4. Marcha voluntaria #2
Rojas apreció aquella franqueza y decidió pagarla con la misma moneda.
—Le voy a ser sincero, teniente. He leído su atestado, y es un atestado limpio.
Correcto. No hay nada que reprocharle en el papel.
Usted encontró un coche vacío, un mensaje que decía «estoy bien» y un cajero que decía que la chica había sacado dinero para irse, y concluyó lo que habría concluido cualquiera: marcha voluntaria.
—Hizo una pausa—. Y sin embargo, usted lleva once años con esa silla ocupada.
Así que quiero preguntarle una cosa de hombre a hombre, no de policía a guardia: ¿usted se lo creyó?
¿Se creyó de verdad que aquella mujer se había ido por su propio pie?
Colmenar no contestó enseguida. La mujer, Rosa, salió con una bandeja, dejó el café, miró a Rojas con curiosidad de pueblo y volvió a entrar. El teniente esperó a que se cerrara la puerta.
—No —dijo entonces, sin dramatismo, como quien suelta un peso que lleva mucho tiempo cargando—. No me lo creí. Nunca me lo creí del todo. Pero lo firmé.
—¿Por qué?
—Por muchas cosas, y ninguna buena. —Colmenar cogió su taza con las dos manos, para calentárselas—.
Le voy a contar cómo fue, y usted juzgue, que para eso ha subido.
Aquel octubre yo tenía el destacamento hasta arriba.
Dos accidentes mortales en el puerto en un mes, un cuartel con la mitad de la plantilla, y un capitán nuevo, recién llegado, con muchas ganas de tener las estadísticas limpias para lucirse.
A ese capitán, un coche vacío en un arcén con un mensaje de «estoy bien» le sobraba.
Le estorbaba en el cuadro. «Colmenar, ¿esto qué es?
¿Un accidente? No. ¿Un secuestro? ¿Hay petición de rescate?
No. ¿La han buscado y no aparece, y ella misma dice que está bien?
Pues es una que se ha ido. Ciérralo.» —Imitó la voz sin acritud, casi con pena—.
Y tenía razón, en el papel. En el papel la tenía toda.
—Pero.
—Pero. —Colmenar bebió—. Pero había un pero, y el pero me lo callé, y ese es mi pecado, no haberlo puesto en el atestado. El pero era el teléfono.
Rojas se quedó muy quieto, con la taza a medio camino.
—Cuénteme lo del teléfono.
—Verá. —El viejo se inclinó hacia delante, y por primera vez habló como el guardia que había sido, preciso, ordenado—.
El mensaje a la madre salió a las 23:47.
El dinero se sacó a las 23:52, en el cajero de la plaza del pueblo, abajo.
Eso está en el atestado. Lo que no está, porque no lo pedí oficialmente, es una cosa que sí miré yo por mi cuenta, medio a escondidas, porque me reconcomía.
Llamé a un conocido de la compañía de teléfonos, de favor, sin papeles, y le pregunté por dónde había andado ese móvil aquella noche.
Y me dijo que el último sitio donde el teléfono de la chica dio señal, a esa hora, entre las once y media y las doce, fue la antena que da cobertura al pueblo y a la cantera.
Abajo. El teléfono estaba abajo, en el valle, cuando se mandó el mensaje.
—Y el coche estaba arriba —dijo Rojas, muy despacio—. En el 344.
—El coche estaba arriba. —Colmenar asintió, y en sus ojos claros había once años de un remordimiento tranquilo—.
En el 344, con el depósito lleno, apuntando cuesta abajo, a quince kilómetros de donde estaba su teléfono.
Ató usted el cabo igual que lo até yo. Si la chica se fue por su propio pie, ¿cómo deja el coche arriba, en el 344, y a la vez está abajo, en el pueblo, mandando mensajes y sacando dinero, a la misma hora, sin coche, en mitad de la noche?
¿Bajó los quince kilómetros andando, por una nacional a oscuras, para mandar un mensaje y sacar mil doscientos euros, y luego qué?
¿Se esfumó? No hay autobús a esas horas.
No cogió ningún taxi, lo comprobé. —Negó con la cabeza—.
Solo hay una explicación que cuadre, señor Rojas, y usted la sabe tan bien como la supe yo aquella noche y me la callé.
Que el teléfono y la tarjeta de la chica bajaron al pueblo aquella noche. Pero la chica no bajó con ellos.
Se hizo un silencio en el porche. El perro suspiró y cambió de postura. Muy lejos, en el valle, se oía, o Rojas creyó oír, el latido sordo de la machacadora.
—Alguien le quitó el teléfono y la tarjeta —dijo Rojas— arriba, en el 344.
Bajó al pueblo con ellos. A las 23:47 mandó el mensaje desde el móvil de ella, y a las 23:52, cinco minutos después, sacó el dinero en el cajero, para dejar un rastro de mujer viva que se marcha.
Y luego dejó el teléfono tirado, o lo tiró, y volvió a subir.
Todo en una noche. Todo mientras el coche de Nuria esperaba en el arcén con el depósito lleno.
