7. Áridos Corvo
En lo alto, presidiendo la explotación, había una nave de oficinas moderna, de esas que desentonan en un sitio así, con cristaleras y un cartel grande y limpio: ÁRIDOS CORVO S.
L. Delante, aparcados en fila como en un concesionario, tres todoterrenos negros idénticos.
Rojas dejó su coche polvoriento al lado, y le pareció, sin poder evitarlo, un perro callejero entre tres perros de raza.
Un par de operarios, con casco y chaleco reflectante blanco de polvo, lo miraron llegar desde lo alto de una pila de grava, y en cuanto Rojas les sostuvo la mirada apartaron la suya y volvieron a lo suyo con una prisa que no era casual.
Lo mismo hizo un camionero que fumaba apoyado en su bañera.
Rojas ya había visto antes aquella coreografía, la de un sitio donde la gente sabe que hay cosas que es más sano no mirar.
En la ciudad, un desconocido pasa inadvertido; en un feudo, un desconocido es un acontecimiento, y todos lo ven y todos hacen como que no.
Doscientas familias, había dicho Colmenar; doscientas familias que apartaban la vista a la vez.
Ese era, más que la machacadora o las cintas, el verdadero músculo de Áridos Corvo: no la piedra, sino el silencio de los que comían de ella.
Antes de bajarse, se quedó un momento mirando la báscula.
Estaba abajo, a la entrada de la explotación, junto a la pista: una plataforma metálica embutida en el suelo, con una caseta pequeña de obra al lado, con una ventana corredera.
La caseta de Nuria. Allí se había sentado ella cada día durante años a pesar camiones y a apuntar números con sus comas; allí había descubierto, una tarde, con la calculadora en la mano, que los números no cuadraban.
Ahora, por la ventana, se veía a un hombre joven con auriculares mirando una pantalla: la báscula, como todo, se había vuelto electrónica, automática, sin comas.
A Nuria la había sustituido un ordenador.
Era, pensó Rojas, la clase de detalle que resumía una época: donde antes había una mujer que se daba cuenta de las cosas, ahora había una máquina que no se daba cuenta de nada.
Más barato. Más seguro. Nadie vuelve a esconder copias debajo del cajón de los manteles de un ordenador.
Subió a las oficinas.
Ismael Corvo lo recibió en un despacho grande, con vistas a toda la cantera a través de una cristalera, como un rey mira su reino.
Era el despacho de un hombre que quería que se notara lo que era.
En las paredes, fotografías enmarcadas: Corvo con un ministro en una inauguración, Corvo dando la mano a un obispo, Corvo con la medalla de una hermandad, Corvo cortando la cinta de algo.
Una vitrina con placas y trofeos de la Cámara de Comercio, de la asociación de empresarios, de un club de fútbol al que seguramente pagaba las camisetas.
Y en un sitio de honor, sobre la mesa, una maqueta pequeña, en metacrilato, de un tramo de carretera con su puente y su terraplén: el ensanche de la N-344, la obra de su vida, convertida en pisapapeles.
Rojas la miró un segundo de más. Corvo tenía sobre la mesa, de adorno, una réplica en miniatura del sitio exacto donde había enterrado a Nuria Alsina.
La tenía a la vista de todos, con orgullo, porque el mejor escondite para una cosa es no esconderla: ponerla encima de la mesa y llamarla logro.
Era un hombre de unos sesenta y cinco años, corpulento, de manos grandes de las que han trabajado la piedra antes de mandarla, vestido con una elegancia rústica y cara —camisa de cuadros de buen paño, chaleco, botas de campo que costaban un sueldo—, con una cara ancha, colorada, simpática, y unos ojos pequeños y despiertos que sonreían un cuarto de segundo después que la boca, que es donde se les nota a los hombres como él lo que de verdad están pensando.
—¡Hombre, el inspector! —Se levantó, rodeó la mesa y le tendió las dos manos, envolviéndole la suya en un apretón caluroso—.
Pase, pase, siéntese. Ya me habían dicho que andaba usted por la comarca.
Aquí en el pueblo las noticias vuelan, ya sabe, esto no es como la ciudad, aquí nos conocemos todos y en cuanto aparece una cara nueva todo el mundo lo sabe antes de comer.
—Se rio, campechano, y voceó hacia la puerta—: ¡Mari Carmen, un café para el inspector!
¿O prefiere un anís, que hace frío ahí fuera? Un anís, ande, que es medicinal.
—Un café está bien —dijo Rojas, sentándose—. Gracias por recibirme sin cita, don Ismael.
—¡Faltaría más! A un policía se le recibe siempre, hombre, que para eso pagamos entre todos, ¿no?
—Volvió a su sillón, se echó hacia atrás, cruzó las manos sobre el chaleco—.
Además, me imagino de qué viene. La pobre Nuria.
Once años ya. Cómo pasa el tiempo. —Movió la cabeza con una tristeza que parecía sincera y que a lo mejor lo era, porque los hombres como Corvo son capaces de sentir una pena que además les conviene—.
