6. La segunda báscula #2
Rojas se inclinó. Junto a un tique de un camión entrado a las 00:40, con matrícula de una provincia industrial del norte, Nuria había escrito, con letra más apretada que de costumbre, como quien escribe con miedo: «bidones.
huele a químico. el peón dice q es de una fábrica.
no van al vertedero. van al terraplén del 344.
Damián lo sabe. esto es delito grave. ¿medio ambiente?
¿guardia civil? tengo q estar segura. copiar todo».
Se hizo un silencio en el piso. Fuera, en la calle del casco viejo, alguien reía, se cerraba una puerta, la vida seguía. Dentro, bajo el flexo, dos personas leían la letra de una mujer muerta descubriendo su propia sentencia sin saberlo.
—Aquí está —dijo Elena, en voz baja—. Aquí está todo.
Áridos Corvo tenía un segundo negocio, mucho más rentable que vender piedra: cobraba por hacer desaparecer residuos.
Residuos peligrosos, industriales, de fábricas de fuera que no querían pagar lo que cuesta un vertedero legal, que es una fortuna.
Los traían de noche, camuflados, y Áridos Corvo, que casualmente tenía en marcha una obra pública enorme, un terraplén que rellenar con miles de toneladas de material, los enterraba en la carretera.
En la N-344. Bajo el asfalto. Mezclados con la zahorra.
Y encima cobraban dos veces: al Estado, por el árido que decían poner y no ponían; y a las fábricas, por tragarse su veneno.
La obra pública era la tapadera perfecta.
¿Quién va a ir a buscar bidones tóxicos dentro del relleno de una carretera nacional?
Nadie. Es el sitio más seguro del mundo para esconder algo: debajo de una cosa que el Estado protege, que nadie puede tocar sin una orden, y por la que pasan diez mil coches al día apisonándolo un poco más.
—Y hay algo más —añadió Elena, y bajó la voz, aunque estaban solos—.
Lo que enterraron ahí no se queda quieto.
El veneno no respeta el asfalto. Mira estas anotaciones de Nuria, las de la letra apretada: «huele a químico», «el arroyo de abajo salió turbio», «las cabras de Nemesio, malas».
—Señaló las palabras—. Ella lo estaba viendo ya.
Los bidones filtran. Con los años, con las lluvias, lo que enterraron bajo la carretera se va abriendo camino hacia abajo, hacia el barranco, hacia el agua.
Y el barranco del 344, ¿adónde crees que baja?
Baja al valle. A El Pedernal. A los pozos de los que bebe el pueblo, a las huertas, a las cabras.
—Se quitó las gafas—. La gran ironía de esta historia, la que a mí me revuelve, es que Ismael Corvo, el hombre que da de comer a doscientas familias, lleva once años envenenando despacio a esas mismas familias por ahorrarse el vertedero.
Les da el pan con una mano y les mete el veneno en el agua con la otra.
Y ellos lo defienden, y le ríen las gracias, y bajan la voz cuando alguien pregunta por la chica de la báscula.
Nuria no solo descubrió un fraude, Rojas.
Descubrió que su propio pueblo se estaba bebiendo su condena, y quiso salvarlo.
Por eso la mataron. Por querer salvar a los que iban a llamarla fugada.
—Y Nuria lo descubrió —dijo Rojas.
—Nuria lo descubrió, lo copió, y decidió contarlo.
—Elena se frotó los ojos—. Y ahí firmó su sentencia.
Porque el fraude del árido es dinero, y el dinero se defiende con abogados.
Pero esto otro es otra cosa. Esto es un delito ecológico de los que no prescriben fácil, esto es la ruina de la empresa, la cárcel para el dueño, el fin de la obra, la inhabilitación, y sobre todo —levantó un dedo— esto salpica a las fábricas de fuera que pagaban por enterrar su porquería.
Y esas fábricas, Rojas, no son un capataz de pueblo.
Esas fábricas son gente grande, gente con mucho que perder y con el brazo largo.
—Miró hacia el corcho, hacia el hilo rojo que subía a la nada—.
Ahí sube el hilo. ¿Lo entiendes ahora? Nuria no molestaba solo a Áridos Corvo.
Molestaba a todos los que pagaban a Áridos Corvo para dormir tranquilos.
Y cuando molestas a mucha gente rica a la vez, no te despiden: te entierran.
En este caso, con una ironía que me pone enferma, en el mismo agujero donde enterrabas tú lo que ellos querían esconder.
Rojas se echó hacia atrás en la silla y se pasó las dos manos por la cara.
Ya lo sabía, o casi; Quique le había dado el motivo la víspera.
Pero una cosa era la sospecha, contada por un mecánico dolido en un bar de polígono, y otra tenerlo ahí, en la letra de la propia Nuria, cuadrado, con pesos y fechas y matrículas.
Aquello no era una corazonada. Aquello era prueba.
