5. Quique #2
—Ese anillo debe de seguir en su casa, en una caja —dijo Quique, y se quedó callado un momento—. Nunca se lo llegó a poner. Nunca tuvimos la vida nueva.
Rojas pensó en la alianza que había visto dos días antes en la caja de zapatos, debajo de las cartas y del reloj parado del padre, encima de las fotocopias.
No dijo nada. Pero anotó, en el sitio donde guardaba las cosas que no eran pruebas pero eran verdad, que había tenido aquel anillo en la mano sin saber lo que era.
Contó las discusiones, las de verdad, no las que había inventado el pueblo.
—Discutíamos por una sola cosa —dijo—. Por irnos.
Yo quería que nos fuéramos de El Pedernal.
A la capital, aquí, a cualquier sitio. No me gustaba la cantera, no me gustaba cómo se hacían las cosas allí, no me gustaba el aire de aquel pueblo, que le debía todo a un solo hombre.
Yo le decía a Nuria: vámonos, casémonos, empecemos en otro sitio, tú vales para llevar las cuentas de cualquier empresa, no tienes que estar pesando camiones para don Ismael toda tu vida.
Y ella… —Quique sonrió, con una tristeza infinita—.
Ella no quería dejar a su madre. Era lo único.
«No puedo dejar sola a mi madre, Quique.
Todavía no. Dame tiempo.» Discutíamos por eso.
Por si nos íbamos o no nos íbamos. —Levantó la vista, y la clavó en Rojas—.
Y luego, ¿sabe lo que dijeron? Que se había ido ella sola.
Nuria, que no quería irse ni conmigo, ni a una hora de aquí, por no dejar a su madre.
Dijeron que se había ido sola, de noche, al otro lado del mundo, sin decírselo a nadie.
—Negó con la cabeza, despacio—. El que se inventó esa mentira no conocía a Nuria de nada.
O la conocía demasiado bien, y sabía que era la mentira que menos se iba a poder desmentir.
Rojas dejó que aquello reposara. Encajaba, otra vez, con todo. La ironía era casi perfecta: habían disfrazado de fuga voluntaria a la única persona del pueblo que se negaba a marcharse.
—Hábleme de las últimas semanas —dijo—. Antes de que desapareciera. ¿La notó distinta?
Y aquí, Rojas lo vio, Quique llegaba a la parte que le pesaba, la que llevaba más de una década sin poder soltar porque nadie se la había querido escuchar. Bajó la voz, aunque en el bar no había nadie cerca.
—La noté rara, sí. Las últimas dos o tres semanas.
Asustada. —Tragó saliva—. Yo pensé al principio que era por lo nuestro, por las discusiones.
Pero no era eso. Era otra cosa. Una noche, la última que estuvimos juntos tranquilos, en el coche, aparcados a las afueras como dos críos, me dijo una cosa que no se me ha ido de la cabeza en más de una década.
Me dijo que había descubierto algo en la báscula.
Que los números no cuadraban. Que estaban cobrando por áridos que no salían, y que eso, siendo grave, no era lo peor.
Lo peor —Quique bajó todavía más la voz, hasta el susurro— era lo que entraba.
Me dijo que por las noches, en la obra del ensanche, la del 344, metían camiones que no eran de áridos.
Que traían cosas de fuera, escombro raro, bidones, cosas que no se podían tirar en cualquier sitio porque eran veneno, y que en vez de llevarlas a un vertedero de los caros, de los legales, las estaban metiendo en el relleno de la carretera.
En el terraplén. De noche. Y luego echaban tierra y grava encima, y apisonaban, y asfaltaban, y ya no lo veía nadie nunca más.
A Rojas se le heló algo en el pecho, pero mantuvo la cara quieta. Quique no sabía —no podía saber— el doble filo de lo que estaba diciendo.
—Me dijo —siguió Quique—, y esta es la frase, esta es la que me repito de noche: «Quique, están enterrando bajo esa carretera cosas que no deberían, y nadie lo va a saber nunca, porque una vez que echas el asfalto encima, ¿quién va a levantar una carretera nacional para mirar debajo?
». —Se le quebró la voz—. Eso me dijo. Y yo le dije que se dejara de líos, que no era asunto suyo, que se viniera conmigo y punto.
Y ella me dijo que no podía callarse, que lo iba a contar.
Que iba a ir a la capital, a un organismo de esos, a Medio Ambiente, con pruebas.
Que estaba haciendo copias de los papeles para tener con qué.
—Miró a Rojas, deshecho—. La mataron por eso.
¿Verdad? La mataron para que no lo contara.
Y la enterraron… —No pudo terminar. La idea, la idea entera, se le acababa de formar en la cabeza por primera vez, después de once años, y era demasiado grande y demasiado horrible para decirla en voz alta en un bar de polígono.
Rojas no se lo confirmó. Tampoco se lo negó. Le puso una mano en el brazo, un segundo, y la quitó.
—Y le voy a decir una cosa más —añadió Quique, bajando aún más la voz, mirando de reojo hacia la barra—.
Yo lo vi. No lo de Nuria, eso no; pero lo de los camiones de noche lo vi con estos ojos, porque yo hacía a veces guardia nocturna en el taller de la cantera por si se rompía una máquina.
