9. El camionero #2
Rojas tardó un momento en contestar. Un turismo pequeño, en el arcén del terraplén del 344, de madrugada, con la obra encendida y una máquina trabajando.
El coche de Nuria. La máquina que sellaba el hueco.
No podía jurar que fuera aquella noche exacta; Satur mismo lo advertía.
Pero era, de todos los testimonios que Rojas había reunido, el único que ponía a alguien —a un tercero, ajeno, sin interés— mirando de pasada la escena del crimen mientras el crimen se cerraba.
La obra que trabajaba de noche cuando no debía.
La máquina. El coche pequeño en el arcén.
—Ha dicho usted mucho, Satur —contestó al fin—.
Más de lo que cree. —Sacó su tarjeta, la personal, y se la dio, como se la había dado a Damián, aunque por motivos opuestos—.
Si algún día se acuerda de más, o si alguien le pregunta por esto y le presiona para que no hable, llámeme.
Y mientras tanto, hágame un favor: esto que me ha contado, no se lo cuente a nadie más.
Por su bien. En esa comarca hay gente a la que no le gustaría oírlo.
Satur cogió la tarjeta, la miró, y asintió con la seriedad de un hombre que ha entendido, de golpe, que aquello de las luces que llevaba más de una década contando como una anécdota de carretera era otra cosa.
—La enterraron ahí, ¿verdad? —dijo, muy bajo, mirando hacia el monte, hacia donde estaba el puerto—. En el terraplén. Con la máquina aquella. —No era una pregunta, y Rojas no la contestó, pero el silencio la contestó por él—. Madre de Dios. Y yo pasé por al lado. Pasé por al lado y no miré.
—No se torture —dijo Rojas, con suavidad—. Nadie miró. Ese era el plan: que nadie mirara. Usted, al menos, se acordó. Es más de lo que hizo el resto.
Satur se quedó un rato callado, dándole vueltas al cigarro apagado entre los dedos, con la mirada perdida en el monte. Cuando Rojas se levantó para irse, el viejo camionero lo acompañó hasta el coche, arrastrando un poco los pies, y antes de que Rojas arrancara apoyó una mano en la ventanilla.
—Oiga. Esa chica. Cuando la saquen de ahí, si la sacan…
—Le costó decirlo—. ¿Me avisará? No para nada.
Solo para saberlo. Para poder ir un día a llevarle una flor al sitio donde la entierren de verdad.
Uno pasa cuarenta años por una carretera y cree que la conoce, y resulta que pasaba por encima de una desgracia sin enterarse.
Me gustaría, no sé, pedirle perdón. A ella.
Por no haber mirado. Aunque no sirva de nada.
—Le avisaré —dijo Rojas—. Y no tiene usted nada de qué pedir perdón. Los que tienen que pedirlo son otros, y le aseguro que se lo voy a ir a cobrar.
Satur asintió, dio un golpecito en el techo del coche, como se despide a un camión, y se quedó en el porche, entre sus macetas y su canario, viendo alejarse a Rojas por la carretera de la vega: un hombre viejo más al que aquella historia acababa de quitarle la paz y, a la vez, de darle por fin una explicación a algo que llevaba más de una década sin entender.
Volvía Rojas hacia la ciudad, con el testimonio de Satur asentándose en su cabeza como una piedra en el fondo de un pozo, cuando se dio cuenta del coche.
Era un turismo oscuro, de gama alta, que llevaba detrás de él desde que salió del pueblo de Satur.
Al principio no le dio importancia; una carretera es una carretera y la gente va a los mismos sitios.
Pero el coche oscuro hacía una cosa que la gente normal no hace: mantenía la distancia.
Cuando Rojas aceleraba, aceleraba; cuando reducía en un pueblo, reducía; y cuando Rojas, para probar, se metió en una gasolinera sin necesidad, el coche oscuro pasó de largo, despacio, y lo esperó más adelante, aparcado en un apartadero, para retomar la distancia en cuanto Rojas volvió a la carretera.
No disimulaban mucho. O, mejor dicho, disimulaban lo justo para que Rojas lo notara.
Aquello no era una vigilancia para enterarse de adónde iba: era un mensaje. Te vemos. Vayas donde vayas, te vemos.
Rojas no hizo nada. No aceleró, no los encaró, no llamó a nadie.
Condujo a su ritmo, tranquilo, dejándose ver tan tranquilo como ellos se dejaban ver a él, porque en aquel juego el que primero enseña el nervio pierde.
En un tramo recto memorizó la matrícula, sin girar la cabeza, con un vistazo al retrovisor.
Pensó, un momento, en hacer lo que le pedía el cuerpo: pisar el freno de golpe, plantarse en mitad de la carretera, bajarse y encararlos, preguntarles a la cara quién los mandaba.
Lo pensó y lo descartó. No por miedo, sino porque no le convenía.
Encararlos habría sido decirles que le importaba, y a un hombre al que quieren medir no se le enseña lo que le importa.