—Todo en una noche —confirmó Colmenar—. Alguien que conocía a la chica lo bastante para saber su número secreto, o para sacárselo.
Alguien de allí. Alguien de la casa, como quien dice.
—Volvió a golpear el suelo con el bastón—.
Y yo lo supe, y no lo escribí. Escribí «se valora que resulta compatible con una marcha voluntaria», que es la frase más cobarde que he firmado en cuarenta años de uniforme, porque no era mentira del todo, era compatible, sí, pero callaba lo único que importaba: que también era compatible con que a la chica la hubieran matado y le hubieran robado la vida y encima la fama, haciéndola pasar por una fresca que se largó con un hombre.
—Se le endureció la voz—. Eso es lo que no me perdono.
No cerrar el caso, sino cerrarlo así. Dejar que en el pueblo dijeran de ella lo que dijeron.
A esa madre le quité algo más que a una hija: le quité el derecho a llorarla con la cabeza alta.
Rojas dejó que el silencio se asentara un momento antes de seguir. No quería atropellar a aquel hombre; los que llevan once años callando una cosa la sueltan a su ritmo, y si se les mete prisa se cierran.
—El cajero —dijo al fin—. El de la plaza. ¿No tenía cámara?
Colmenar soltó una risa amarga.
—Claro que tenía cámara. Todos los cajeros de aquella época le hacían una foto al que sacaba dinero, para eso estaban.
Y esa foto, la de las 23:52, la de quien vació la cuenta de la chica, existió.
Estuvo en el sistema del banco. —Se pasó la mano por la cara—.
¿Y sabe usted quién la pidió? Nadie. Yo no la pedí, porque para pedirla oficialmente había que abrir el caso como sospechoso de delito, y el caso estaba cerrado como marcha voluntaria antes de que a mí me diera tiempo a plantearlo.
Y cuando, meses después, subí de tapadillo a preguntar, la del banco me dijo que esas imágenes se guardaban tres meses y luego se borraban solas.
Se había borrado. La única foto que hubo en el mundo de la cara del que fabricó la muerte de esa chica, la única, desapareció a los tres meses porque a nadie le compensó ir a buscarla a tiempo.
—Golpeó el bastón contra el suelo—. Ahí lo tiene.
Esa es la marcha voluntaria. No es que alguien esconda una prueba: es que nadie va a recogerla, y el tiempo la esconde solo.
El sistema no necesita destruir lo que le estorba; le basta con no recogerlo, y esperar.
Rojas asintió. Era, palabra por palabra, lo que llevaba días pensando, y le sentó mal oírlo confirmado, porque una cosa es sospechar la podredumbre y otra que un hombre honrado te la sirva probada.
—Hábleme de la cantera —dijo—. De Áridos Corvo.
Colmenar lo miró de reojo, y por primera vez en toda la mañana hubo en su cara algo parecido a la cautela, un poso viejo de prudencia de guardia rural.
—De la cantera poco puedo decirle que no sepa ya.
Áridos Corvo es El Pedernal, y El Pedernal es Áridos Corvo.
De ahí come el pueblo entero: el que trabaja en la cantera, el que le arregla los camiones, el que le lleva las cuentas, el que le pone las cañas al mediodía.
Don Ismael da de comer a doscientas familias, y en un sitio donde no hay otra cosa, el que da de comer manda.
Manda de verdad, ¿me entiende? No es que tenga poder: es que es el poder.
El alcalde le pide las cosas por favor. —Apuró el último sorbo de café, ya frío—.
Yo, en mis años de servicio allí, aprendí una cosa de la comarca: que las desgracias que salpicaban a la cantera se resolvían siempre rápido, y limpias, y a gusto de todos.
Un accidente laboral firmado en un día. Una pelea que no llegaba al juzgado.
Y una chica de la báscula que se iba una noche por su propio pie.
—Miró a Rojas a los ojos—. No le digo más, porque más no sé.
Pero si sube a remover lo de esa chica, sepa dónde sube.
No a un pueblo: a una casa. Y en esa casa hay un solo dueño.
—¿Cómo se llama?
—Ya lo sabe. Ismael Corvo. —Colmenar apartó la manta de las rodillas, como si de repente tuviera prisa—.
Y hay otro nombre que le hará falta, aunque yo no se lo he dado.
El capataz. El que llevaba las obras, el que mandaba en los hombres y en las máquinas: un tal Damián.
Ese eran las manos de don Ismael. Lo que don Ismael quería que se hiciera y no podía mancharse las suyas, lo hacía Damián.
—Se encogió de hombros—. Pero ya le digo que yo no le he dado ningún nombre.
Yo soy un viejo que cuida acelgas y no se acuerda de nada.
Rojas dejó la taza en el suelo, con cuidado, y miró a aquel hombre viejo al que la conciencia había mandado a un huerto a esperar que subiera alguien a preguntar.
—¿Por qué no lo denunció después? —preguntó, sin reproche, solo por entender—. Cuando se retiró. Cuando ya no dependía de ningún capitán.