Caso 344 5. Quique #3
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5. Quique #3

Quique negó despacio.

—En ese pueblo todos le deben algo a Corvo, señor.

Todos menos los muertos y los que nos fuimos.

—Lo pensó mejor—. La madre de Nuria. Y quizá el cura viejo, don Serapio, si vive todavía, que nunca comulgó con la cantera y por eso lo tenían medio arrinconado.

Pero de dentro de Áridos Corvo no se fíe usted de nadie. El que le sonría, huya.

—Enrique —dijo Rojas—, le voy a hacer una pregunta y quiero que se lo piense bien antes de contestar. Esa libreta que usted dice, o esos papeles… ¿le enseñó Nuria alguna vez las copias? ¿Le dijo dónde las guardaba?

—No me las enseñó. Pero sé que las hacía, porque me lo dijo.

Y sé una cosa más. —Quique se inclinó sobre la mesa—.

Nuria tenía una libreta. Marrón, de hule.

La llevaba a todas partes, era como una parte de su cuerpo, ahí lo apuntaba todo, las cuentas de su casa, las de la báscula, todo.

Pues bien: cuando desapareció, dijeron que se había fugado con lo puesto y el coche.

Y yo pensé desde el primer día: imposible.

Nuria no se va a ningún lado sin esa libreta.

Antes se olvida un brazo. Si de verdad se hubiera ido, se habría llevado la libreta.

Y si no se llevó la libreta… —dejó la frase colgando.

—Es que no se fue —terminó Rojas.

—Es que no se fue —repitió Quique, y en su cara, por primera vez en toda la mañana, apareció algo que no era dolor: era el principio feroz de una esperanza, la de que, por fin, el nombre de Nuria y el suyo iban a quedar limpios—.

La libreta grande, la de casa, se la llevaron, con el bolso, para que pareciera que se iba.

Pero seguro que ella había escondido copias en algún sitio.

Nuria era así. Nuria dejaba siempre una copia.

¿La ha encontrado usted? Dígame que la ha encontrado.

Rojas pensó en la caja de zapatos, en las doce fotocopias dentro de una funda de plástico en el bolsillo de su chaqueta, y sintió que no tenía derecho a mentirle a aquel hombre.

—He encontrado algo —dijo—. Copias de partes de báscula, con anotaciones de ella.

Todavía no sé leerlas. Mañana me siento con una persona que sabe de números y las descifro.

Y cuando sepa lo que dicen, Enrique, tendré el porqué.

Y con el porqué iré a por el quién. Y con el quién, si Dios quiere y un juez me escucha, iré a por el dónde.

—Se levantó, dejó unas monedas sobre la mesa—.

Usted me ha dado hoy más de lo que cree.

Me ha dado el motivo. Y me ha confirmado, sin saberlo, algo que yo ya sospechaba y que todavía no me atrevía a mirar de frente.

Quique se levantó también.

—El terraplén —dijo. No era una pregunta.

Lo dijo con los ojos muy abiertos, con el horror y el alivio mezclados de quien al fin nombra en voz alta la peor de sus sospechas—.

Está debajo del terraplén. Debajo de esa carretera.

Nuria está debajo de la carretera que ella misma pesaba, señor.

La enterraron con lo que ella iba a denunciar.

La metieron en el mismo agujero que los bidones.

—No lo sé todavía —dijo Rojas, con toda la firmeza de que fue capaz—.

No lo sé, y hasta que no lo sepa no lo digo, ni usted tampoco.

¿Me oye, Enrique? Ni usted tampoco. Si esto se sabe antes de tiempo, si en el pueblo se enteran de que andamos cerca, lo que hay debajo de esa carretera puede desaparecer, o pueden desaparecer las pruebas, o puede desaparecer alguien.

Así que ni una palabra. A nadie. Déjeme trabajar.

Y le prometo, como le he prometido a la madre de Nuria y a un guardia viejo que también cargaba con esto, que lo voy a sacar a la luz. Lo de Nuria, y lo suyo.

Quique le tendió la mano, la mano negra de grasa, y Rojas se la estrechó sin dudarlo.

—Encuéntrela —dijo Quique—. Encuentre a Nuria. Sáquela de ahí debajo. Que su madre pueda enterrarla en tierra sagrada y no debajo de una nacional por la que pasan camiones todo el día. Es lo único que le pido. Lo único que le he pedido a Dios en once años.

Rojas condujo de vuelta a la ciudad con el estómago encogido y la cabeza más ordenada que nunca.

En cuatro días había pasado de tener una caja polvorienta a tener casi la historia entera.

Le faltaban los números —el miércoles, con Elena—; le faltaba atar el crimen a una mano con nombre; y le faltaba, sobre todo, lo más difícil de todo: sacar de debajo de una carretera nacional un cuerpo que llevaba más de una década allí, y hacerlo con una orden judicial que ningún juez daba a la ligera.

Pero la historia ya la tenía, y era una historia terrible y redonda: una mujer honrada que descubre que su empresa está enterrando veneno bajo una carretera para ahorrarse el vertedero, y estafando además en el pesaje; una mujer que decide contarlo; y una empresa que, antes de dejar que lo cuente, la entierra a ella también, en el mismo agujero, bajo el mismo asfalto, y fabrica un mensaje sin comas para que el mundo crea que se ha ido.

Enterrar. La palabra le daba vueltas. Habían enterrado el veneno.

Habían enterrado a Nuria. Habían enterrado el expediente.

Tres entierros, tres capas de tierra sobre la misma verdad, apisonadas una encima de otra durante once años.

Y él, David Rojas, desde un sótano, con una caja de zapatos y la ayuda de una mujer que nunca le contaba del todo por qué le importaban los muertos que le importaban, se disponía a hacer lo que nadie había querido hacer en más de una década: cavar.

Pero antes de cavar en la tierra había que cavar en los papeles, y antes que en los papeles, en la gente, y la gente empezaba a pesarle.

Doña Amparo, con su puerta verde y su cadena.

Colmenar, con sus acelgas y su culpa. Y ahora Quique, con las manos negras y once años de estigma, pidiéndole lo mismo que le habían pedido los otros dos con otras palabras: sácala de ahí, devuélvele el nombre, que no haya sido en vano.

Tres personas a las que la misma mentira les había robado algo distinto —una hija, la paz, la juventud— y que habían esperado, cada una a su manera, sin conocerse entre ellas, a que subiera alguien.

Rojas no era hombre de sentir el peso de mucha gente encima; había aprendido a trabajar ligero, sin cargar con los muertos ni con los vivos, porque el que carga demasiado no llega.

Pero aquella tarde, conduciendo hacia la ciudad, notó los tres pesos a la vez, y en lugar de agobiarlo lo empujaron.

Había una diferencia, se dijo, entre cargar un peso y que un peso te empuje.

Aquellos tres lo empujaban. Y detrás de ellos, empujando también, callada, estaba Nuria Alsina, que había hecho copias de todo, que había dejado dicho dónde mirar, que había apuntado hasta los cafés, y que once años después seguía haciendo su trabajo desde debajo de una carretera: dejar un rastro para que alguien, por fin, lo siguiera.

Miró el reloj. Al día siguiente, miércoles, a las seis de la tarde, había quedado con Elena para leer los números de una mujer muerta.

Faltaban cinco días para el veintitrés.