6. La segunda báscula
Elena no lo citó en la jefatura, ni en un bar, ni en ninguno de los sitios donde la gente normal queda para verse.
Le mandó una dirección por mensaje —una calle del casco viejo, un número, un tercero sin ascensor— y una hora, las seis de la tarde, y debajo una sola línea: «Ven solo y no le digas a nadie de la jefatura adónde vas».
Rojas subió los tres pisos a oscuras, con la caja de zapatos bajo el brazo, y llamó a una puerta sin nombre.
Le abrió Elena, y por primera vez en el año largo que hacía que la conocía, Rojas la vio en su terreno.
No era una casa; era otra cosa. Un piso vacío de muebles y lleno de trabajo: una mesa grande cubierta de carpetas, un flexo, un ordenador, una impresora, y en la pared del fondo, ocupándola entera, un corcho enorme, y en el corcho, papeles.
Fotografías. Recortes. Fichas. Nombres unidos por hilos de colores, como el mapa de metro de una ciudad que no existía.
Rojas se quedó parado en el umbral, mirándolo, y Elena lo dejó mirar unos segundos —una concesión que no le hacía a nadie— antes de hablar.
—Mi lista. La que nunca te enseño. —Cerró la puerta detrás de él—. No te molestes en leerla entera, que está en clave y hay cosas que todavía no te tocan. Pero fíjate en una.
Señaló, sin acercarse, una ficha en la esquina inferior del corcho.
Una foto de carné ampliada, una cara joven y seria que Rojas ya conocía de memoria: Nuria Alsina.
Un hilo rojo salía de su ficha, subía por el corcho, cruzaba otros nombres que Rojas no alcanzó a leer, y se perdía arriba del todo, en un espacio en blanco, en un cabo suelto sujeto con una chincheta a la nada.
Había docenas de fichas. Rojas, con el vistazo entrenado de quien lleva la vida leyendo tablones de casos, captó lo suficiente para medir lo que tenía delante: nombres de personas, unos con foto y otros solo escritos; recortes de prensa amarillentos de sucesos de media España; fechas que abarcaban décadas; y por todo el corcho, uniéndolo, aquella maraña de hilos de colores que solo Elena sabía leer.
No era la obsesión de una loca; era lo contrario, el trabajo minucioso, paciente, casi funcionarial, de alguien que había convertido el dolor en método.
Rojas conocía esa clase de tablones, porque los hacía la policía; solo que aquel lo había levantado una mujer sola, sin placa, sin sueldo, sin más autoridad que una hermana perdida once años atrás en un expediente, y lo había hecho mejor que muchos que cobraban por ello.
Sintió, mirándolo, una mezcla de respeto y de lástima que prefirió no enseñar.
—Lleva cuatro años en mi corcho —dijo Elena—.
Cuatro años. Yo sabía que a esta mujer le habían hecho algo.
No sabía el qué, ni el quién. Solo que su nombre estaba conectado, por ese hilo rojo, con una cosa que llevo mucho más tiempo buscando y que todavía no he encontrado.
Por eso te bajé su caja aquel viernes. No por caridad.
—Lo miró, y por una vez no apartó la mirada—.
Te uso, Rojas. Ya lo sabes. Te uso porque tú tienes una placa y unas ganas que yo no tengo, y yo tengo una paciencia y una lista que tú no tienes.
Nos usamos. Es un trato justo mientras los dos sepamos que es un trato.
—¿Adónde sube ese hilo? —preguntó Rojas, señalando el cabo en blanco.
—A un sitio al que todavía no llegamos. —Elena descolgó el hilo rojo de la nada con dos dedos y volvió a clavarlo un centímetro más abajo, como quien recorta una esperanza a su medida—.
Hoy no. Hoy bajamos, no subimos. Hoy vamos a leer los papeles de Nuria y a averiguar qué vio esta mujer que la mató. Enséñamelos.
Se sentaron a la mesa grande, bajo el flexo, y Rojas sacó de la funda las doce fotocopias y las extendió una a una.
Elena se puso unas gafas de leer, se recogió el pelo, y en aquel gesto se transformó: se le fue la mujer de los hilos y las advertencias y apareció otra, la contable, la que ve en una columna de números lo que otros no ven en una confesión firmada.
Cogió la primera hoja, la acercó a la luz, y empezó a leer los partes de báscula de Nuria Alsina como quien lee una partitura.
—Bien —dijo, más para sí que para Rojas—.
Vamos a entender primero cómo funciona esto, y luego a ver dónde está la trampa.
Una báscula de cantera es lo más honrado del mundo, en teoría.
Entra un camión vacío, se pesa: tara. Sale cargado, se pesa: bruto.
La diferencia es lo que se lleva, y por lo que se cobra.
El báscula —o la báscula, en este caso Nuria— apunta cada pesada, le da un número de tique, y esos tiques son la biblia de la empresa: dicen cuánto árido ha salido, para quién, y por tanto cuánto se factura y cuánto se declara a Hacienda.
Todo cuadra o no cuadra en esos papeles.
