8. La obra
La llamada de Corvo dio su fruto antes de lo que Rojas esperaba. A la mañana siguiente, cuando llevaba media hora en el sótano cruzando fechas, sonó el teléfono interior, el de la línea de la jefatura, que casi nunca sonaba porque casi nadie se acordaba de que allí abajo había alguien.
—Rojas. —Era Peñalver, un comisario de los de despacho y corbata al que Rojas veía tres veces al año, siempre para nada bueno—. Baja un momento a mi despacho. Bueno, sube. ¿Tú dónde estás, en el sótano ese? Sube.
El despacho de Peñalver estaba tres plantas más arriba y tenía ventana, moqueta y una foto del rey. Peñalver lo recibió con una cordialidad que a Rojas le olió mal desde la puerta, porque Peñalver solo era cordial cuando iba a pedir algo incómodo.
—Siéntate, siéntate. ¿Cómo va esa unidad?
Los casos viejos. Buena labor, buena labor, aunque no luzca.
—Se acodó en la mesa—. Oye, una cosa. Me ha llegado, no sé por dónde, ya sabes cómo son estas cosas, que andas moviendo un asunto de una desaparición de hace la tira, allá por la sierra, una chica. Marcha voluntaria, archivado. ¿Es así?
—Es así —dijo Rojas, sin añadir nada. Con Peñalver, cuanto menos, mejor.
—Ya. —Peñalver jugueteó con un bolígrafo—.
Mira, David, te lo digo con buena intención, de veterano a veterano.
Esas cosas, las marchas voluntarias viejas, son un pozo sin fondo.
Le echas horas, remueves, disgustas a la familia, disgustas a media provincia, y al final, ¿qué?
Nada. La chica se fue, o no se fue, pero han pasado once años y no hay por dónde cogerlo.
Y encima me llega algún que otro… comentario.
De gente. De que estás incordiando por ahí arriba, en un pueblo, molestando a empresarios que dan trabajo, a familias.
—Levantó la vista—. Yo no te digo que lo dejes, ¿eh?
Faltaría más, tú eres autónomo en tu unidad, para eso te pusimos ahí.
Solo te digo que midas. Que no todo lo viejo merece la pena removerlo.
Y que a veces, hacer bien tu trabajo es también saber cuándo un caso está muerto. ¿Me explico?
Rojas lo miró un momento en silencio. Ahí estaba: la ficha de arriba, la civilizada, movida por Corvo veinticuatro horas después de la visita.
Ni una orden, ni una amenaza, nada que pudiera reprocharse.
Solo un comisario cordial recomendándole «medir», con la coartada perfecta de la buena intención. Elena lo había clavado.
Había algo más, algo que a Peñalver se le escapó sin querer, o que dejó caer a propósito, que con los comisarios de despacho nunca se sabe.
Al decir «me llega algún que otro comentario, de gente», había mirado un instante hacia arriba, hacia el techo, hacia las plantas nobles del edificio, hacia donde estaban los que mandaban en Peñalver.
El comentario no venía de la comarca: venía de dentro.
De la casa. Alguien con despacho en aquel mismo edificio, o por encima, había recibido la llamada de un amigo de un amigo de Ismael Corvo, y esa llamada había bajado, planta a planta, hasta el despacho con moqueta de Peñalver, y de ahí al sótano.
Corvo no había mentido al presumir de amigos en sitios más altos que la capital.
Rojas guardó también aquel dato —el techo mirado de reojo— en el sitio donde guardaba las cosas que un día servirían.
—Te explicas perfectamente —dijo Rojas—.
Y tienes razón en una cosa: hacer bien mi trabajo es saber cuándo un caso está muerto de verdad.
—Se levantó—. Por eso, antes de cerrarlo del todo, quiero asegurarme de que lo está.
Es rutina, ya sabes. Papeleo. Dame unos días y te lo cierro yo mismo, con su informe y su firma.
Lo que no puedo es cerrarlo sin mirarlo, porque entonces, si el día de mañana aparece algo, el que firmó en falso soy yo, y esos marrones ya sabes cómo son. Tú me entiendes, que eres veterano.
Peñalver lo miró, buscando el sarcasmo, sin encontrarlo del todo, porque Rojas lo había dicho con la cara lisa del funcionario aplicado. No podía decirle que no a «lo cierro con su informe y su firma»: era exactamente lo que un superior debía querer.
—Claro, claro —dijo, un poco descolocado—. Ciérralo bien y en paz. Pero no te eternices. Y David: sin ruido, ¿eh? Sin ruido.
—Sin ruido —prometió Rojas, y bajó las tres plantas de vuelta a su sótano, sabiendo dos cosas nuevas.
Una, que Corvo tenía el brazo tan largo como decía, largo hasta la mismísima jefatura.
Y dos, que le acababan de poner un reloj: ahora ya no solo corría el veintitrés de doña Amparo, sino también la paciencia de Peñalver, y detrás de Peñalver, la de Corvo.
Tenía unos días. Pocos. Los que tardara la ficha civilizada en agotarse y dejar paso a la otra.
