Caso 344 4. Marcha voluntaria #3
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4. Marcha voluntaria #3

—Porque para entonces ya no tenía nada. —Colmenar abrió las manos, vacías—.

Un favor de un amigo de la compañía, sin papeles, que ni siquiera podría probar y que aquel hombre ya ni recordaría.

Una corazonada. Un atestado firmado por mí mismo que decía lo contrario de lo que yo pensaba.

¿Qué iba a hacer, denunciarme a mí mismo?

¿Reabrir un caso contra un pueblo entero, yo solo, viejo, con una corazonada de hace años?

—Negó despacio—. No, señor Rojas. Yo lo que hice fue lo que hacemos los cobardes decentes, que somos legión: guardármelo, y esperar.

Esperar a que subiera alguien con más fuerza que yo y menos que perder.

Y mire usted por dónde. Ha tardado once años, pero ha subido.

Rojas se levantó también. Le tendió la mano, y Colmenar se la estrechó y la retuvo un segundo más de lo normal, mirándolo con sus ojos claros y quietos.

—Una cosa le pido —dijo el viejo—. Cuando esto se sepa, si se sabe, que se sepa bien: que la chica no se fue.

Que a esa madre no le quede ni un vecino que pueda seguir diciendo que su hija era una fresca que se largó.

Eso es lo único que le pido. Lo demás —los nombres, la cárcel— es cosa suya y de Dios.

Pero devuélvale a la chica su nombre. Que se lo devuelvan en el pueblo, a la cara.

—Se lo prometo —dijo Rojas, y esta vez lo prometió, porque era una promesa que dependía de él.

—Y tenga cuidado. —Colmenar le soltó la mano—. Yo tenía un cuartel detrás, y aun así me callé. Usted sube solo. En esa casa no les va a gustar que alguien vuelva a mirar debajo del terraplén.

Rojas, que ya se había vuelto para bajar el camino, se detuvo en seco. Giró despacio.

—Yo no he dicho nada de ningún terraplén, teniente.

Colmenar le sostuvo la mirada un instante largo. Luego se sentó otra vez en la silla de anea, se echó la manta sobre las rodillas y agarró el bastón con las dos manos, cerrándose como una puerta.

—Ni yo tampoco —dijo—. Váyase con Dios, señor Rojas. Y no vuelva por aquí, que a los viejos se nos nota en la cara cuando hemos hablado con la gente equivocada.

Rojas condujo de vuelta a la ciudad con la ventanilla bajada, dejando que el frío le despejara la cabeza, ordenando lo que ya tenía y que empezaba a ser mucho.

Tenía una mujer citada de noche en la obra del 344 por una voz de confianza.

Tenía un coche abandonado con el depósito lleno y el morro a casa, señal de que pensaba volver.

Tenía un mensaje de despedida escrito por una mano que no ponía comas, cuando Nuria las ponía hasta en la lista de la compra.

Tenía un teléfono y una tarjeta que a medianoche estaban en el pueblo mientras el coche estaba en el monte, quince kilómetros más arriba, lo que solo podía significar que alguien había bajado el rastro de Nuria al pueblo cuando Nuria ya no podía bajar.

Y tenía, en el bolsillo, doce fotocopias de partes de báscula que la propia Nuria había escondido, y que eran, casi con seguridad, la razón de todo.

Le faltaba leer esas fotocopias. Le faltaba un nombre.

Le faltaba, sobre todo, un cuerpo, porque sin cuerpo no había delito para un juez, por más que a él le sobrara la certeza.

Pero por primera vez desde que Elena le bajó la caja al sótano, Rojas ya no estaba investigando si a Nuria Alsina le había pasado algo; eso lo daba por sabido.

Estaba investigando quién, y dónde, y esas dos preguntas, en el fondo, eran la misma, porque el que había fabricado el rastro aquella noche —el que conocía su número secreto, el que la citó, el que subió y bajó los quince kilómetros con su teléfono en el bolsillo— tenía que ser alguien de la cantera.

Alguien de la casa, como había dicho Colmenar.

Y el cuerpo no andaría lejos del sitio donde la habían citado, porque el que se molesta en fabricar un mensaje y en bajar a sacar dinero para ganar tiempo no carga además con un muerto por media provincia: lo esconde en lo primero que tiene a mano.

