6. La segunda báscula #3
—Todavía no. —Elena sostuvo su mirada, inflexible—.
Si te lo doy hoy, te vas a ir a por ella, te van a ver venir, y perderás lo único que tienes a favor: que ellos creen que esto va solo de una chica de pueblo.
Ese nombre es la parte grande. La parte grande es mía, y es para después.
Tú quédate con tu parte: Corvo, Damián, el terraplén, Nuria.
Ciérrala entera, sácala a la luz, mete a esos dos en la cárcel y devuélvele el nombre a la chica.
Y cuando eso esté hecho y a salvo, hablamos del hilo que sube. ¿Trato?
Rojas lo pensó. No le gustaba trabajar a medias, con una parte del mapa tapada por la mano de otro.
Pero entendía la lógica, y confiaba en Elena lo bastante —una confianza rara, hecha de desconfianzas administradas— para saber que, si se guardaba un nombre, era por una razón; no siempre buena para él, pero casi siempre buena para el caso.
—Trato —dijo—. Mi parte primero, la tuya después. Pero, Elena: la tuya, algún día, me la vas a contar entera.
—Algún día —concedió ella, que era su manera de no prometer nada.
Recogieron los papeles en silencio. Elena los fotografió uno a uno con una cámara buena, no con el móvil, y guardó las fotocopias originales en una carpeta ignífuga, dentro de una caja fuerte que Rojas no había visto hasta ese momento, empotrada en la pared detrás del corcho.
—No las lleves a la jefatura —dijo—. Ni las escanees allí, ni las menciones en un correo, ni las apuntes en el sistema. ¿Me oyes? Lo digo en serio.
—Empiezas a repetirte —dijo Rojas—. Tú, doña Amparo, Colmenar, Quique. Todos me avisáis de lo mismo. Que tenga cuidado. Que no me fíe. Que no lo cuente. Empieza a parecer que el que está solo en esto soy yo, y que todos los demás sabéis algo que yo no.
Elena cerró la caja fuerte, giró la rueda, y se volvió hacia él. Por un momento —solo un momento— dejó caer la coraza, y Rojas vio detrás algo que no había visto nunca en ella: cansancio. Un cansancio viejo, de años, de mucho antes de Nuria.
—No sabemos nada que tú no sepas —dijo—.
Sabemos cómo acaba esto, que es distinto.
Yo llevo diez años tirando de hilos como este, y he aprendido una cosa: que la gente pequeña, la que aprieta el gatillo o pasa el rodillo, esa cae.
Damián caerá. Corvo caerá, con suerte. Pero por encima de ellos siempre hay alguien a quien no llegas, alguien que pagaba, alguien que firmaba, alguien que miraba para otro lado desde un despacho con moqueta, y ese no cae nunca, porque ese tiene el brazo lo bastante largo para pararte antes de que llegues.
—Señaló con la barbilla el corcho, el hilo rojo, el cabo en blanco—.
Ahí arriba, donde no llego, hay un nombre.
Lleva ahí cuatro años en blanco. Cada vez que creo que voy a poder ponerle cara, se me muere un hilo.
Se me jubila un testigo. Se me quema un archivo.
Se me suicida un contable. —Lo miró—. Por eso te aviso, Rojas.
No por doña Amparo. Por experiencia. En cuanto en El Pedernal se den cuenta de que vas en serio, y ya se están dando cuenta, van a intentar pararte por lo civilizado: una llamada, una recomendación, un superior tuyo que de repente se interesa por tus horarios.
Y si por lo civilizado no funciona, probarán lo otro.
Así que hazme caso: trabaja callado, no dejes rastro en la jefatura, y no subas a la cantera hasta que tengas la orden de excavar en el bolsillo.
Porque el día que subas a mirar a Corvo a la cara, se acabó el sigilo. Ese día sabrán justo lo que sabes tú.
Rojas se levantó, cogió la funda vacía, y se quedó un momento mirando el corcho, aquel mapa de una guerra privada que Elena llevaba años librando sola en un piso sin muebles.
—Ese nombre de arriba, el del cabo en blanco —dijo—. El que no cae nunca. ¿Tiene algo que ver con lo tuyo? ¿Con la deuda esa que nunca me cuentas?
