9. El camionero
Había una puerta que Rojas no había cerrado, y le fastidiaba, porque un caso bien hecho es un caso sin puertas entornadas.
Rojas fue tachando hipótesis con la satisfacción sombría del que desbroza un camino.
El autoestopista, el desconocido, el crimen de carretera al azar: fuera.
No encajaban con nada. Un depredador no cita a su víctima por teléfono con una voz que ella reconoce y a la que dice que sí.
Un desconocido no sabe el número secreto de la tarjeta de su víctima para sacar mil doscientos euros esa misma noche.
Un extraño no baja al pueblo a mandar un mensaje de despedida desde el móvil de la muerta, ni conoce el terraplén de una obra concreta que solo esa noche estaba abierto.
El crimen al azar es torpe, sucio, impulsivo; deja el cuerpo donde cae, huye, no fabrica coartadas administrativas.
Lo de Nuria era lo contrario del azar: limpio, planificado, con calendario de obra y con conocimiento de dentro.
Cuanto más lo miraba Rojas, más imposible se hacía el desconocido y más inevitable la cantera.
Pero lo dejó todo por escrito, cada descarte con su papel, cada hipótesis alternativa cerrada con su prueba, porque sabía que aquel expediente, si algún día llegaba a un juzgado, tendría que aguantar el asalto de abogados que cobraban por hora lo que él cobraba en un mes, y esos abogados vivían justamente de las puertas entornadas.
Cerró también, de paso, las otras dos puertas menores, las que un buen informe no puede dejar abiertas.
La del accidente: imposible, el coche estaba intacto, correctamente estacionado, sin un rasguño.
La del suicidio, que es la puerta más cruel de todas, la que las familias más temen que se abra: tampoco.
Una persona que se quita la vida no se lleva el bolso, no saca mil doscientos euros, no manda un mensaje diciendo que se va «una temporada», no llena el depósito, no desaparece sin dejar cuerpo.
Lo de Nuria no tenía nada de eso. Rojas lo escribió, lo firmó mentalmente, y cerró la puerta con llave.
Quedaba una sola habitación con la luz encendida en toda la casa del caso, y en esa habitación estaba la cantera.
Cerrada la puerta por el lado de las bases de datos, la cerró por el otro, el de la gente. Y ahí, buscando fantasmas que no existían, encontró a un hombre de carne y hueso que le sirvió para mucho más de lo que buscaba.
Se llamaba Saturnino, Satur, y había sido durante cuarenta años camionero de largo recorrido, de los que se sabían las nacionales de España de memoria antes de que hubiera autovías, y la N-344 y su puerto como la palma de la mano.
Estaba jubilado, vivía en un pueblo de la vega, y Rojas dio con él a través de la asociación de transportistas, preguntando por veteranos que hubieran rodado mucho por aquella carretera en aquella época.
Lo recibió en el porche de su casa, entre macetas y un canario, un hombre enjuto, con gorra, con las manos manchadas de una vida de gasoil, y con esa memoria prodigiosa para los kilómetros y los sitios que tienen los camioneros viejos, que han vivido más en la carretera que en su casa.
Satur le ofreció una copita de aguardiente que Rojas rechazó y que él se sirvió igual, «para la circulación», y durante un rato, antes de entrar en materia, habló de la carretera como habla un viejo de una mujer a la que quiso: de cómo era la N-344 antes, cuando no había autovía y todo el tráfico pesado subía por el puerto; de las ventas donde paraban a comer, ya cerradas; de los compañeros muertos en aquellas curvas; de la emisora, la banda de los camioneros, por la que de noche, para no dormirse, se contaban la vida de kilómetro en kilómetro: los radares, los atascos, los sitios donde parar y los sitios donde no.
La emisora, entendió Rojas, había sido durante décadas una red invisible que recorría las carreteras de España, y por ella circulaba, además del tráfico, todo lo que la carretera veía.
Y la carretera veía mucho. La carretera lo veía casi todo.
Solo que, como decía Satur, había cosas que era más sano ver y callar.
Rojas le preguntó, primero, por lo que había ido a preguntar: si en aquellos años se hablaba de algún tipo peligroso en la N-344, algún camionero de mala fama, algún depredador. Satur se rio, con una risa de fumador.
—Depredadores, dice. —Negó con la cabeza—.
Mire, en cuarenta años de carretera he visto de todo, gente buena y gente mala, pero un depredador de esos de las películas, uno que anduviera cazando mujeres por el puerto de la 344, no.
Eso me lo habría dicho la carretera, que la carretera habla, y por la emisora nos contábamos todo.
Si hubiera habido uno así, lo sabíamos todos y le calentábamos las orejas nosotros mismos.
No, hombre, no. Por ahí no va. —Miró a Rojas con unos ojillos vivos—.
