8. La obra #2
—Debería. El asfalto lo atraviesa. Y once años no cierran una fosa a ojos del radar; el hueco que deja un cuerpo al descomponerse, el relleno distinto, la bolsa de tierra removida, eso permanece.
—Dio unos golpecitos en el dibujo, sobre el terraplén—.
Y hay una cosa más a tu favor, y es la más gorda: los bidones.
Si ahí abajo hay bidones metálicos, Rojas, el georradar los va a ver como si fueran faros.
El metal rebota que da gusto. Una cosa es discutir con un juez si una anomalía del terreno es un cuerpo o una raíz, y otra es enseñarle un puñado de objetos metálicos grandes, regulares, enterrados en fila dentro del relleno de una carretera, donde no pinta nada que haya metal.
Eso no es una anomalía dudosa. Eso es alguien que enterró chatarra en una obra pública. Y de ahí a la orden hay un paso.
—Pero te voy a decir una cosa, y grábatela —añadió Lúa, y de pronto se le fue la sorna y se puso seria, con esa seriedad de quien ha visto demasiadas veces lo que pasa cuando se corren las cosas—.
Yo no firmo lo que no cuadra. Nunca. Ni por ti, ni por una madre, ni por lo bonito que quedaría.
El georradar no dice «aquí hay una mujer»; el georradar dice «aquí el terreno es raro».
Es un indicio, no una prueba. Puede haber una anomalía y ser una tubería vieja, una roca, una bolsa de agua.
Y como te precipites, como me montes un circo de excavadoras en una nacional y luego saquemos una cañería, te comen vivo, y con razón, y de paso enterramos a Nuria otra vez, ahora sí para siempre, porque después de una metedura de pata así ningún juez te deja volver a tocar esa carretera en la vida.
—Le clavó el dedo en el pecho—. Así que lo hacemos bien.
Escaneamos, interpretamos con calma, y solo cuando yo, yo, esté segura de que lo que hay ahí abajo tiene forma de fosa y de bidones y no de tubería, vamos al juez.
¿Estamos? Tu prisa la entiendo. Pero mi firma es mía, y con mi firma no se juega, que llevo veinte años construyéndola hueso a hueso.
—Estamos —dijo Rojas. Y lo prefería así. Un caso como aquel no se ganaba con entusiasmo, sino con una forense capaz de decir que no hasta que tuviera que decir que sí.
Rojas estuvo mirando el dibujo, aquella línea con su revoltijo de capas y, marcada por Lúa con una equis, la anomalía. Por primera vez, la idea de sacar a Nuria de debajo de la carretera dejaba de ser un deseo y empezaba a ser un plan.
—¿Y cómo se pasa un georradar por el arcén de una nacional sin que se entere media comarca? —preguntó—. Porque en cuanto aparezca una furgoneta con un aparato raro en el kilómetro 344, Corvo lo sabe antes de que la desenchufemos.
Lúa sonrió, y fue una sonrisa que a Rojas le gustó, la de quien disfruta con un problema difícil.
—Eso, querido, es cosa tuya y de tu ingenio.
Yo te consigo el aparato y la gente que lo maneja, que son de fiar, gente de universidad, de los de fosas.
Discretos. Tú me consigues la manera de que puedan pasarlo sin que parezca lo que es.
—Se encogió de hombros—. Se me ocurre que una nacional está siempre llena de operarios: los que pintan las rayas, los que arreglan un bache, los que miran las señales.
Un georradar con dos tíos con chaleco naranja y un cono no llama la atención de nadie.
La comarca entera está acostumbrada a ver gente trabajando en esa carretera.
Fue lo que le pasó a Nuria, ¿no? Que en una obra, un camión más de noche no lo mira nadie.
Pues usa tú lo mismo a tu favor. Escóndete donde ellos se escondieron: a plena vista, con un chaleco naranja.
Rojas se levantó para irse. Ya en la puerta, Lúa lo paró con la voz.
—Rojas. —Se había quitado las gafas y lo miraba de otra manera, sin sorna—.
Esa mujer. Nuria. La de las comas y el depósito lleno.
—Dudó, cosa rara en ella—. Tráemela. En cuanto tengas la orden y abramos ese agujero, quiero ser yo la que la saque.
Yo, con mis manos, no un becario. Se lo debo, y ni la conocí.
Once años ahí abajo, con la porquería de esa gente, haciéndoles compañía a unos bidones, después de haber tenido el valor de intentar salvar a todo un pueblo.
—Apretó la mandíbula—. La voy a sacar con cuidado.
Como se saca a alguien que importa. Y le voy a devolver hasta el último hueso a su madre, ordenados, con su nombre.
Eso también es mi oficio, aunque no lo parezca: no solo decir cómo murieron, sino devolvérselos a los que los lloran.
Rojas asintió, con un nudo en la garganta que no dejó que se le notara.
—Te la traigo —dijo.
De vuelta en el sótano, Rojas trabajó hasta tarde en la otra pata, la del papel, la que tenía que sostener todo lo demás.
