró Damián—.
Hay un coche, abajo, en mi calle, desde ayer.
Dos hombres. No son de aquí. Y el señor…
hoy, en la cantera, delante de todos, me ha dado un abrazo.
Un abrazo. A mí, que en treinta años me habrá dado la mano tres veces.
Y al oído me ha dicho: «Damián, tú y yo somos familia, y la familia se protege.
No hagas ninguna tontería». —La respiración se le aceleró—.
Eso es lo que me dice desde hace treinta años cuando quiere que haga algo o que no lo haga.
«No hagas ninguna tontería.» Así me dijo aquella noche, la de la chica.
«No es ninguna tontería, Damián; es proteger lo nuestro. » Y yo… y yo…
Al otro lado, Damián lloraba, bajito, con esa contención desesperada del que no quiere que lo oigan.
—Ella era buena chica —dijo, de pronto, entre el llanto, sin que Rojas le preguntara nada, como si llevara once años esperando decírselo a alguien—. La Nuria. Era buena chica. Y yo… Dios mío. Dios mío, lo que hicimos.
Y colgó.
Rojas se quedó sentado en la cama, a oscuras, con el teléfono caliente en la mano y aquellas palabras retumbándole dentro.
Dios mío, lo que hicimos. No «lo que hice».
Lo que hicimos. Damián acababa de ponerse, sin querer, en plural.
Y en aquel plural, en aquella confesión de borracho a las dos de la madrugada, estaba la grieta abierta del todo, por fin, después de once años de hormigón.
La grieta había llamado. Ahora había que llegar a ella antes de que Corvo la tapara, porque Corvo ya sabía lo de la tarjeta. Y un hombre que llora a las dos de la madrugada y se pone en plural es, para Ismael Corvo, justo lo que Elena había dicho que sería: la clave de todo, o el siguiente.
Rojas no volvió a dormirse. Se vistió, se sentó a la mesa con el flexo encendido, y empezó a pensar, muy deprisa, cómo sacar a un capataz muerto de miedo de las garras de su patrón sin que se lo mataran por el camino. Porque de eso, ahora, dependía todo.
El plan se le fue dibujando en la cabeza, pieza a pieza, mientras la ciudad dormía.
Uno: había que ver a Damián cuanto antes, en las próximas horas, porque cada hora que pasara era una hora que Corvo tenía para asustarlo, comprarlo o hacerlo desaparecer.
Dos: había que verlo lejos del pueblo, en un sitio neutro donde el capataz se sintiera a salvo, sin ojos de la cantera alrededor.
Tres: había que grabar lo que dijera, en condiciones, con una figura legal detrás que le diera valor y que le garantizara al hombre la protección prometida; y esa figura era una fiscal, era Aristegui, a la que tendría que convencer en una sola mañana de que se jugara el cuello por un caso que la propia jefatura quería muerto.
Y cuatro, por encima de todo: había que hacerlo sin que Corvo se enterara, cuando Corvo ya vigilaba a Damián y ya sabía lo de la tarjeta.
Era, se dijo mirando la ciudad dormida por la ventana, una carrera.
Una carrera entre él y Corvo por el mismo hombre.
El que llegara primero a Damián se llevaba el caso.
Si llegaba Rojas, tenía una confesión, un cuerpo, una condena.
Si llegaba Corvo, tendría un capataz comprado que se retractaba, o un capataz que se «suicidaba» de pena y alcohol, o un capataz que un día, sin más, cogía y se iba una temporada dejando el coche en un arcén con el depósito lleno.
Corvo ya había hecho eso una vez. Sabía hacerlo.
Y a Rojas se le heló la sangre al comprender que Damián, el asesino de Nuria, corría ahora exactamente el mismo peligro que había corrido su víctima, y por la misma razón: porque sabía demasiado y había empezado a hablar.
La víctima y el verdugo, amenazados por la misma mano.
Rojas apagó el flexo, cogió las llaves y decidió no esperar a que amaneciera del todo.
A las seis y media de la mañana ya estaba llamando al telefonillo de un edificio del centro, el de la fiscal Aristegui, dispuesto a sacarla de la cama y a jugárselo todo a una sola carta antes de que Corvo moviera la suya.