Usted viene por lo de la chica de la cantera, ¿verdad? La Nuria. La que dijeron que se fue.
Rojas no se sorprendió de que lo supiera. En aquella comarca, ya lo iba aprendiendo, todo el mundo sabía siempre por qué venía uno.
—Vengo por eso —admitió—. ¿La conoció?
—De vista. De pararme a repostar cuando ella estaba en la báscula, en mis últimos años.
Buena chica. Seria. —Satur se quedó pensativo—.
Yo nunca me creí lo de que se fue. Y le voy a decir por qué, y no es por nada que viera de ella, que a ella no la vi aquella noche. Es por otra cosa. Por lo de las luces.
Rojas se puso alerta, sin moverse.
—¿Qué luces?
—Las de la obra. —Satur sacó una petaca, se lió un cigarro despacio, con la parsimonia del que va a contar algo que lleva tiempo queriendo contar—.
Aquellos meses estaban con el ensanche del puerto, ¿sabe?
La obra grande. Y yo por esa carretera pasaba mucho, de noche sobre todo, que el camión de noche corre más y hay menos guardia.
Y me fijé, porque uno se fija en lo que rompe la costumbre, que aquella obra, que de día era una obra normal, algunas noches estaba encendida.
Con luces. Con máquinas moviéndose. A las dos, a las tres de la madrugada.
Y eso, señor, no es normal. Una obra de carretera se para al atardecer, por seguridad, por convenio, por lo que sea.
De noche, una obra está muerta, a oscuras, con las máquinas dormidas.
Y aquella, algunas noches, no. Aquella trabajaba de noche.
Yo lo comentaba por la emisora con otros compañeros, y todos lo habíamos visto, y todos decíamos lo mismo: en esa obra pasa algo raro de noche.
Camiones que entraban, una pala trabajando, luces.
Pero claro —dio una calada—, uno pasa a ochenta por hora, de madrugada, cansado, y no se para a mirar.
Se dice «qué raro» y sigue. En la carretera aprende uno pronto que lo que no es asunto tuyo, mejor no mirarlo dos veces.
—¿Y sabe lo que más me chocaba? —siguió Satur, entrando en materia él solo, como entran los viejos cuando al fin tienen quien los escuche—.
Que aquella obra, de día, no daba ninguna nota.
Era una obra como otra cualquiera: sus camiones amarillos, sus hombres con casco, todo en regla.
El truco estaba en la noche. Como si tuvieran dos obras: una de día, para que la viera todo el mundo, y otra de noche, para lo que fuera.
Y los camiones de noche no eran los amarillos de la obra.
Eran otros, cerrados, con la lona bien atada.
De fuera. Yo me crucé con alguno subiendo cuando yo bajaba, y le miraba la matrícula por costumbre, y no eran de aquí.
Del norte, muchos. Camiones cargados subiendo un puerto a las tres de la mañana para meterse en una obra a oscuras.
—Escupió a un lado—. Dígame usted a qué sube un camión cargado a una cantera de madrugada.
A una cantera, que lo que hace es vender piedra, no comprarla.
A mí eso no me cuadraba entonces, y no me cuadra ahora.
Pero ya le digo: uno pasaba, decía «qué cosa más rara», y a lo suyo.
Rojas sintió que el pulso se le acompasaba, esa calma que le entraba cuando un testigo, sin saberlo, le ponía en la mano una pieza de oro.
—Satur —dijo, despacio—. Esto es importante. ¿Recuerda si vio esas luces, esa actividad de noche, en las fechas en que desapareció la chica? ¿Aquel otoño?
El camionero se lo pensó de verdad, cerrando los ojos, rebobinando cuarenta años de carretera hasta un otoño concreto.
—Le voy a decir lo que recuerdo, y no le voy a decir más, porque no me gusta inventar.
—Abrió los ojos—. Recuerdo que aquel otoño, el del ensanche, esas luces nocturnas eran de lo más.
Toda esa temporada. Y recuerdo una noche, no le puedo jurar cuál, pero de aquellas semanas, en que subí el puerto de madrugada y en el tramo del terraplén, el de la curva grande, había luz y había una máquina trabajando, una pala o un rodillo, uno de esos, moviéndose.
De madrugada. Y me acuerdo de esa noche entre otras porque me chocó que hubiera un coche pequeño aparcado en el arcén, un turismo, ahí arriba, en mitad de la nada, a esas horas, con la obra encendida al lado.
Un turismo, no un camión de obra. Y pensé: qué hace un coche de esos ahí a estas horas.
Y seguí, claro. Porque no era asunto mío.
—Miró a Rojas, y algo se le ensombreció en la cara al ver la cara de Rojas—. ¿He dicho algo?