10. Presión #2
Antes de que Rojas se levantara, doña Amparo se puso en pie, fue hasta el aparador, abrió un cajón y sacó una cosa pequeña envuelta en un pañuelo. La desenvolvió con cuidado. Era un anillo. Una alianza sencilla, un poco anticuada.
—Esto era de Nuria —dijo—. Se lo regaló el Quique, y ella no se lo puso nunca; decía que era para cuando se fueran juntos del pueblo, para la vida nueva.
La vida nueva. —Se le quebró la voz un instante, y se rehízo—.
Lo he tenido guardado once años sin saber qué hacer con él.
Y hoy he pensado… quiero que se lo lleve usted.
Y el día que la saque de donde esté, que se lo ponga.
En el dedo. Para que la entierren con su anillo de la vida nueva, aunque la vida nueva no llegara.
Que tenga al menos eso. ¿Lo hará por mí?
Rojas cogió el anillo —aquel mismo que dos días antes había visto en la caja de zapatos sin saber lo que era, el que Quique le había explicado—, que ahora doña Amparo le ponía en la palma de la mano con la solemnidad de un encargo sagrado.
Lo cerró en el puño. Le pesaba como si fuera de plomo y no de un poco de oro barato.
—Lo haré —dijo, con la voz espesa—. Se lo juro. Cuando la saque, se lo pongo yo mismo. Con estas manos.
Se guardó el anillo en el bolsillo interior de la chaqueta, contra el pecho, donde guardaba lo que importaba.
Bajó la cuesta de la calle Fragua con un peso nuevo en el pecho.
Acababa de mandar a esconderse a una anciana de setenta y tantos años porque no tenía otra manera de protegerla, y eso lo enfurecía.
Un policía debería poder poner una patrulla en la puerta de una mujer amenazada.
Pero él no era un policía normal en aquel caso: era un hombre trabajando a escondidas de su propia jefatura, con un comisario pisándole el cuello y un jefe superior en el bolsillo del sospechoso.
No podía pedir protección oficial para doña Amparo sin explicar por qué, y explicar por qué era entregarle el caso a la misma cadena de mando que quería enterrarlo.
Estaba solo, y su soledad, que en el trabajo diario era una comodidad, se había vuelto de pronto un peligro para la gente que lo rodeaba.
Necesitaba dejar de estar solo. Necesitaba, y pronto, a alguien con autoridad de verdad, alguien capaz de firmar una orden, pedir una protección, abrir una diligencia sin pasar por Peñalver.
Necesitaba un fiscal. Y no cualquiera, sino uno que no le tuviera miedo a los amigos del jefe superior.
Pensó en Aristegui, la fiscal con la que había cruzado caminos en lo del 117: una mujer seca, honrada e incómoda, de las que en la carrera no ascienden precisamente por dóciles.
Aristegui era de las que, si les pones delante un terraplén con una mujer y unos bidones dentro, no preguntan de quién son los amigos; preguntan dónde hay que firmar.
Era hora de llamarla. Pero para llamarla necesitaba algo más que fotocopias y corazonadas: necesitaba a Damián, o necesitaba el georradar.
Necesitaba una prueba que Aristegui pudiera coger con las manos.
La ficha de arriba, la civilizada, se recrudeció esa misma tarde, mientras Rojas bajaba de El Pedernal. Le sonó el móvil en la nacional, y era Peñalver otra vez, y esta vez a Peñalver se le había caído del todo la cordialidad.
—Rojas, ¿tú qué coño estás haciendo? —Nada de «David», nada de «buena labor»—.
Te dije que midieras. Y me llega que sigues arriba, en el pueblo, dándole la vara a la gente, subiendo a canteras, hablando con jubilados.
Me ha llegado hasta arriba, ¿me oyes? Arriba del todo.
Esta mañana me ha llamado el jefe superior en persona para preguntarme por ti, por un inspector mío que anda incordiando en una historia archivada y molestando a gente importante.
¿Tú sabes lo que es que a mí me llame el jefe superior por un subordinado? Eso no me había pasado en veinte años.
—¿Y qué le has dicho? —preguntó Rojas, tranquilo.
—Le he dicho que lo iba a parar, que era un caso menor, que tú estabas cerrándolo.
¡Y ahora resulta que no lo cierras, que lo abres más!
Mira, David, te lo voy a decir claro, y no me obligues a ponerlo por escrito: o cierras esa mierda esta semana, con un informe que diga que no hay nada, marcha voluntaria, punto final, o te saco de esa unidad y te mando a contar sillas al almacén, y no es lo peor que te puede pasar.
Porque hay quien ha empezado a preguntar si aquel expediente disciplinario tuyo, el que archivamos hace dos años, se archivó bien o habría que echarle otro vistazo.
Tú me entiendes. La gente tiene memoria cuando le conviene.
Ahí estaba. La amenaza, al fin desnuda, sin envoltorio de buena intención. Reabrir su expediente disciplinario. Enterrarlo a él, esta vez de verdad, con los muertos que él defendía. Rojas condujo un momento en silencio, mirando la niebla que empezaba a levantar sobre el valle.
