9. El camionero #3
—Bien —dijo cuando terminó, y en su «bien» había una frialdad que esta vez a Rojas le supo a preocupación disfrazada—.
Han pasado de página. El registro es importante, y no por lo que buscaban, que no lo encontraron, sino por lo que dice de ellos.
Corvo no registra el coche de un policía por una desaparición archivada de hace once años.
Nadie se juega eso por un caso muerto. Lo hace porque sabe que el caso no está muerto, que hay algo que lo puede hundir, y que ese algo son unos papeles que no encuentra.
Está asustado. Y un Corvo asustado es más peligroso que un Corvo tranquilo, pero también más torpe.
Los papeles están a salvo, por eso tranquilo.
Preocúpate por la gente. En cuanto no los encuentre en tu coche, va a pensar dónde más pueden estar. Y solo hay un sitio evidente.
—La madre —dijo Rojas.
—La madre. Protégela. Y protege al capataz, que es tu grieta y por tanto la que ellos más querrán tapar.
—Una pausa—. Y protégete tú, aunque ya sé que eso te da igual.
La matrícula pásamela, que la miro por mis vías, más discretas que las tuyas.
Casi seguro que no lleva a ningún lado; la gente como Corvo no ensucia sus matrículas.
Pero a veces cometen el error de usar un coche que no toca. Ojalá lo hayan cometido.
Rojas se quedó mucho rato quieto, pensando.
No en sí mismo; a estas alturas de su vida, su propia seguridad era la que menos le preocupaba de la lista.
Pensó en los demás. Si Corvo buscaba los papeles, tarde o temprano iría a por quien pudiera tenerlos.
Y ¿quién podía tener los papeles de Nuria?
Su madre. Doña Amparo, sola, en la casa de la puerta verde, con una cadena de nada y un limonero muerto.
Rojas le había mentido a Corvo para protegerla, había dicho que no había papeles; pero si Corvo dudaba de esa mentira lo suficiente para registrar un coche, ¿cuánto tardaría en dudarla lo suficiente para mandar a alguien a mirar en una casa?
Pensó en Quique, a hora y media, que ya había recibido una vez la visita de Damián.
Pensó en Satur, al que acababa de poner sobre aviso.
Pensó en Damián, la grieta, al que Corvo vigilaría más que a nadie.
Y pensó en Elena, que guardaba los papeles en una caja fuerte detrás de un corcho lleno de muertos.
Sacó el móvil y marcó el número de doña Amparo, el que había guardado como «Amparo, madre 344». Eran más de las diez de la noche, pero había cosas que no podían esperar a una hora prudente.
—¿Dígame? —La voz de la mujer, temerosa, de quien no recibe llamadas buenas a esas horas.
—Doña Amparo, soy Rojas. El policía. No se asuste, no pasa nada.
—Suavizó la voz—. Solo quería decirle una cosa, y pedirle otra.
La cosa es que voy bien. Que su hija tenía razón, que usted tenía razón, y que estoy cerca.
No le puedo contar más por teléfono, pero vamos bien.
—Oyó, al otro lado, un sonido ahogado, y siguió deprisa, para no dejarla caer en el llanto—.
Y lo que le pido es esto: estos días, tenga cuidado.
No abra a nadie que no conozca. Si alguien le pregunta por papeles de Nuria, por cuadernos, por cajas, usted no tiene nada, ¿me oye?
No tiene nada. Fotos y recuerdos. Es muy importante que le diga eso a todo el mundo: que no guarda nada de su hija. ¿Lo hará?
Hubo un silencio.
—¿Van a venir a por mí? —preguntó la mujer, no con miedo, sino con una calma extraña, la calma de quien ya no le teme a gran cosa después de once años teniéndolo todo perdido.
—No lo voy a permitir —dijo Rojas—. Pero por si acaso: usted no tiene nada. Y pasado mañana, el veintitrés, no baje usted a la comandancia. Quédese en casa. Subo yo a verla. ¿De acuerdo? Este año subo yo.
Otro silencio, más largo. Luego, la voz de la mujer, quebrada pero firme:
—De acuerdo, hijo. Suba usted. Le tendré el café hecho.
Colgó. Rojas se quedó con el teléfono en la mano, en el aparcamiento a oscuras, junto a su coche registrado, y sintió por primera vez en el caso, con nitidez, el filo del peligro.
No el suyo. El de ellos. El de toda la gente que, sin comerlo ni beberlo, se había puesto a su lado en aquella historia solo por decir la verdad: una madre, un mecánico, un guardia viejo, un camionero, una forense, una mujer con un corcho lleno de hilos.
Todos ellos, ahora, estaban un poco más cerca del peligro por su culpa.
Y el único que podía protegerlos era él, cerrando aquello rápido, antes de que Corvo pasara de la ficha civilizada a la otra.
Era una responsabilidad que no había buscado y que, sin embargo, reconocía.
Toda su vida había trabajado solo, sin gente detrás, sin nadie a quien proteger salvo a algún muerto que ya no necesitaba protección.
Y de pronto, en aquel caso, se había ido formando a su alrededor, sin quererlo, una pequeña conjura de gente decente: los que habían dicho la verdad cuando decir la verdad no daba más que disgustos.
No eran héroes. Eran una madre terca, un mecánico dolido, un guardia con remordimientos, un camionero con memoria, una forense con principios y una mujer con una deuda.
Gente corriente que, cada uno a su manera, se había negado a mirar para otro lado.
Como Nuria. Nuria había sido la primera de aquella conjura, once años atrás, ella sola, y la habían enterrado por serlo.
Rojas no pensaba permitir que enterraran a nadie más.
Aquella pequeña conjura de la verdad era, a esas alturas, lo más parecido que él tenía a una razón para levantarse por las mañanas, y pensaba defenderla con todo lo que le quedaba, que no era mucho, pero era suyo.
Miró la matrícula que había memorizado, apuntada en el móvil.
Mañana la comprobaría. Casi seguro que sería de una empresa, de una sociedad, de un coche de alquiler a nombre de nadie; la gente como Corvo no ensucia sus matrículas.
Pero había que mirarlo todo. Todo dejaba una huella. Hasta la gente que se cree que no.
Cerró el coche registrado —qué ironía, cerrarlo— y subió a su casa a dormir cuatro horas, si podía.
Faltaba un día para el veintitrés.