Además, no habría servido de nada: dirían que iban a sus cosas, que la carretera es de todos, y se irían avisados de que él los había pillado, con lo cual la próxima vez lo harían mejor y ya no los vería.
Mejor así: que creyeran que había mordido el anzuelo del miedo, que ni se había dado cuenta de que los tenía calados.
Distinguió, en una recta, dos siluetas dentro del coche oscuro, dos hombres quietos, sin hablar entre ellos, con esa quietud de los que trabajan y no charlan.
Profesionales. Los mismos, seguramente, que un rato después le registrarían el coche.
Rojas les regaló la actuación que esperaban: la de un policía cansado que no se entera de nada.
A la entrada de la ciudad, en el primer semáforo con tráfico, el coche oscuro se quedó atrás, se perdió por una salida, y lo dejó ir. Habían hecho lo que querían hacer: recordarle que la comarca de Corvo llegaba más lejos que la comarca.
Rojas había sido seguido otras veces en su vida, y sabía que hay muchas maneras de seguir a un hombre, y que casi todas dicen algo del que te sigue.
Están los que te siguen para saber, y esos no se dejan ver: se turnan, cambian de coche, se pegan y se sueltan.
Y están los que te siguen para que lo sepas, y esos hacen justo lo que había hecho el coche oscuro: dejarse ver lo justo.
Los primeros quieren información; los segundos quieren miedo.
Corvo, de momento, quería miedo, y eso, paradójicamente, tranquilizó a Rojas, porque el que aún gasta en meter miedo es que aún cree que el miedo le va a servir.
El día que Corvo dejara de mandar coches para asustarlo y empezara a mandarlos para otra cosa, ya no se dejarían ver.
Ese día, Rojas lo sabía, era el día que había que temer.
Pero ese día todavía no había llegado. Todavía estaban en el capítulo del miedo.
Y del miedo Rojas ya estaba, a su edad, razonablemente curado.
Pero lo peor no fue el coche. Lo peor lo encontró esa noche, al volver a por su coche al aparcamiento donde lo dejaba, cerca de su casa.
Algo no estaba en su sitio. Rojas tenía la manía profesional de dejar las cosas de una manera concreta, siempre igual, no por orden, sino por esto justo: para saber si alguien las había tocado.
Y alguien las había tocado. La guantera, que él dejaba cerrada, estaba cerrada, pero los papeles de dentro estaban en otro orden.
La alfombrilla del maletero, que él dejaba con una esquina doblada, estaba lisa.
El respaldo del asiento de atrás, abatible, tenía el seguro puesto de otra manera.
Nada roto, nada forzado —habían entrado con maña, con un aparato de los buenos, sin dejar señal para el que no supiera mirar—.
No se habían llevado nada, porque no había nada que llevarse: las fotocopias de Nuria estaban en la caja fuerte de Elena, a buen recaudo.
Pero habían buscado. Habían registrado su coche buscando los papeles.
Lo que le heló no fue el registro en sí, sino cómo lo habían hecho.
Aquello no era obra de un matón de pueblo con una palanca; era trabajo fino, de profesional: entrar sin forzar, registrar sin desordenar, salir sin dejar rastro para el noventa y nueve por ciento de la gente.
Solo la manía de Rojas —esa costumbre de dejarlo todo colocado de una manera exacta, justo para detectar estas cosas— lo había delatado.
Quien había entrado en su coche sabía lo que hacía, tenía medios, y sabía que registraba el coche de un policía.
Eso descartaba al chapucero y apuntaba a otra cosa: gente contratada, de la que se contrata con dinero, la clase de gente que Corvo podía permitirse y que un amigo suyo de un despacho alto podía recomendarle.
La ficha civilizada empezaba a tener detrás una sombra menos civilizada.
Y Rojas, que había pasado por mucho en su vida, sintió el frío particular de saber que unas manos desconocidas habían estado dentro de su espacio, tocando sus cosas; el frío de comprender que, para aquella gente, él había dejado de ser una molestia administrativa y había pasado a ser un objetivo.
Y ahí, de pie en el aparcamiento, en la penumbra, con la mano todavía en la puerta de su coche registrado, Rojas entendió que la situación acababa de cambiar de naturaleza.
Corvo ya no solo intentaba pararlo por lo civilizado, con Peñalver y con sugerencias amables: Corvo estaba buscando, activamente, lo que Rojas tuviera.
Y si buscaba en su coche los papeles, era porque su mentira de la cantera —«la madre no tiene más que fotos, ningún papel»— no lo había tranquilizado del todo, o porque, sencillamente, había decidido asegurarse igual.
Un hombre que registra el coche de un policía es un hombre que ya ha cruzado una línea, y que está a un solo paso de cruzar la siguiente.
Llamó a Elena desde el propio aparcamiento, en voz baja, y le contó las dos cosas: el coche oscuro y el registro. Elena lo escuchó sin interrumpir.