Caso 344 5. Quique
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5. Quique

Encontrar a Quique fue lo más fácil que Rojas hizo en aquel caso, y también lo que más le costó, porque una cosa es dar con un hombre y otra muy distinta es dar con lo que un hombre lleva once años sin querer contarle a nadie.

Enrique —Quique para el que lo quiso y para el que lo condenó, que en El Pedernal habían sido casi los mismos— había hecho lo que hace la gente a la que un pueblo escupe: irse lo más lejos que le diera el dinero, que no fue muy lejos.

Vivía en la capital de la provincia, a hora y media de la comarca, y trabajaba en un taller de camiones de un polígono industrial, arreglando justo la clase de vehículos que una década atrás bajaban cargados de la cantera que le había robado la vida sin que él lo supiera.

Rojas lo localizó en una mañana, con dos llamadas y una consulta, y el martes, la víspera de su cita con Elena, cogió el coche y se plantó en el polígono a la hora del bocadillo, porque a un hombre se le habla mejor cuando tiene las manos ocupadas y la guardia baja.

No le gustaba a Rojas ir a buscar a un inocente para hurgarle en la peor herida de su vida.

Lo había hecho otras veces, y nunca se acostumbraba.

Sabía que iba a remover algo que aquel hombre llevaba todos aquellos años tratando de dejar quieto, y que después de su visita Quique pasaría unos días peor, con todo otra vez a flor de piel.

Pero sabía también —y esa era la única justificación del oficio— que a veces la única manera de curar una herida vieja es abrirla del todo y limpiarla, aunque duela más que dejarla como está.

La de Quique llevaba once años cerrada en falso, supurando por dentro.

Rojas subía a abrirla; y, si todo salía bien, a curarla de verdad, que era devolverle su nombre a él y a la mujer que había querido.

El taller era una nave grande, con el suelo manchado de grasa y el aire espeso de gasoil y de goma quemada.

Preguntó por Enrique a un chaval que soldaba, y el chaval señaló con la barbilla hacia el fondo, donde un hombre de cuarenta y tantos, con mono azul y las manos negras hasta el codo, trabajaba inclinado sobre el motor abierto de un camión.

Era fuerte, de espaldas anchas, con el pelo ya gris en las sienes y una cara que en otro tiempo debía de haber sido la del chico moreno y risueño de la foto de la mesilla de Nuria, y que ahora era otra cosa: una cara cerrada, de hombre acostumbrado a que no le pregunten nada bueno.

—¿Enrique? —dijo Rojas.

El hombre levantó la vista del motor. Miró a Rojas de arriba abajo, y a Rojas le bastó aquel vistazo para saber dos cosas: que Quique había reconocido al instante lo que era, porque un policía se huele, y que ya sabía, por tanto, de qué venían a hablarle, porque en once años solo había un tema que trajera a un policía a preguntar por él.

—Otro no —dijo Quique. Lo dijo cansado, no agresivo, y volvió a meter la cabeza en el motor—. Otro no, por favor. Ya declaré tres veces. Ya me tuvieron tres semanas. Ya me miró el pueblo entero como a un asesino hasta que me fui. ¿Qué más quieren? ¿Más de una década después? Váyase.

—No vengo a acusarle de nada —dijo Rojas, sin moverse—. Vengo justo a lo contrario.

Quique no levantó la cabeza, pero sus manos se detuvieron sobre el motor.

—¿A lo contrario?

—Vengo a decirle que sé que usted no fue. Y a pedirle ayuda para demostrar quién sí.

Se hizo un silencio en el que solo se oyó el zumbido del soldador al fondo y el goteo de algo en algún sitio.

Quique se incorporó despacio, sacó un trapo del bolsillo del mono y empezó a limpiarse las manos, dedo por dedo, sin mirar a Rojas, dándose tiempo.

Cuando al cabo levantó la vista, tenía los ojos brillantes de una manera que a Rojas le encogió algo por dentro, porque era el brillo de un hombre al que acaban de decirle, después de once años, la única frase que llevaba esperando toda la vida.

—Dígamelo otra vez —pidió, con la voz rara—. Dígame otra vez que sabe que yo no fui.

—Sé que usted no fue —repitió Rojas, despacio, mirándolo a los ojos—.

Sé que usted la quería. Sé que discutían porque usted quería llevársela de allí y ella no quería dejar a su madre.

Y sé que a Nuria no se la llevó nadie a ninguna parte: la mataron y la hicieron pasar por fugada.

Usted no fue, Enrique. Usted es, como me dijo su madre, la otra víctima de todo esto.

Quique se giró de golpe, dándole la espalda, y se quedó así un momento, de cara a la pared del taller, con los hombros temblándole, apretando el trapo entre las manos negras.

Cuando se volvió, no lloraba —era un hombre de los que no se permiten llorar delante de otro—, pero tenía la cara descompuesta, y en ella había once años de rabia y de vergüenza saliendo por fin por una rendija.

—¿Sabe lo que es —dijo, con la voz ronca— que la mujer que quieres desaparezca, y que encima de perderla te pongan a ti la etiqueta?