Necesitaba la cronología de la obra, blanco sobre negro, oficial, para poder decirle a un juez: esta obra se hizo aquí, en estas fechas, y el tramo del kilómetro 344 se cerró justo cuando desapareció Nuria Alsina; y esa cronología, por suerte, era pública, porque una obra del Ministerio deja un rastro de papel enorme: proyecto, adjudicación, libro de órdenes, certificaciones mensuales, acta de recepción.
Con esa baza a favor, Rojas movió los hilos que tenía, pidió por los cauces que no levantaban sospechas, y en un par de días fue reuniendo el expediente de la obra «Acondicionamiento y ensanche de la N-344, P. K. 339 a 345».
Conseguirlo, eso sí, no fue inmediato. Lo pidió por la vía más discreta que encontró, a través de un archivo administrativo y no de la jefatura, para no dejar en la casa el rastro que Peñalver husmearía.
Aun así, notó que el papel tardaba más de lo normal: una solicitud que debía resolverse en un día se enredaba en un «está en revisión», en un «el funcionario que lleva eso está de baja», en pequeñas demoras que por separado no significaban nada y que juntas olían a mano invisible.
Corvo, o los amigos de Corvo, no solo empujaban desde arriba; también, sospechó Rojas, ponían chinitas abajo, en la maquinaria administrativa, para que todo lo que él tocara se moviera un poco más despacio de la cuenta.
Tardó dos días en tener el expediente completo.
Dos días que le supieron a la eternidad de quien nota que el reloj corre en su contra.
Lo leyó una noche entera, con el flexo y un bocadillo, cotejándolo con la línea de tiempo de la desaparición que llevaba dibujada desde el principio. Y lo que encontró le puso el vello de punta, no por sorprendente, porque ya lo esperaba, sino por lo exacto que era.
La obra se había ejecutado por tramos, de arriba abajo, empezando por el puerto.
El último tramo, el que se remató al final, era justo el del terraplén grande, el de la curva sobre el barranco, entre los puntos kilométricos 343 y 345.
Según el libro de órdenes —el diario de la obra, donde el encargado apunta cada día lo que se hace—, en aquel tramo final, la semana de la desaparición de Nuria, se estaba ejecutando el relleno del terraplén: extendido de tierras y de zahorra, y compactación por tongadas.
El jueves, un día antes de que Nuria desapareciera, el libro anotaba: «Terraplén P.
K. 344, tongadas superiores, compactación».
El viernes —el viernes, la noche que la citaron en la obra, la noche que se esfumó— el libro no anotaba nada, porque el viernes por la tarde la obra se paraba y no se trabajaba de noche. Oficialmente.
Y el lunes siguiente, tres días después, el libro anotaba, con la letra del encargado: «Terraplén P.
K. 344, coronación y sellado de tongada superior.
Preparación para sub-base». Y unos días más tarde: «Extendido de aglomerado asfáltico, P.
K. 343-345. Tramo terminado». Y el viernes de esa segunda semana, la certificación final del tramo, firmada por el aparejador, el director de la obra: recepción provisional, tramo conforme, obra terminada.
Rojas se echó hacia atrás en la silla y miró el techo del sótano un largo rato.
Encajaba como un guante. Como un guante fabricado a medida del crimen.
El jueves, tongadas superiores del terraplén abiertas, a medio compactar: un agujero perfecto esperando.
El viernes por la noche, con la obra parada y el terraplén a medio hacer, citan a Nuria allí, la matan, y la meten en la tongada abierta, junto a los bidones que llevaban semanas enterrando en ese mismo relleno.
El fin de semana, nada; el terraplén reposa con su secreto.
Y el lunes, cuando se reanuda la obra, se «corona y sella la tongada superior» —es decir, se echa la última capa de tierra encima, se apisona, se cierra— y pocos días después el aglomerado, el asfalto, la losa negra que lo tapa todo para siempre.
La recepción. La firma del aparejador. Legal.
Intocable. La obra más grande de la comarca en cincuenta años, con Nuria Alsina dentro.
Y ahora Rojas entendía, además, otra cosa, una que le heló la sangre: entendía por qué la mataron precisamente aquel viernes y no otro.
No solo porque el lunes ella pensaba bajar a denunciar.
También porque aquel viernes era la última noche en que el terraplén estaba abierto.
Si la mataban antes, no había agujero donde meterla; si la mataban después, el terraplén ya estaría sellado y habría que volver a abrirlo, con el riesgo que eso suponía.
Aquel viernes, el terraplén a medio compactar y el plazo de Nuria venciendo el lunes coincidieron en una sola noche, la única noche posible, y alguien —alguien que conocía la obra y conocía el plan de Nuria— aprovechó esa coincidencia con una frialdad de relojero.
La citó, la mató, y la enterró en el hueco que la propia obra tenía abierto esa noche y solo esa noche.
No fue un asesinato improvisado. Fue un asesinato con calendario de obra.