En el kilómetro 344, aquella noche, lo primero que había a mano era una obra en marcha. Un terraplén a medio compactar. Toneladas de tierra y de grava esperando la última pasada del rodillo.

Pensó en Colmenar, en aquel hombre viejo cuidando acelgas con un caso sentado enfrente durante más de una década, y se prometió no acabar así.

Había conocido a demasiados policías que se jubilaban con una silla ocupada por un muerto al que no habían sabido, o no habían querido, o no habían podido defender.

La diferencia entre Colmenar y él no era el valor; Colmenar había tenido más valor que muchos, el valor callado de no perdonarse.

La diferencia era el momento. Colmenar había tenido delante la verdad cuando tenía un capitán encima y una carrera que perder.

Rojas la tenía delante ahora, con cincuenta y pocos años, sin carrera, sin nada que perder salvo un caso más, en un sótano donde ya lo habían enterrado a él con los otros.

Un hombre que no tiene nada que perder es la cosa más peligrosa que le puede aparecer a una mentira bien guardada.

Y a Áridos Corvo, sin saberlo todavía, acababa de aparecerle una.

El orden estaba claro. Primero, el miércoles, las fotocopias con Elena: descubrir qué había visto Nuria en aquellos números, qué era eso «tan malo» que no la dejaba dormir.

Con eso tendría el móvil del crimen. Después, el nombre: atar el móvil a una mano, la de Corvo, la de Damián, la de quien fuera.

Y al final, lo más difícil, lo que ningún juez le daría sin lo anterior bien atado: una orden para meter una máquina en el arcén de una carretera nacional y levantar un terraplén de once años.

Todavía no, se dijo, apretando el volante. Todavía no tocaba pensar en eso. Primero las fotocopias. Primero el nombre. Un buen policía no empieza la casa por el tejado, ni el caso por el cadáver.

Pero cuando pasó, ya de vuelta, por el desvío del kilómetro 344, redujo sin darse cuenta y miró a la derecha, hacia el terraplén, hacia aquel talud enorme de tierra apisonada que llevaba más de una década sosteniendo una carretera por la que pasaban cada día miles de coches sin saber lo que pisaban.

El terraplén, mudo bajo el sol de la tarde, le devolvió la mirada como se la había devuelto el sábado.

Aquí cabe, volvió a decirle. Aquí nadie ha mirado nunca.

Rojas aceleró y no volvió a mirar por el retrovisor hasta que la curva se lo tragó.

Esa noche, ya en la ciudad, no subió directamente a casa.

Se quedó un rato en el coche, aparcado frente al portal, con el motor apagado y las manos aún en el volante, repasando la promesa que le había hecho a Colmenar y, a través de Colmenar, a doña Amparo: devolverle a la chica su nombre.

Era una promesa pequeña, comparada con las que un policía se ve tentado de hacer —atrapar al culpable, hacer justicia, cerrar el caso—, y precisamente por pequeña era la única que se atrevía a firmar.

No sabía todavía si podría meter a nadie en la cárcel.

No sabía si encontraría el cuerpo, ni si un juez le daría la orden, ni si Áridos Corvo, con sus doscientas familias y su alcalde de rodillas, era una casa que se pudiera derribar desde un sótano.

Pero sabía que, pasara lo que pasara, iba a conseguir que en El Pedernal nadie volviera a decir que Nuria Alsina era una que se fue.

Eso lo tenía. Eso empezaba el miércoles, con doce fotocopias y una mujer que sabía leer números.

Subió a casa, se sirvió lo poco que quedaba en una botella y se sentó a oscuras, sin encender la luz, mirando por la ventana las luces de una ciudad que no sabía nada de El Pedernal ni le importaba.

En algún lugar, quince kilómetros más arriba de un pueblo de cantera, un terraplén guardaba un secreto de once años bajo el peso de una carretera.

Y en algún otro lugar, en una casa con la puerta verde, una madre echaba la cadena por costumbre y se acordaba, una vez más, de que ya no esperaba a nadie.

Faltaban seis días para el veintitrés.

Mensaje recibido por Amparo Alsina a las 23:47. Reproducción.