—Golpeó suavemente la hoja con el dorso de la uña—.
Nuria era la que apuntaba. Y una que apunta bien es lo mejor que le puede pasar a una empresa honrada, y lo peor que le puede pasar a una empresa que roba.
—¿Y esta robaba?
—Esta robaba de dos maneras. —Elena separó las hojas en dos montones, con una rapidez que dejó a Rojas atrás—. Y a Nuria la mataron por la segunda, no por la primera, aunque tardó ella misma en darse cuenta; mira sus anotaciones. Vamos por partes.
Cogió el primer montón.
—La primera trampa es la de toda la vida: robar hacia fuera.
—Fue señalando cifras—. Mira estos tiques.
La obra del ensanche de la N-344 la pagaba el Ministerio, dinero público, y a la obra se le facturaba el árido que ponía Áridos Corvo.
Pues bien: aquí, en los albaranes oficiales, la cantera factura a la obra, pongamos, quinientas toneladas de zahorra en una semana.
Pero Nuria, que pesaba de verdad los camiones que salían hacia el 344, apuntó en su copia lo que salió: trescientas.
—Levantó la vista—. Doscientas toneladas facturadas al Estado que nunca salieron de la cantera.
Multiplícalo por semanas, por meses de obra.
Es un pico. Alguien cobraba del erario público por una montaña de piedra que no existía.
Nuria lo pilló porque cuadraba los pesos reales con los facturados y no le salían.
Fíjate: aquí ha escrito, con su letra, «faltan 4 camiones, ¿dónde?
». Y aquí: «este albarán no existe en mi libro». Estaba destapando el robo.
Rojas miró las anotaciones. La letra menuda, ordenada, llena de comas incluso en la indignación. Una mujer descubriendo, sola, en la caseta de una báscula, que su empresa estafaba al Estado, y apuntándolo con la misma pulcritud con que apuntaba la lista de la compra.
—Espera —dijo Elena de pronto, deteniéndose en una de las hojas, la última del montón.
Acercó el flexo—. Mira esto. Esto no es un peso: es una nota que se escribió ella para sí misma, en el reverso de un tique, con fecha.
—Leyó despacio—. Es del martes anterior a su desaparición.
Dice: «Ya tengo copia de todo. Faltan los del norte de este mes.
El lunes viene el aparejador a firmar la certificación de la obra; si firma, queda legal para siempre y ya no se puede tocar.
Antes del lunes tengo que bajar a la capital y entregarlo.
El viernes o el sábado, cuando cobre, cojo el coche y bajo».
Elena levantó la vista, y por un instante las dos mujeres —la muerta y la viva— parecieron mirarse a través de once años.
—¿Lo ves, Rojas? Tenía un plan. Tenía una fecha. Iba a bajar a denunciarlo ese fin de semana, antes de que el aparejador certificara la obra el lunes y todo aquello quedara enterrado para siempre, legal, firmado, intocable.
Rojas sintió el frío de la lógica encajando.
—Y la mataron el viernes por la noche —dijo—. El viernes. Justo antes de que bajara.
—Justo antes. —Elena dejó la hoja—. No la mataron un día cualquiera: la mataron el último día posible.
La citaron en la obra la misma noche en que ella pensaba, en unas horas, coger el coche y hundirlos a todos.
Alguien sabía su plan. Alguien sabía que el reloj se había acabado.
Y para saberlo, ese alguien tenía que estar muy cerca de ella.
En la báscula. En la cantera. En su vida.
—Eso ya es cárcel —dijo Rojas—. Fraude a la Administración, malversación, lo que sea. ¿Por eso la mataron?
—Por eso solo, no. —Elena empujó el primer montón a un lado y acercó el segundo, y algo en su cara cambió, se puso más seria, más fría—.
Por eso solo a lo mejor la habrían despedido, o comprado, o asustado.
El fraude a Hacienda es un delito de los que se arreglan con dinero y con abogados.
Lo que mata no es lo que se roba hacia fuera: es lo que se entierra hacia dentro. Mira.
Extendió el segundo montón bajo el flexo. Eran cinco o seis tiques, y todos tenían en común una cosa: la anotación de Nuria, al lado, subrayada, la palabra que Rojas había visto la primera vez sin entender. NO. Y una hora. Todos, una hora de noche.
—Estos son distintos —dijo Elena—. Estos no son de camiones que salen: son de camiones que entran.
Y una cantera vende piedra, no la compra; a una cantera no le tienen que entrar camiones cargados de fuera, salvo que…
—dejó la frase colgando, y siguió leyendo—.
Fíjate en las matrículas. Los camiones de Áridos Corvo tienen matrículas de aquí, de la provincia.
Estos son de fuera. De muy lejos, algunos.
Entran de noche, entre las once y las tres de la madrugada, siempre, mira las horas.
Y en el concepto, donde debería poner qué traen, no pone «zahorra» ni «árido» ni nada.
Pone códigos. Y Nuria, que era lista, descifró los códigos, porque los pesó, y los tocó, y miró.
Mira lo que escribió aquí, en el margen de este.