A Lúa Couto la encontró donde la encontraba siempre, en el Instituto de Medicina Legal, en un despacho que olía a café y a formol a partes iguales, con las paredes forradas de libros y un esqueleto de plástico en un rincón al que alguien le había puesto una bufanda del Celta.
Lúa era gallega, de Lugo, rondaba los cuarenta, tenía el pelo corto y canoso antes de tiempo y una manera de hablar directa y socarrona que a Rojas le descansaba después de tanta gente de pueblo diciendo las cosas a medias.
Habían trabajado juntos en el 117, y desde entonces se tenían esa confianza áspera de los que se han visto la cara en un mal sitio.
Aquella vez habían pasado juntos una noche larga sobre una mesa de autopsias, con un cuerpo que llevaba demasiado tiempo esperando que alguien le hiciera justicia, y desde aquella noche Lúa era, junto con Elena, una de las dos únicas personas en el mundo a las que Rojas contaba las cosas enteras.
Con Elena porque le hacía falta; con Lúa porque le apetecía.
Elena era una aliada; Lúa era, en la medida en que Rojas tenía de eso, una amiga, y la diferencia estaba en que a Elena la entendía y a Lúa la disfrutaba, y a su edad, en su oficio, disfrutar de una conversación era un lujo tan raro que había aprendido a no desperdiciarlo.
—Rojas. —Levantó la vista de un microscopio—. El del sótano. ¿Qué muerto me traes hoy? Porque tú no subes a verme por mi cara bonita.
—Todavía no te traigo ninguno —dijo Rojas, sentándose sin que lo invitara—. Vengo a preguntarte si me lo puedes encontrar tú.
Le contó el caso. Se lo contó entero, porque de Lúa se fiaba, y porque necesitaba su cabeza y no solo su firma: la desaparición, el arcén, el depósito lleno, la marcha voluntaria fabricada, la báscula, los bidones, el terraplén.
Lúa lo escuchó sin interrumpir, con los codos en la mesa y la barbilla en las manos, y cuando terminó se quedó un rato callada, mirándolo.
—A ver si lo he entendido —dijo al fin—.
Tú crees que hay una mujer enterrada, desde hace más de una década, dentro del relleno de una carretera nacional.
Junto con unos bidones de residuos tóxicos.
Debajo de varios metros de zahorra compactada y de una capa de aglomerado asfáltico por la que pasan miles de coches al día.
Y me lo cuentas a mí, que soy forense, no zahorí.
¿Qué quieres que haga, Rojas, que la huela?
—Quiero que me digas dos cosas —dijo Rojas—.
Una: si a un cuerpo enterrado así, en esas condiciones, once años, le queda algo que un forense pueda identificar.
Y dos: si hay alguna manera de saber que está ahí antes de levantar la carretera, porque a mí ningún juez me firma destripar una nacional con lo que tengo.
Necesito darle al juez una razón para creer que ahí abajo hay algo. Y esa razón me la tienes que dar tú.
Lúa se levantó, fue a la cafetera, sirvió dos cafés sin preguntar y le puso uno delante. Era su manera de decir que el asunto le interesaba.
—Vamos por partes, que es como se trabaja con los muertos —dijo, volviendo a sentarse—.
Lo primero: ¿queda algo? Depende. Un cuerpo en un relleno compactado, a varios metros, en un medio más bien seco y sin oxígeno…
puede conservar bastante, o puede quedar reducido a poco.
Pero aunque quede poco, casi siempre queda el esqueleto, o parte, y el esqueleto habla.
El esqueleto te da sexo, edad aproximada, estatura, a veces antiguas fracturas, rasgos que cotejar con una ficha en vida.
Y si la mataron con violencia, el esqueleto a menudo lo cuenta: un hioides roto si la estrangularon, una fractura craneal si le dieron un golpe, una marca en una costilla o en una vértebra si hubo arma blanca.
Once años no borran eso. Once años, para un hueso, son cuatro días.
—Bebió café—. Si esa mujer está ahí, y la sacas, yo te digo quién es y, con suerte, cómo murió. Eso te lo firmo. Cuando la tengas.
—El problema es tenerla.
—El problema es tenerla —repitió Lúa—. Y ahí ya no soy yo, ahí es física.
Pero tienes suerte, porque resulta que de eso sé un poco, que hice un curso de geofísica forense en Portugal, con unos que buscan fosas de la dictadura.
—Se levantó otra vez, cogió una libreta y dibujó, mientras hablaba, un esquema rápido: una línea horizontal, la carretera, y debajo un revoltijo de capas—.
Existe una cosa que se llama georradar. Un aparato que se pasa por encima del suelo, como un cortacésped, y que manda ondas hacia abajo y lee lo que rebota.
Sirve para ver lo que hay bajo tierra sin cavar: tuberías, huecos, cambios en el terreno.
Y sirve, sí, para buscar enterramientos, porque una fosa, aunque la compactes, deja para siempre una firma distinta del terreno de alrededor.
La tierra removida nunca vuelve a ser igual que la tierra virgen. El georradar lo ve. Ve la anomalía.
—¿Y funcionaría bajo el asfalto? ¿Después de once años?