8. La obra #3
Rojas sacó las fotos de las fotocopias de Nuria, las de los tiques nocturnos que Elena le había pasado, y las cruzó con el diario de la obra.
La coincidencia acabó de cerrar el círculo.
Los camiones de fuera, los de las matrículas del norte, los de los «bidones que huelen a químico», habían entrado de madrugada justo durante las semanas en que se rellenaba aquel tramo, el del terraplén del 344.
Entraban de noche, cuando la obra estaba parada y no había más testigo que Damián y su pala, y descargaban en el mismo hueco que de día se rellenaba de zahorra legal.
De día, tierra y grava para el aparejador y para las fotos; de noche, veneno para las fábricas del norte.
Y una noche, entre una cosa y otra, una mujer.
Todo en el mismo agujero, todo bajo la misma losa de asfalto.
Nuria no había ido a parar por azar al sitio donde se enterraban los bidones: había ido a parar justo allí porque aquel terraplén abierto era el vertedero secreto de Áridos Corvo, y ella lo sabía, y por saberlo la convirtieron en un residuo más.
La enterraron con lo que iba a denunciar, con la misma pala, en el mismo turno de noche, con la misma frialdad con que se despacha una carga.
Para ellos, comprendió Rojas con un asco frío, Nuria Alsina no había sido una persona a la que hubo que matar: había sido un problema que hubo que gestionar.
Un residuo peligroso. Algo que olía mal y que había que enterrar donde no se viera.
Quiso saber quién había firmado aquella recepción tan a tiempo, y buscó el nombre en el acta: el director de la obra, el aparejador que la certificó, un tal Rendueles, de una ingeniería de la capital.
Lo localizó, ya jubilado, y lo llamó por teléfono sin decirle de qué iba exactamente, solo que revisaba una obra vieja por rutina administrativa.
Rendueles resultó ser un hombre mayor y cansado, que había firmado en su vida cientos de actas y no recordaba aquella hasta que Rojas le refrescó los datos.
Entonces, cuando la situó, dijo una cosa que Rojas anotó enseguida.
—Ah, la del ensanche de la 344. Sí, hombre.
Una obra normal, bien hecha, la empresa cumplió…
—Una pausa—. Bueno, una cosa sí recuerdo, ahora que lo dice: que el tramo del terraplén me lo dieron por terminado antes de lo previsto.
Yo tenía la visita de recepción para más adelante, y me llamaron para adelantarla, que estaba todo listo, que para qué esperar.
Subí, y en efecto estaba todo asfaltado y compactado, impecable.
Firmé. No había nada que objetar a lo que se veía.
—Otra pausa, más larga—. Claro que uno firma lo que ve, oiga.
Yo certifiqué que la carretera estaba bien hecha, y lo estaba.
Lo que hubiera debajo del asfalto cuando yo llegué, eso ya no lo ve nadie.
Para eso está la inspección durante la obra, no en la recepción.
Y durante la obra, el que estaba allí todos los días, el que controlaba las tongadas y firmaba el libro, era el encargado de la empresa.
Yo iba de visita. El día a día lo llevaba él.
—El encargado —dijo Rojas—. ¿Recuerda el nombre?
—Uf, once años. Un tal Damián no sé qué. Un hombre serio, callado. —Rendueles carraspeó—. Oiga, ¿pasa algo con aquella obra? Porque yo firmé de buena fe lo que vi, ¿eh? Yo…
—No pasa nada con la obra —lo tranquilizó Rojas, que no quería asustarlo ni ponerlo a telefonear a nadie—. Rutina. Muchas gracias, don Ramón.
Colgó, y añadió el detalle al montón. El aparejador había firmado de buena fe una carretera perfecta.
Le habían adelantado la recepción para que la certificara cuanto antes, en cuanto el asfalto tapó el secreto.
Y el que había controlado la obra por dentro, día a día, tongada a tongada, el único que sabía de verdad lo que había debajo de aquel asfalto perfecto, era Damián.
