7. Áridos Corvo #2
—Inspector, le voy a hablar claro, de hombre a hombre, que es como se entiende la gente.
—Bajó la voz, y con la voz baja se le fue la simpatía—.
Usted lleva tres días en mi comarca. El sábado estuvo en el arcén del 344 mirando el aire, y luego en la gasolinera preguntando por la chica.
Después subió a ver a la madre, a la calle Fragua, y estuvo un buen rato.
El domingo fue a ver a un guardia jubilado, a Colmenar, a su huerto.
Ayer bajó a la capital, a un taller, a hablar con el Quique.
Y hoy sube aquí. —Sonrió, sin ninguna alegría—.
¿Ve como aquí nos conocemos todos? No se me ofenda: no es que le siga nadie.
Es que esto es un pueblo, y en un pueblo el que estornuda en la plaza se entera el que está en la iglesia.
Se lo digo para que sepa dónde está. Usted, en la ciudad, es un policía.
Aquí es un forastero que anda molestando a una madre que sufre y desenterrando cosas que hacen daño a mucha gente buena.
Y a mí, que quiero a esta gente, eso me duele.
—A mí también me duele molestar a una madre —dijo Rojas, tranquilo—. Lo raro es que a usted le duela que yo la escuche, cuando dice que la aprecia tanto.
Corvo aguantó el golpe sin pestañear. Era bueno. Se echó hacia atrás, y la sonrisa regresó, más fría.
—Tengo amigos, inspector —dijo, casi con dulzura—.
En el pueblo, en la comarca, en la capital, y en sitios más altos que la capital.
Gente que me aprecia, porque doy trabajo, porque pago mis impuestos, porque cuando hay que ayudar, ayudo.
No se lo digo para amenazarle, Dios me libre; se lo digo para que se ahorre un disgusto.
Un hombre de su edad, con su hoja de servicios, no necesita meterse en un lío por una historia de hace once años que ya está juzgada y cerrada.
Rojas no contestó, y Corvo, que interpretó el silencio como una duda —porque los hombres que compran interpretan siempre el silencio como un precio en negociación—, suavizó otra vez la voz y jugó su última carta, la que le había funcionado toda la vida.
—Mire, le voy a decir una cosa, y perdone si me meto donde no me llaman.
—Se acodó en la mesa, confidencial, amistoso—.
Yo sé lo que es una unidad de esas donde le han metido a usted.
Casos viejos, un sótano, poco presupuesto, poco reconocimiento.
Un hombre con su experiencia, ahí enterrado.
No es justo. —Chascó la lengua—. Yo tengo amigos que mueven cosas, inspector.
Y a la gente que me cae bien, y usted me cae bien, procuro echarle una mano.
Sin pedir nada, faltaría más. Solo por el gusto de ayudar.
Un buen informe suyo, diciendo que aquí está todo en orden, que la chica se fue y no hay más que rascar, y a lo mejor, sin que usted mueva un dedo, un día se encuentra con que las cosas le van mejor.
Un destino más bonito. Un reconocimiento.
La vida da muchas vueltas, y da menos disgustos cuando uno tiene amigos.
—Sonrió, abierto, generoso, terrible—. ¿Me entiende lo que le quiero decir?
—Le entiendo perfectamente —dijo Rojas. Y lo entendía: acababan de ofrecerle, con una sonrisa y sin una sola frase que un juez pudiera usar, que se vendiera. Era una obra de arte, a su manera—. Se lo agradezco, don Ismael. Es usted muy generoso.
—Es que soy así —dijo Corvo, encantado, sin captar que Rojas no había dicho que sí.
—Y dígame una cosa, ya que estamos —añadió el dueño, como al descuido, reclinándose otra vez en el sillón—.
La madre de la chica, la pobre Amparo. ¿Le ha enseñado a usted algo?
Se lo pregunto porque la mujer, con los años, se ha ido llenando la cabeza de cosas.
Que si guardaba papeles de su hija, que si cuadernos, cartas…
manías de vieja. Se lo digo por si le ha hecho perder el tiempo con alguna fantasía de esas.
Y ahí, por segunda vez, Rojas vio la costura.
Porque un hombre al que de verdad no le importa nada no pregunta por los papeles de una muerta.
Un hombre tranquilo no se interesa por lo que pueda guardar en una caja una anciana de pueblo.
Corvo, con su sonrisa, acababa de enseñarle sin querer lo único que le quitaba el sueño: que en algún sitio, después de más de una década, pudiera haber quedado un papel escrito por la mano de Nuria Alsina.
—Nada —mintió Rojas, con la cara más aburrida del mundo—.
La pobre mujer no tiene más que fotos y recuerdos.
Ni un papel. Se lo digo yo, que he estado allí.
Lo único que guarda esa casa es una madre esperando a una hija que no va a volver.
—Sostuvo la mirada de Corvo, plácido—. Ningún papel, don Ismael. Descuide.
Corvo asintió despacio, y algo se le relajó en los hombros, un alivio que duró lo que dura un parpadeo y que Rojas guardó junto a todo lo demás.
