Caso 344 10. Presión
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10. Presión

Rojas había pensado en aquel gesto —subir él en vez de que bajara ella— más de lo que le habría gustado admitir.

No era gran cosa, en el fondo: no le devolvía a la hija, no cerraba el caso, no metía a nadie en la cárcel.

Era solo un policía subiendo una cuesta un día de niebla para no dejar sola a una vieja en un aniversario.

Pero llevaba media vida en aquel oficio, y había aprendido que a veces esos gestos que no sirven para nada son lo único que de verdad sirve para algo.

Que la gente aguanta lo insoportable no por las grandes cosas, sino por las pequeñas: por una mano que se le tiende, por alguien que se acuerda de una fecha, por un café compartido en una mañana de niebla.

La justicia de los juzgados tardaría en llegar, o no llegaría nunca del todo.

Pero aquello —subir la cuesta— podía dárselo hoy.

Y a veces, se dijo, hacer bien este trabajo no es solo resolver el crimen: es también no dejar sola a la gente mientras el crimen se resuelve.

Aparcó abajo, como la primera vez, y subió a pie la cuesta de la calle Fragua, entre la niebla que también se había metido en el pueblo y lo hacía todo más silencioso, más íntimo, más triste.

La puerta verde. El limonero muerto, con sus dos limones momificados apenas visibles en la bruma.

Llamó con los nudillos, tres golpes, y esta vez doña Amparo abrió enseguida, sin cadena, como si lo estuviera esperando detrás de la puerta.

Se había arreglado. Se había puesto un vestido oscuro y bueno, de los de las ocasiones, se había recogido el pelo, y llevaba prendido en el pecho un camafeo antiguo.

Se había vestido para el aniversario. Para bajar a la comandancia.

Y en vez de bajar, se había quedado, arreglada, esperando a que subiera él.

—Ha venido —dijo, y le tembló la voz—. Pensé que a lo mejor, con el lío, se le olvidaba, y que a las once me bajaría a la comandancia como siempre.

Pero me dijo que no bajara, y no he bajado.

Once años bajando, y hoy no he bajado. —Se apartó para dejarlo entrar—.

Se me ha hecho raro. Toda la mañana con el vestido puesto sin saber qué hacer conmigo.

—Hoy no le toca a usted ir a preguntar, doña Amparo —dijo Rojas, entrando—. Hoy le toca a alguien venir a contarle.

Se sentaron en la salita, entre las fotos de Nuria y el ejército de recuerdos, con el café que ella había hecho y unas pastas que había comprado, Rojas lo supo, para la ocasión, porque a la gente mayor recibir a alguien es un acontecimiento que se prepara.

Y Rojas, que había pensado mucho durante la noche qué contarle y qué callarse, hizo lo que había decidido hacer: contarle la verdad esencial, la que la sostendría, y callarse los detalles operativos, los que podían ponerla en peligro o darle una esperanza con fecha que él todavía no podía garantizar.

—Doña Amparo, la voy a mirar a los ojos y le voy a decir una cosa que llevo días queriendo decirle, y que nadie le ha dicho en todos estos años.

—Se inclinó hacia ella—. Su hija no se fue.

Usted siempre lo supo, y usted siempre tuvo razón.

A Nuria no la abandonó nadie, ni se marchó con ningún hombre, ni la dejó a usted sola por su gusto.

A Nuria la mataron. La mataron porque había descubierto algo malo, algo muy grave, en su trabajo, y era una mujer demasiado honrada para callárselo, e iba a contarlo.

La mataron para que no lo contara. Y luego lo prepararon todo para que pareciera que se había ido, para que usted, y el pueblo, y la Guardia Civil dejaran de buscarla.

El mensaje que usted recibió no lo escribió Nuria.

Ya lo sabía usted, por las comas. Lo escribió el que la mató.

La mujer lo escuchó sin moverse, muy derecha, con las manos entrelazadas sobre el regazo, y las lágrimas empezaron a caerle en silencio, dos hilos, como la primera vez, sin un sollozo, sin un ruido, mientras la cara se le iba transformando en algo que Rojas no había visto en ella hasta entonces: no dolor, que dolor tenía de sobra, sino una especie de paz feroz, terrible, la de quien recibe por fin la confirmación de una verdad que ha defendido a solas contra el mundo entero durante todos aquellos años.

—Lo sabía —susurró—. Lo sabía. Madre mía, lo sabía. —Se llevó una mano temblorosa a la boca—. ¿Y sabe usted quién? ¿Sabe usted quién me la mató?

—Lo sé —dijo Rojas, y no le mintió—. Pero todavía no se lo puedo decir, doña Amparo, y le pido que confíe en mí.

No porque no me fíe de usted, sino porque saber ese nombre, ahora, la pondría a usted en peligro, y porque para que ese nombre sirva para algo, para que ese hombre pague, tengo que atarlo bien primero, con pruebas, delante de un juez.

Si se lo digo hoy, se me escapa mañana. Deme un poco más de tiempo.

Poco. Le prometo que, cuando pueda, será usted la primera en saberlo todo.

La primera. Antes que el juez, antes que el pueblo, antes que nadie. Se lo debo.

