7. Áridos Corvo #3
—Treinta y dos. Mi mano derecha. Lo que yo no puedo estar en todo, está Damián.
—Corvo lo miró, y en esa mirada, breve, Rojas leyó toda la relación entre los dos hombres: el amo y el instrumento, la correa y el perro—.
El inspector está repasando lo de la pobre Nuria, Damián.
Lo de hace once años. Rutina, dice. Papeleo.
—Lo dijo despacio, marcando las palabras, y Rojas entendió que aquello no era una presentación, sino una instrucción: Corvo le estaba diciendo a Damián, delante de Rojas, cómo tenía que comportarse.
Rutina. Papeleo. Nada—. ¿Verdad que aquí no hay nada que contar, Damián?
Damián tardó un segundo de más en contestar.
Miró a Corvo, miró a Rojas, y en ese segundo Rojas vio a un hombre debatiéndose al borde de algo, un hombre que llevaba todos aquellos años bebiendo para dormir y que tenía delante, a la vez, al que le daba de comer y al que quizá podía quitarle el peso de encima.
Pero el miedo pudo más, como casi siempre.
—Nada —dijo Damián, bajando la vista—. No hay nada que contar.
—Ya lo oye. —Corvo sonrió, satisfecho, y volvió a palmearle la espalda—.
Anda, Damián, acompaña tú al inspector hasta su coche, que yo tengo una llamada.
Un placer, inspector. Y ya sabe: lo que necesite, aquí estamos.
Pero hágame caso en lo que le he dicho. Deje descansar a los que no están.
Deje descansar a la chica. Por su madre, sobre todo, que la pobre no necesita que le remuevan la herida a estas alturas.
Le tendió las dos manos otra vez, el apretón caluroso, la sonrisa de un cuarto de segundo antes que los ojos, y se metió en su despacho de cristal a hacer su llamada. Rojas no necesitaba oírla para saber a quién llamaba, ni qué iba a decir.
Damián lo acompañó hasta el coche en silencio, andando medio paso por detrás, como un preso o como un guardián, que Rojas no habría sabido decir cuál de las dos cosas.
Cuando llegaron junto al coche polvoriento, Rojas se volvió, y por un momento los dos hombres se quedaron solos, lejos de las oficinas, entre el ruido de la machacadora que tapaba las voces.
Damián tenía las manos grandes, como Corvo, pero mientras las de Corvo eran manos de mandar, las de Damián eran manos de hacer, y a Rojas no se le escapó que le temblaban un poco, un temblor fino, el de la resaca o el del miedo o el de las dos cosas a la vez.
Se fijó también en la cara curtida y rota, en las botas, en el mono manchado: un hombre que había pasado la vida al aire libre, moviendo tierra, obedeciendo.
No tenía cara de asesino. Pero es que los asesinos, casi nunca, tienen cara de asesino: tienen cara de hombres cansados que un día hicieron lo que les mandaron y ya no supieron cómo dejar de haberlo hecho.
Damián miraba al suelo, a las piedras, a cualquier sitio menos a Rojas, y su silencio no era el silencio chulo del que no tiene nada que temer, sino el silencio apretado del que lleva tanto dentro que sabe que, si abre la boca un dedo, se le sale todo.
Rojas no le preguntó nada del caso. Sabía que allí, en la cantera, con Corvo a cincuenta metros detrás de una cristalera, Damián no iba a decir una palabra; habría sido tirar la única carta que tenía.
Así que hizo otra cosa. Sacó una tarjeta, una simple tarjeta con su nombre y un número de móvil, la suya personal, no la de la jefatura, y se la tendió.
—No le voy a preguntar nada —dijo, en voz baja, para que solo lo oyera él—.
Aquí no. Solo le voy a decir una cosa, Damián, y luego me voy y usted decide.
—Lo miró a los ojos enrojecidos—. Yo sé lo que hay debajo de la carretera.
No todo, pero lo suficiente. Y sé que usted no lo decidió; usted lo hizo, que es distinto.
El que lo decidió está ahí arriba, en su despacho de cristal, llamando por teléfono para que a mí me den un toque, mientras usted carga con lo que hizo por él, y bebe para dormir, y lleva once años sin dormir igual.