Buena chica. Buenísima. La mejor que he tenido en la báscula, y mire que he tenido gente.
Lista, seria, cabal. Cuando se marchó fue un disgusto para todos, se lo digo de corazón. Un disgusto y una sorpresa.
—¿Una sorpresa?
—Hombre, claro. —Corvo abrió las manos—.
Una chica así, tan formal, tan de su casa, tan pegada a su madre…
y una mañana, ¡pum!, el coche tirado en la carretera y ella al viento.
¿Quién se lo iba a imaginar? Pero ya se sabe, inspector, nunca conoce uno del todo a la gente.
Las aguas más quietas. Igual la chica tenía sus historias, sus amores, sus ganas de mundo, y un día dijo hasta aquí y se fue a buscar la vida a otro lado.
Es joven, es guapa… ¿quién es nadie para juzgarla?
—Bajó la voz, confidencial—. Yo, mire, siempre pensé que fue por el novio aquel, el Quique.
Un chico raro, celoso. Yo creo que la traía por la calle de la amargura y la pobre no vio otra salida que poner tierra de por medio.
Pero eso son cosas mías, ¿eh? Habladurías. Yo de eso no sé.
Rojas asintió, tomándose el café que le había traído la secretaria, sin prisa.
Conocía aquella música. Corvo estaba haciendo dos cosas a la vez, con la maestría de quien lleva media vida haciéndolas: cerrar la puerta de la marcha voluntaria y, de paso, echarle otra palada de tierra encima a Quique, el culpable cómodo, por si acaso hacía falta volver a usarlo.
Todo con una sonrisa, todo «de corazón», todo envuelto en la pena sincera de un buen hombre por una empleada querida.
—Verá, don Ismael —dijo Rojas, dejando la taza—.
Le voy a ser sincero, porque usted es un hombre ocupado y yo también.
El caso de Nuria Alsina está archivado, es cierto.
Marcha voluntaria. Yo trabajo en una unidad que repasa casos viejos, sin más, rutina, papeleo, para ir cerrando flecos antes de que prescriban del todo.
Nada del otro mundo. He venido a echar un vistazo, a hablar con cuatro personas, a firmar que sigue todo igual, y a irme.
No espere usted grandes cosas. —Se encogió de hombros, con el cansancio bien fingido del funcionario que cumple—.
Pero ya que estoy, y para dejarlo bien atado en el papel, ¿le importa contarme qué recuerda usted de aquellos días?
Del último. ¿Trabajó Nuria aquí ese viernes?
Corvo no dudó. Los hombres como él no dudan; tienen las respuestas preparadas desde una década atrás, pulidas de tanto no usarlas.
—Trabajó, sí, su jornada normal. Se fue a su hora, sobre las seis, como todos.
Y ya no la volvimos a ver. A la mañana siguiente, el revuelo.
—Suspiró—. Aquí lo sentimos muchísimo, inspector.
Hicimos lo que pudimos. Dimos todas las facilidades a la Guardia Civil, colaboramos en lo que se nos pidió.
Pero claro, si la chica se había ido por su pie, poco podíamos hacer nosotros.
—¿La citó alguien esa noche? —preguntó Rojas, como quitándole importancia, revolviendo el café—.
Para volver a la cantera, digo. A la obra.
Se lo pregunto porque la madre dice que Nuria recibió una llamada durante la cena y salió diciendo que la reclamaban de la obra, a cuadrar unos partes antes de que viniera el aparejador el lunes.
Fue un instante. Un instante brevísimo, que otro no habría visto, pero Rojas llevaba veinte años cazando instantes brevísimos.
La sonrisa de Corvo no se movió, su cara colorada siguió igual de campechana; pero los ojos pequeños, que sonreían siempre un cuarto de segundo después que la boca, esta vez no llegaron a sonreír: se quedaron quietos, calculando, un latido de más.
Y Corvo, que era listo, notó que Rojas lo había notado, y para taparlo hizo lo que hacen los listos: reír más fuerte.
—¡Qué cosas tiene la memoria de las madres!
—dijo, con una risa un pelín larga—. Mire, inspector, de eso no le puedo decir nada, porque no me consta.
Aquí, cuadrar partes de noche, no. Nosotros de noche no trabajamos, la obra se paraba al atardecer, por seguridad.
Si alguien la llamó, no fue de mi parte ni con mi conocimiento.
Y le diré más: la pobre madre, Dios la guarde, lleva once años inventándose cosas para no aceptar que su hija la dejó.
Es normal, es una madre, la compadezco. Pero yo, con todo el respeto, no le daría mucho crédito a lo que recuerda o deja de recordar. El dolor hace hablar.
—Seguramente tiene usted razón —concedió Rojas, guardándose el instante como quien se guarda una carta buena bajo la manga—. El dolor hace hablar.
Corvo lo miró un momento en silencio, y algo en su cara cambió: se le posó encima una seriedad que hasta entonces la campechanía había tenido tapada. Se inclinó un poco hacia delante.