Elena lo acompañó hasta la puerta. La abrió. Y solo cuando Rojas estuvo en el rellano, con la escalera a oscuras a su espalda, contestó, con esa voz plana suya que era la manera que tenía de decir las cosas que le importaban:
—Todo tiene que ver con lo mío, Rojas. Toda mi lista es una sola deuda. —Empezó a cerrar la puerta—. Pero eso es otro expediente. Hoy hemos venido a por Nuria, y a Nuria ya la tenemos. Tenemos el porqué. Sube a por el quién cuando estés listo. Y ten cuidado con el que te sonría.
La puerta se cerró. Rojas bajó los tres pisos a oscuras, tanteando la barandilla, con la cabeza llena de bidones, de pesos, de matrículas del norte y de un hilo rojo que subía a un nombre en blanco. Cuando salió a la calle, la noche era fría y limpia, y la ciudad seguía sin saber nada.
Lo tenía entero: una mujer honrada, una estafa al Estado, un veneno enterrado bajo una carretera, y un asesinato para tapar las tres cosas.
Le faltaba el quién con nombre y apellido, atado con pruebas y no con letra de fotocopia.
Y le faltaba, sobre todo, lo único que convertiría todo aquello de sospecha en delito ante un juez: el cuerpo.
Nuria, bajo el asfalto, esperando que alguien se atreviera a levantar una carretera nacional para sacarla.
Pensó en el orden de las cosas, otra vez, porque el orden lo era todo.
No podía presentarse ante un juez con doce fotocopias sin sellar y pedirle que mandara una excavadora a destripar una carretera nacional por la que pasaban miles de personas al día; ningún juez del mundo firmaba eso con lo que él tenía.
Necesitaba más. Necesitaba atar a Corvo o a Damián al crimen con algo que no fuera la letra de una muerta: que uno de los dos hablara, o un testigo, o una prueba física que apuntara al terraplén sin lugar a duda.
Para conseguir cualquiera de esas cosas tenía que subir a la cantera, mirar a Corvo a los ojos, remover el avispero y aguantar la respuesta —la llamada al superior, el aviso cortés, lo que viniera— el tiempo justo para que alguien, en el bando de ellos, cometiera el error que él necesitaba.
Los casos como aquel no se ganaban con una prueba maestra caída del cielo; se ganaban apretando, con paciencia, hasta que la mentira, que llevaba once años quieta y cómoda, tuviera que moverse.
Las mentiras, cuando se mueven después de once años quietas, cojean.
Rojas llevaba toda la vida esperando a que cojearan.
Ya en la calle, camino del coche, le vibró el teléfono en el bolsillo. Un mensaje, de un número que no tenía guardado. Lo abrió bajo la luz de una farola. Tres líneas, sin firma, con la cortesía helada de las amenazas que no quieren parecerlo:
«Sr. Rojas: nos consta que dedica su tiempo libre a un asunto archivado hace años. Sería una pena que ese celo, tan encomiable, le acarreara problemas administrativos que a su edad no le convienen. Hay expedientes que es mejor dejar cerrados. Un cordial saludo.»
Lo leyó dos veces. Luego levantó la vista, miró la calle a un lado y al otro —los dos extremos, por costumbre—, no vio a nadie, y volvió a guardar el teléfono.
No sintió miedo. Sintió, si acaso, una especie de alivio profesional, la satisfacción sombría del pescador que nota por fin el tirón en el sedal.
Elena tenía razón. Habían empezado por lo civilizado, y que empezaran por lo civilizado significaba dos cosas: una, que ya sabían que iba en serio, lo cual quería decir que había alguien, en El Pedernal o por encima de El Pedernal, con línea directa a la jefatura o a algo peor; y dos, que todavía preferían pararlo con buenas maneras, lo cual quería decir que todavía tenían miedo de lo que él pudiera encontrar.
La gente que ya no tiene miedo no manda mensajes corteses; manda otras cosas.
Guardó el aviso sin contestar, porque al que amenaza no se le responde: se le deja creer que no ha dado en el blanco, y se sigue cavando.
Al día siguiente subiría a El Pedernal. Esta vez, a mirar de frente a la mano que da de comer.
Faltaban cuatro días para el veintitrés.