Y algunas noches, no todas, llegaban camiones que no eran de los nuestros.
Matrículas de fuera. Bajaban con las lonas bien atadas, iban derechos a la obra del ensanche, la del 344, y allí los esperaba el Damián, el capataz, él solo, con una pala cargadora.
Descargaban rápido, sin luces, y por la mañana no había ni rastro, todo tapado con zahorra.
Yo pregunté una vez, hice la tontería de preguntar, y el Damián me miró de una manera que no se me ha olvidado y me dijo: «Tú arregla motores y no mires camiones, que se vive más años».
—Tragó saliva—. Por eso yo quería irme, señor.
No solo por el pueblo. Porque sabía que allí se hacían de noche cosas que no eran limpias, y no quería que Nuria y yo tuviéramos nada que ver con ellas.
—El Damián —dijo Rojas, guardando el nombre por tercera vez—. ¿Ese hombre llegó a amenazarle a usted directamente?
—Una vez. —Quique se miró las manos—. Después de que desapareciera Nuria, cuando me soltó la Guardia Civil y yo andaba por el pueblo como un apestado, el Damián me paró un día en la calle.
No me tocó. Solo se acercó mucho, me puso la cara a un palmo y me dijo, muy bajito, muy tranquilo: «Enrique, hazme caso, olvídate de la Nuria y vete del pueblo.
Aquí ya no tienes nada. Cuanto antes te vayas y menos preguntes, mejor para tu madre, que se está haciendo mayor».
Y se fue. —Levantó la vista—. Me nombró a mi madre, señor.
Y yo, que soy un cobarde, hice la maleta y me fui, porque tenía miedo.
Miedo de un capataz de cantera. Ese es el otro peso que llevo: no solo que no me creyeran, sino que me dejé echar, que la dejé a ella allí, sola, once años, mientras yo arreglaba camiones a hora y media.
—A usted lo echaron con amenazas y con una mentira que montó un pueblo entero —dijo Rojas—. Eso no es irse; eso es que lo expulsen. No cargue también con eso. —Hizo una pausa—. ¿Le dijo a alguien más lo que me acaba de contar a mí? En su momento. ¿A la Guardia Civil?
—Lo intenté. —Quique soltó una risa sin una gota de humor—.
Vaya si lo intenté. Cuando la buscaban, cuando aún se buscaba, se lo dije al guardia que me interrogaba.
Le dije: miren en la cantera, miren los papeles de la báscula, Nuria había descubierto algo.
¿Y sabe lo que me contestó? Que dejara de marear, que la investigación no iba por ahí, que me centrara en explicar dónde había estado yo esa noche.
Estaban tan seguros de que había sido yo, o de que se había fugado, que cuando les di la única pista buena que tenían la tiraron a la basura porque venía del sospechoso.
—Apretó los puños sobre la mesa—. Yo les di la cantera.
Hace once años. Y no me hicieron caso porque el que se la daba era yo.
Rojas cerró los ojos un instante. Ahí estaba, otra vez, la maquinaria.
No hacía falta un gran complot para tapar un crimen: bastaba con elegir bien al culpable cómodo, porque en cuanto ese culpable señalaba hacia la verdad, la verdad quedaba contaminada, sospechosa, descartable.
Quique había tenido la respuesta en la boca desde el primer día, y precisamente por eso, por tenerla él, nadie la había querido oír.
—Una cosa más quiero preguntarle —dijo Rojas—. Ese Damián. ¿Cómo era? No de cara. Por dentro.
Quique se lo pensó, removiendo el poso del café.
—Era un hombre duro. De pocas palabras, como yo, pero las suyas hacían daño.
Mandaba en la obra con la mirada, le tenían miedo todos: los peones, los camioneros, todos.
—Frunció el ceño—. Pero le voy a decir una cosa rara.
Los últimos años que yo estuve allí, antes de irme, el Damián había cambiado.
Bebía. Antes no bebía. Y una noche, en el bar del pueblo, borracho, le oí decir una cosa a media voz, hablando solo, que entonces no entendí y que luego, con los años, se me ha aparecido muchas veces.
Dijo: «Yo lo que me mandaron, hice. Yo no quería, pero uno hace lo que le mandan o se queda sin comer».
Y se echó a llorar, un hombre de aquellos, llorando en la barra.
El dueño del bar lo mandó a casa. —Quique miró a Rojas—.
Yo creo que el Damián no duerme tranquilo desde hace once años, igual que no duermo yo.
La diferencia es que lo mío es no haber podido hacer nada, y lo suyo… lo suyo es haberlo hecho.
Rojas guardó aquello con el cuidado con que se guarda una llave.
Un hombre que carga una culpa y bebe para no cargarla es un hombre que, el día que alguien le ponga delante una salida, puede que la coja.
El día que a Damián le llegara la ocasión de dejar de ser las manos de otro y volver a ser dueño de las suyas, Rojas quería estar delante.
Pero eso era para más adelante. Primero, los números.
—¿Le queda trato con alguien del pueblo? —preguntó—. Alguien de fiar. Alguien que no le deba nada a Corvo.