Otra vez Damián. Todos los caminos de aquella obra, como todos los caminos del crimen, llevaban al mismo hombre callado de las manos temblorosas.
Rojas apuntó, debajo de todo lo demás, en la libreta del móvil, tres líneas más:
Terraplén 344 abierto solo esa semana. Sellado el lunes siguiente. Asfaltado después.
La mataron el viernes: última noche del hueco + víspera de su denuncia.
Quien lo hizo conocía el diario de la obra. Damián lleva el diario de la obra.
Miró la última mucho rato. El diario de la obra lo llevaba el encargado.
El encargado de aquella obra, el que apuntaba «tongadas superiores» y «coronación y sellado», el que sabía qué noche el terraplén estaba abierto, era el capataz.
Damián. El de las manos temblorosas y los ojos rojos, el que se había guardado su tarjeta a escondidas.
Todo volvía a Damián. Damián sabía dónde estaba el hueco.
Damián recibía los camiones de noche. Damián compactó la tongada el lunes.
Damián era, cada vez con menos duda, las manos que habían enterrado a Nuria por orden de la cabeza que presumía de la carretera con una maqueta encima de la mesa.
Damián era la grieta, y la grieta llevaba, a la vez, al crimen y a la salvación de Rojas: si aquel hombre hablaba, tenía el caso; si aquel hombre callaba —o lo callaban—, tendría que sacarlo todo de debajo del asfalto con un georradar y una excavadora y la sangre fría de pelearse con un juez, con un comisario y con un pueblo entero.
Antes de apagar el flexo, Rojas hizo una llamada más, a un conocido de sus años buenos que ahora trabajaba en conservación de carreteras, y le pidió un favor de los que no se apuntan en ningún sitio: que le consiguiera, para una mañana de la semana siguiente, los papeles de una inspección rutinaria de firme en la N-344, uno de esos permisos que dejan a una furgoneta y a dos hombres con chaleco naranja pararse en un arcén y pasar un aparato por el asfalto sin que nadie pregunte.
Auscultación del pavimento, se llamaba en la jerga: mirar si la carretera está sana por debajo.
Nadie en El Pedernal se extrañaría de ver a unos técnicos auscultando el firme del puerto.
Era, palabra por palabra, el truco de Corvo vuelto del revés: esconder lo que uno hace detrás de lo que todo el mundo está acostumbrado a ver.
Ellos habían enterrado a Nuria a plena vista, en una obra; él la iba a buscar a plena vista, en una inspección. Con el mismo chaleco naranja.
Guardó el móvil. Fuera, en la calle, sobre la ventana del sótano, empezaba a clarear. Había pasado la noche entera con la obra. Se frotó los ojos, apuró el café frío y pensó en doña Amparo, que dentro de dos días subiría, un año más, los escalones de la comandancia a preguntar si había novedades.
Este año, por primera vez en once, la respuesta iba a ser distinta. Todavía no podía dársela. Pero ya la tenía escrita en un diario de obra, en unas fotocopias, en un terraplén: su hija no se fue; su hija está a doscientos metros de aquel arcén, debajo de la carretera, y voy a sacarla.
Pensó en subir a verla el veintitrés. En estar allí, esta vez, cuando bajara los escalones de la comandancia; en ser él, y no un agente de ventanilla con un «no las hay», quien la recibiera.
No para darle la noticia —todavía no la tenía, todavía Nuria seguía bajo el asfalto—, sino para darle algo que en once años nadie le había dado: la certeza de que alguien la creía, y de que ese alguien no iba a parar.
A veces, se dijo, lo único que una persona necesita para aguantar un día más no es la verdad entera, que puede tardar, sino saber que la verdad viene de camino.
Doña Amparo llevaba once años sin esa certeza.
Rojas podía dársela el veintitrés, aunque el resto tardara. Y decidió que se la daría.
Faltaban dos días para el veintitrés.