—¿Y ella? —La voz se le quebró del todo—. ¿Dónde está ella? ¿Dónde está mi niña? ¿La voy a poder…? —No pudo terminar. Once años sin poder enterrar a una hija. Once años sin una tumba a la que llevar una flor.

Rojas cogió aire. Esta era la parte más difícil, la que había estado dándole vueltas toda la noche. Decidió darle solo lo que pudiera sostener sin romperla.

—Sé dónde está —dijo, muy despacio, con toda la suavidad del mundo—.

Está cerca. No lejos de donde apareció el coche.

Y le juro por lo más sagrado que la voy a sacar de ahí y que se la voy a traer a usted, para que pueda enterrarla como Dios manda, con su nombre, en tierra sagrada, con una lápida a la que ir a llevarle flores.

No sé cuánto voy a tardar. Semanas, a lo mejor.

Es difícil, es complicado, hay que hacer las cosas de una manera para que valgan.

Pero lo voy a hacer. Aunque sea lo último que haga, se la voy a traer.

Aguante usted un poco más, doña Amparo. Más de una década ha aguantado. Aguante un poco más, que ya se acaba.

La mujer asintió, deshecha y entera a la vez, y le cogió una mano entre las suyas, secas y fuertes, y se la apretó, y no dijo nada, porque no había palabras, y estuvieron así un rato, en silencio, en la salita llena de fotos de una muerta, un policía viejo y una madre vieja unidos por la mano y por una promesa.

Fue al recoger, al levantarse para irse, cuando doña Amparo, ya más serena, dijo la cosa que le puso a Rojas todas las alarmas en rojo.

—Ah, se me olvidaba. Igual no tiene importancia, pero usted me dijo que le contara si venía alguien.

—Recogía las tazas—. Anteayer vino un hombre.

Muy amable. Trajeado, de ciudad. Dijo que era de una…

no sé, de una fundación, o una asociación, de esas de memoria, que estaban haciendo un homenaje a las mujeres de la comarca, o un libro, no me enteré bien.

Y que si yo tenía cosas de Nuria: cartas, cuadernos, fotos, papeles suyos, lo que fuera, para el homenaje.

Que me lo pagarían, además, que había una ayuda.

Muy fino todo. —Dejó las tazas en la bandeja—.

Yo, como usted me dijo, le dije que no tenía nada.

Que solo tenía fotos y recuerdos míos, que no daba nada de mi hija a nadie.

Se puso muy simpático, insistió un poco, me dejó una tarjeta, y se fue.

Pero me quedé desasosegada, no sé por qué. Por eso se lo cuento.

Rojas mantuvo la cara tranquila, pero por dentro se le heló la sangre.

—¿Guarda la tarjeta que le dejó?

—Creo que la tiré. —La mujer frunció el ceño—. ¿He hecho mal? ¿Era importante?

—Ha hecho usted perfecto —dijo Rojas, con toda la calma que pudo fingir—.

Perfecto. Le dijo que no tenía nada, que es exactamente lo que hay que decir.

—Le puso las dos manos en los hombros, con suavidad, y la miró a los ojos—.

Doña Amparo, escúcheme bien. Ese hombre no era de ninguna fundación.

Ese hombre lo mandaron los mismos que le mataron a su hija, a ver si usted guardaba algo que pudiera hundirlos.

Y como usted les dijo que no tiene nada, es muy probable que la dejen en paz.

Pero por si acaso, y solo por si acaso, quiero que haga tres cosas.

Una: no le abra la puerta a nadie que no conozca de toda la vida.

A nadie. Ni fundaciones, ni ayudas, ni homenajes, ni la compañía de la luz.

Nadie. Dos: si vuelve ese hombre, o cualquier otro preguntando por cosas de Nuria, usted no discute, no se asusta por fuera, les dice lo mismo, «no tengo nada», y en cuanto se van me llama a mí.

A esta hora o a la que sea. ¿De acuerdo? Y tres…

Se detuvo. La tercera cosa era la difícil, y no se le había ocurrido hasta ese momento, mirando a aquella mujer sola en aquella casa con una cadena de nada.

—Y tres: no se quede usted sola estos días. ¿Tiene a alguien? ¿Una hermana, una sobrina, una vecina de confianza a cuya casa pueda irse unos días, o que pueda venirse aquí con usted?

—Tengo a mi hermana, en la capital —dijo la mujer, un poco asustada ya—. ¿Tan grave es?

—No es grave, es prudente —mintió Rojas a medias—. Váyase usted unos días con su hermana, a la capital. Cambie de aires. Yo la aviso en cuanto pase el peligro, que será pronto. Considérelo unas pequeñas vacaciones. Se lo pido yo, como un favor, para quedarme tranquilo. ¿Lo hará?

Doña Amparo lo miró, y en sus ojos Rojas vio que la mujer entendía perfectamente que aquello no eran vacaciones, y que aun así, por primera vez en más de una década, se sentía menos sola, porque había alguien lo bastante preocupado por ella como para mandarla a esconderse.

—Lo haré —dijo—. Me voy con mi hermana. Pero usted me la saca, ¿eh? Me la saca de donde esté y me la trae. Que yo quiero, antes de morirme, poder llevarle una flor a mi hija. Solo eso. Una flor.

—Se la saco —dijo Rojas—. Se lo juro por mi placa, que es lo único por lo que puedo jurar.