—Damián no dijo nada, pero le tembló la mandíbula, igual que le había temblado a Quique—.
Un día de estos, esto se va a abrir. Yo voy a abrirlo.
Y cuando se abra, va a haber dos clases de personas: los que hablaron a tiempo y los que esperaron a que fuera tarde.
Los primeros duermen, después. Los segundos no vuelven a dormir nunca.
—Le puso la tarjeta en la mano manchada de grasa—.
Usted verá en cuál de las dos quiere estar. No corre prisa. Pero corre.
Damián cerró la mano sobre la tarjeta, despacio, sin mirarla, y se la metió en el bolsillo del mono con un gesto rápido, casi a escondidas, mirando de reojo hacia la cristalera de Corvo.
No dijo ni sí ni no. Pero no le devolvió la tarjeta.
Y para Rojas, que llevaba media vida leyendo lo que los hombres hacen con las manos cuando la boca no se atreve, aquello —que no la devolviera, que se la guardara a escondidas— fue la primera grieta de verdad en once años de hormigón.
—Váyase —dijo Damián, ronco—. Váyase y no vuelva a subir aquí. Aquí no. —Y en aquel «aquí no», repetido, Rojas oyó, sin que el otro lo dijera, la otra mitad de la frase: aquí no, pero a lo mejor en otro sitio.
Rojas se subió al coche, arrancó, y bajó la pista de tierra blanca cruzándose otra vez con los camiones que subían y bajaban, mirando por el retrovisor cómo la figura de Damián se quedaba abajo, quieta, cada vez más pequeña, con la mano todavía en el bolsillo donde había guardado la tarjeta.
Cuando llegó abajo, a la nacional, en lugar de girar hacia la ciudad giró un momento hacia arriba, hacia el 344, y paró otra vez en el arcén, junto al mojón, junto al terraplén.
Apagó el motor. Sacó el móvil, miró la hora y el mensaje anónimo de la noche anterior, todavía sin contestar.
Corvo estaría, a esa misma hora, terminando su llamada.
Esa tarde, o al día siguiente como mucho, alguien en la jefatura, o por encima de la jefatura, recibiría una sugerencia amable sobre el inspector Rojas y su afición a los casos viejos.
La maquinaria ya se estaba moviendo. Y una maquinaria que se mueve, se dijo Rojas mirando el talud de tierra donde llevaba más de una década enterrada una mujer valiente, es una maquinaria que hace ruido, que deja huellas, que se puede seguir.
Había subido a hacer cojear la mentira, y la mentira había cojeado: en el cuarto de segundo en que los ojos de Corvo no llegaron a sonreír, y en la mano de Damián guardándose una tarjeta a escondidas. Poco, para un juez. Todo, para él.
Marcó a Elena. Le resumió la visita en cuatro frases: la sonrisa de Corvo, el cuarto de segundo de los ojos, la lista exacta de sus movimientos que el dueño le había recitado de memoria, la maqueta del terraplén sobre la mesa, y la tarjeta en la mano de Damián.
—Has hecho lo que había que hacer —dijo Elena cuando terminó—.
Ahora empieza lo peligroso. Corvo va a mover ficha, y tiene dos que mover: pararte a ti por arriba, con sus amigos, o asegurarse por abajo de que Damián no hable.
Reza por que se equivoque de ficha. —Hizo una pausa—.
Ese capataz es tu grieta, Rojas. Se guardó la tarjeta.
Un hombre que se guarda la tarjeta es un hombre que un día llama.
Pero Corvo lo sabe tan bien como tú, y a Corvo le sobran maneras de que un capataz con la conciencia sucia no llegue a llamar.
No lo pierdas de vista. Puede que Damián sea la clave de todo. O puede que sea el siguiente.
Colgó. Rojas se quedó un rato más en el arcén, mirando el terraplén, pensando en aquel hombre de ojos rojos que se había guardado su tarjeta a escondidas, entre el amo que le daba de comer y el policía que le ofrecía descargar el peso, y sintió por primera vez en el caso una punzada de urgencia.
Porque Elena tenía razón. Damián era la grieta.
Y las grietas, cuando el que manda las descubre, se tapan.
Faltaban tres días para el veintitrés.