Le había mentido a conciencia, y por una razón: si Corvo creía que no había papeles, no iría a buscarlos, ni iría a por la madre.
Acababa de poner, con una mentira, un escudo delante de doña Amparo.
Era lo menos que le debía a la mujer de la puerta verde.
Corvo se levantó, dando por hecho, con la naturalidad del que manda, que la visita se acababa cuando él lo decidía.
—Venga, le acompaño, que le voy a enseñar la casa, ya que ha subido.
Así ve usted lo que es esto y lo pone en su papel.
—Le pasó un brazo por el hombro, paternal, conduciéndolo hacia la puerta—.
Porque aquí, inspector, no hay ningún misterio, ¿sabe?
Aquí lo que hay es trabajo. Doscientas familias comen de esta cantera.
Doscientas. El panadero, el del bar, el mecánico, el médico hasta cierto punto…
todo el pueblo vive de esta piedra. Yo llevo cuarenta años levantando esto desde cero, con estas manos —se las enseñó, grandes, encallecidas—, y no lo he hecho para que un día venga nadie a remover cosas viejas y a intranquilizar a la gente con fantasías.
¿Me entiende? Lo digo por su bien y por el de todos.
Un pueblo tranquilo es un pueblo que come. Un pueblo revuelto no come nadie.
Ahí estaba. El aviso, el mismo del mensaje de la noche anterior, pero ahora con la cara colorada y el brazo por el hombro, dicho «por su bien y por el de todos». Rojas se dejó conducir, dócil, tomando nota.
Bajaron a la explotación. Corvo le enseñó la machacadora, las cintas, la báscula nueva, hablando todo el rato, llenando el aire de cifras de producción y de anécdotas, y Rojas lo seguía asintiendo, haciéndose el impresionado, dejándose querer, porque a un hombre que necesita mandar en una conversación se le saca más dándole cuerda que cortándosela.
En un momento del recorrido, Corvo lo llevó hasta un saliente de roca desde el que se veía, allá abajo, la nacional serpenteando por el valle, y el tramo nuevo, el ensanche, la curva larga y suave sobre el terraplén, brillando al sol.
—¿Ve esa carretera de ahí, inspector? —dijo Corvo, señalándola con el mentón, henchido de orgullo—.
Ese tramo lo hicimos nosotros. El ensanche del puerto.
Con nuestra piedra, con nuestros camiones, con nuestros hombres.
Miles de toneladas de zahorra pusimos ahí debajo, para levantar ese terraplén y que la carretera no se descolgara al barranco.
Fue la obra más grande de la comarca en cincuenta años.
—Se llenó el pecho de aire—. La gente pasa por ahí todos los días, a la ciudad, al médico, de vacaciones, sin saber lo que cuesta hacer una cosa así, lo que hay debajo, el trabajo que lleva.
Pasan por encima y no lo saben. Esa es la satisfacción de esto, inspector: dejar algo hecho, algo firme, algo que dura.
Yo me moriré, y esa carretera seguirá ahí, aguantando, con todo lo que le pusimos debajo.
Rojas miró el terraplén, allá abajo, brillando, y luego a Corvo, que lo miraba con una sonrisa ancha y orgullosa, sin la menor sombra en la cara, y pensó que había dos maneras de entender aquella frase —«lo que le pusimos debajo»— y que Corvo la había dicho con la conciencia tan tranquila que a lo mejor, a fuerza de años, hasta él mismo había terminado por creerse solo una de las dos.
Los hombres como Corvo sobreviven así: convirtiendo lo que hicieron en una anécdota de la que presumir.
—Una obra impresionante —dijo Rojas—. Sí, señor. Cuánta cosa debajo de una carretera.
—Cuánta cosa —repitió Corvo, satisfecho, sin captar nada. O captándolo todo; con aquel hombre nunca se sabía.
Y así, dando cuerda, dejándose enseñar la casa, llegaron hasta la parte de atrás de la explotación, donde estaban los talleres y el parque de maquinaria, y allí, entre una excavadora y un montón de tubos, había un hombre.
Rojas lo supo antes de que Corvo se lo presentara.
Lo supo por la descripción de Quique, por el instinto, por la manera en que el hombre, al verlos venir, dejó lo que estaba haciendo y se quedó quieto, tenso, con la cara cerrada.
Era un tipo de cincuenta y muchos, fuerte, con las manos y la ropa manchadas de grasa y de polvo, la cara curtida y una red de venillas rotas en la nariz y en los pómulos, esas que deja el vino cuando se convierte en costumbre.
Tenía los ojos enrojecidos, y en ellos, cuando se cruzaron con los de Rojas, había una cosa que Corvo no tenía y que a Rojas le interesó mucho más que toda la campechanía del dueño: miedo.
—Mi capataz —dijo Corvo, con una palmada en la espalda del hombre que sonó a la vez a afecto y a correa—. Damián. Lleva conmigo… ¿cuántos, Damián? ¿Treinta años?
—Treinta y dos —dijo Damián. La voz le salió ronca, baja.