—¿Sirve? —preguntó—. Para un juez. ¿Sirve esto?
Elena tardó en contestar, y cuando lo hizo fue con la honestidad brutal que era lo mejor y lo peor de ella.
—Sirve para saber. No sé si sirve para probar.
—Ordenó las hojas con cuidado—. Son fotocopias, Rojas.
Copias sin sellar, sin fecha oficial, sin cadena de custodia, hechas por una mujer que lleva once años muerta.
Un abogado bueno, y Corvo tendrá los mejores, te dirá que esto lo ha podido escribir cualquiera, en cualquier momento, con cualquier intención.
Que dónde están los originales. Y los originales, el libro de verdad de la báscula, el sistema informático de la cantera, todo eso lleva once años en manos de Corvo, y a estas alturas estará limpio como una patena, o ardido, o perdido.
—Dejó las hojas—. Estos papeles no meten a nadie en la cárcel.
Todavía. Pero hacen dos cosas, y las dos son de oro.
Primero, te dan el móvil: ya sabes por qué la mataron, y eso orienta todo lo demás.
Y segundo, y esto es lo importante —lo miró fijo—, te dicen dónde está.
—El terraplén —dijo Rojas.
—El terraplén del 344. Ella misma lo escribió: «van al terraplén del 344».
Ahí enterraban el veneno. Y ahí, casi con seguridad, la enterraron a ella, porque el que mata a las once de la noche a la mujer que iba a denunciar que enterrabas bidones en un sitio no se va a buscar otro sitio distinto para el cadáver teniendo el agujero abierto, la máquina puesta y la obra a medio compactar.
La metieron con los bidones. Y a la mañana siguiente pasó el rodillo, y unos días después el asfalto, y once años de camiones por encima.
—Elena juntó las manos—. Si abres ese terraplén, Rojas, no vas a encontrar solo a Nuria.
Vas a encontrar los bidones. Vas a encontrar el delito ecológico entero, con su veneno, con sus etiquetas de fábrica si hay suerte, con todo.
Nuria no solo dejó dónde mirar para encontrarla a ella: dejó dónde mirar para hundirlos a todos.
Los enterraron juntos, y juntos van a salir.
Rojas se quedó un rato en silencio, mirando las doce hojas extendidas bajo el flexo, aquel testamento involuntario de una mujer que no había pisado ninguna academia de policía y que, sin embargo, había hecho en la caseta de una báscula lo que once años de instituciones no hicieron: reunir las pruebas de su propio asesinato antes de que la asesinaran.
Pensó en el valor que hacía falta para aquello.
No el valor a gritos de las películas, sino el otro, el callado: el de una chica de pueblo que descubre que su empresa envenena a su gente, que sabe perfectamente lo que le pasará si lo cuenta —porque conoce a esos hombres, come con ellos, les pesa los camiones cada día— y que aun así, en lugar de callar y seguir cobrando, se pone por las noches con la calculadora a hacer copias y le deja dicho a su madre dónde mirar por si acaso.
Nuria Alsina había tenido miedo; se le notaba en la letra apretada, en el «tengo q estar segura», en el «¿medio ambiente?
¿guardia civil?». Había tenido miedo y lo había hecho igual.
Y a Rojas, que llevaba media vida entre valientes de oficio y cobardes con placa, aquel coraje sin testigos le seguía pareciendo la cosa más sola del mundo.
—Era valiente —dijo en voz alta, casi sin darse cuenta.
—Más que nadie de mi lista —dijo Elena, y en su voz plana, por un segundo, hubo algo que tembló—. Por eso me importa. Por eso, y por lo otro que no te cuento.
—¿Sabes de dónde son estas matrículas del norte?
—Elena tocó los tiques nocturnos antes de recogerlos—.
De una comarca industrial concreta. Fundiciones, químicas, tratamientos de metal.
Fábricas viejas, de las que generan residuos que cuesta un ojo de la cara eliminar como Dios manda.
Y estos camiones no los mandaba cada fábrica por su cuenta; eso sería una chapuza.
Los mandaba un intermediario. Una gestora de residuos, en teoría legal, con sus papeles en regla, que cobraba a las fábricas por «tratar» su porquería, sellaba un certificado diciendo que la había llevado a un vertedero autorizado…
y luego se la vendía a Corvo para que la enterrara en una carretera.
Doble negocio, doble mentira, doble papel firmado.
—Golpeó el corcho con un dedo, sin volverse—.
Esa gestora es uno de los hilos que suben hacia arriba, hacia donde yo todavía no llego.
Lleva años en mi lista, por otra historia.
Aparece siempre igual: papeles impecables, dueños que son sociedades de sociedades, y en cuanto rascas, un muerto o un desaparecido que se cruzó en el camino.
—Se volvió—. Nuria es de esos. Una más. La más pequeña y la más grande a la vez, porque es la que dejó copias.
—Dame el nombre de la gestora —dijo Rojas.