—Peñalver —dijo al fin—. Te agradezco el aviso, de veras.
Y te voy a hacer caso en una cosa: voy a cerrar el caso pronto.
Muy pronto. Con un informe. Pero el informe va a decir lo que yo encuentre, no lo que quiera el jefe superior ni el amigo del jefe superior.
Y si lo que encuentro es lo que estoy encontrando, ese informe no lo vas a poder enterrar tú, ni el jefe superior, ni nadie, porque para cuando lo entregue ya no va a ser un caso menor de un sótano.
Va a ser otra cosa. —Hizo una pausa—. Y en cuanto a mi expediente: reábrelo si quieres.
Míralo con lupa. No vas a encontrar nada, porque no hay nada, y lo sabes.
Pero si a alguien le apetece gastar el tiempo en remover mi pasado mientras yo remuevo el de otros, adelante.
A ver quién tiene más cosas enterradas, si un policía viejo de sótano o los amigos importantes del jefe superior.
Yo esa apuesta la hago con los ojos cerrados.
Colgó antes de que Peñalver contestara. Le temblaba un poco la mano en el volante, no de miedo, sino de esa cosa que le pasaba cuando por fin le enseñaban los dientes de verdad, una mezcla de rabia y de una calma extraña, casi alegre.
Ya no había duda de hasta dónde llegaba el brazo de Corvo: llegaba al jefe superior de policía de la provincia.
Y esa certeza, que a cualquiera lo habría hundido, a Rojas lo confirmó en lo que ya sabía: que había tropezado con algo grande, algo que valía la pena, algo por lo que valía la pena, incluso, que lo mandaran a contar sillas al almacén.
Esa noche llamó a Elena para contarle el día: la madre, el hombre de la «fundación», la amenaza de Peñalver, el jefe superior. Elena lo escuchó, como siempre, sin interrumpir. Y cuando Rojas terminó, hubo un silencio largo al otro lado, tan largo que Rojas pensó que se había cortado.
—¿Elena?
—Estoy aquí. —Su voz sonó distinta, más baja, sin la coraza—.
Es que… lo del veintitrés. Lo de subir a estar con la madre en el aniversario.
—Otra pausa—. Yo tengo un aniversario también, Rojas.
El de mi hermana. Se llamaba Marina. Desapareció hace doce años, un mes de marzo.
Archivada. Marcha voluntaria, dijeron, como Nuria, con las mismas dos palabras.
Yo tenía veintiséis años y me dijeron que mi hermana se había ido, y yo sabía que no, igual que lo sabía doña Amparo, y nadie me escuchó, igual que a doña Amparo.
Y me pasé años bajando a preguntar, como ella, y años recibiendo el mismo «no hay novedades».
Hasta que dejé de bajar a preguntar y empecé a buscar yo.
Y esa búsqueda es mi lista, y mi corcho, y esta vida rara que llevo.
—Rojas la oyó respirar—. Por eso te bajé la caja de Nuria.
Porque cuando vi su nombre y vi las dos palabras, marcha voluntaria, vi a mi hermana.
Y porque el hilo de Nuria, el de la gestora que sube al cabo en blanco, es el mismo hilo del que cuelga Marina.
Lo sé. No lo puedo probar todavía, pero lo sé.
El que se llevó a tu Nuria y el que se llevó a mi Marina beben del mismo pozo.
Por eso me importa que ganes esto, Rojas.
Porque cada vez que tú ganas una de estas, yo subo un centímetro por mi hilo hacia el hombre que me debe a mi hermana.
Rojas no dijo nada durante un momento. Era la primera vez, en más de un año, que Elena le contaba algo entero. Y entendió, de golpe, muchas cosas: la frialdad, la lista, el piso sin muebles, la paciencia de araña, la manera de usarlo sin disculparse. Todo era una sola cosa. Todo era Marina.
Pensó en la Elena de veintiséis años que le acababa de describir —la que bajaba a preguntar y recibía noes, la que todavía tenía una cara capaz de llorar en una comandancia— y la comparó con la Elena de ahora, la del piso sin muebles y el corcho y la voz plana, y comprendió el precio que había pagado por convertirse en la máquina paciente que era.
A doña Amparo, el dolor la había dejado quieta, esperando once años detrás de una puerta verde.
A Elena, el mismo dolor la había puesto en marcha, la había afilado, la había vaciado de todo lo que no sirviera para tirar de un hilo.
Eran las dos caras de la misma herida: la madre que espera y la hermana que caza.
Y Rojas, que estaba en medio de las dos, entendió que su trabajo, en el fondo, era el mismo para ambas: convertir la espera y la caza en una tumba con un nombre.
Devolverle a doña Amparo a su hija. Y, algún día, devolverle a Elena a la suya.
—La vamos a encontrar —dijo—. A tu hermana. Algún día. Cuando cierre lo de Nuria, subimos por tu hilo juntos.