¿Que la gente crea que la mataste, o peor, que crea que la trataste tan mal que se largó por tu culpa?

Me fui del pueblo porque no podía entrar en el bar.

No podía ir a comprar el pan. Mi madre dejó de ir a misa porque la señalaban.

Todo por una mentira. Todo porque era más cómodo pensar que Nuria se había ido, y si se había ido, por algo sería, y ese algo era yo.

—Tiró el trapo sobre el motor—. Once años, señor.

Y usted es el primero, el primero, que sube a decirme que sabe que no fui.

¿Sabe lo que daría yo por que ese primero hubiera subido hace once años?

—Lo sé —dijo Rojas—. Y no puedo devolverle esos años. Pero puedo hacer una cosa, si usted me ayuda: puedo hacer que el pueblo entero sepa la verdad. Que sepan que usted no fue. Que sepan lo que le pasó a Nuria. ¿Me ayuda?

Quique se limpió la cara con el antebrazo, dejándose un tiznón, y asintió. Miró hacia el fondo del taller, hacia el chaval que soldaba, y luego hacia Rojas.

—Aquí no —dijo—. Venga. Hay un bar en la esquina, le invito a un café. Once años queriendo contárselo a alguien, y ahora que sube alguien no sé ni por dónde empezar.

El bar de la esquina del polígono era de los de menú y barra de aluminio, con una tragaperras parpadeando en un rincón y la televisión puesta sin sonido.

Se sentaron al fondo, cada uno con su café.

Quique rodeó la taza con las manos negras, igual que Colmenar había rodeado la suya, y Rojas pensó que aquel gesto, el de agarrarse a algo caliente para hablar de algo frío, lo había visto ya demasiadas veces.

—Antes de que empiece —dijo Quique, rodeando la taza—, una cosa. ¿Cómo sabe usted que no fui yo? Así, tan seguro. La Guardia Civil estaba segura de lo contrario.

—Por dos razones. —Rojas se lo dijo con calma, porque el hombre tenía derecho a saberlo—.

La primera, la aburrida: he leído su declaración de entonces.

Aquella noche usted estuvo hasta tarde en el taller de la cantera con otro mecánico, y luego en el bar del pueblo, con gente que lo vio.

No es una coartada de hierro, pero es una coartada, y encaja.

La Guardia Civil la tuvo delante y prefirió no creérsela, porque necesitaban un culpable y usted les servía.

—Bebió—. Pero esa no es la razón que a mí me convence.

La que a mí me convence es la otra, la que no está en ningún papel.

Usted quería llevarse a Nuria: casarse con ella, sacarla del pueblo, tenerla a su lado el resto de su vida.

El que le hizo esto a Nuria quería exactamente lo contrario: quería que desapareciera del mundo, y que además pareciera que se había ido por su gusto.

Son dos deseos opuestos, Enrique. Usted la quería viva y cerca.

El asesino la quería muerta, o al menos que todos la creyeran lejos.

Un hombre no monta un teatro de fuga voluntaria para deshacerse de la mujer con la que sueña casarse; eso lo monta el que necesita que nadie la busque.

Y usted, si la hubiera perdido, habría sido el primero en remover el mundo buscándola.

—Lo miró—. De hecho, es lo que intentó hacer, y no le dejaron.

Por eso sé que no fue usted. Porque es el único de esta historia, aparte de su madre, que de verdad quería que la encontraran.

Quique se lo quedó mirando, asintió despacio, y algo se le aflojó en la cara.

—Empiece por el principio —dijo Rojas—. Por ustedes dos. ¿Cómo eran?

Quique habló. Habló como habla el que ha guardado silencio mucho tiempo: al principio a trompicones, y después de corrido, sin poder parar.

Contó que se conocían del pueblo de toda la vida, que habían empezado a salir con veinticuatro años, que él trabajaba entonces de mecánico en el taller de la cantera —de la misma cantera, sí, qué ironía— y ella en la báscula.

Contó que la quería con esa entrega tranquila de los hombres de pocas palabras, que planeaban casarse, que había empezado a ahorrar.

Contó cosas pequeñas, que son las que quedan.

Que Nuria se reía tapándose la boca, porque de niña le habían dicho que tenía los dientes grandes y nunca se le había quitado la manía.

Que era incapaz de pasar por delante de un perro sin agacharse a saludarlo.

Que los domingos, después de comer con su madre, subían los dos a un cerro desde el que se veía todo el valle —la cantera, la carretera, el pueblo— y que ella señalaba los camiones y le decía de memoria cuánto pesaba cada uno, de broma, como quien recita las capitales de provincia.

Que apuntaba en su libreta hasta los cafés que se tomaban.

Y que una vez él le regaló un anillo que le había costado tres meses de sueldo, y ella lo guardó y no se lo puso, y cuando él se enfadó le dijo que no se lo ponía porque no quería estrenarlo hasta que se fueran juntos del pueblo: que aquel anillo era para la vida nueva, no para la vieja.