Caso 344 4. Marcha voluntaria
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4. Marcha voluntaria

El domingo Rojas no descansó. Bajó al sótano a media mañana, con la persiana de la calle dejando pasar la luz gris de un día sin sol, extendió sobre la mesa el atestado entero, hoja por hoja, y se sentó a hacer lo que mejor sabía hacer y peor le pagaban: leer despacio, dos veces, buscando la costura por donde una versión oficial empieza a descoserse.

Sobre una esquina de la mesa, dentro de una funda de plástico transparente que él mismo había cerrado con cinta, esperaban las doce fotocopias de la caja de zapatos.

No las había vuelto a tocar desde el sábado, salvo para protegerlas.

Le quemaban allí, en la mesa. Cada vez que levantaba la vista del atestado se le iban los ojos hacia ellas, hacia aquellas columnas de números y de pesos y de matrículas con las anotaciones de Nuria, y cada vez tenía que apartarlos a la fuerza, porque sabía que si empezaba a bucear en aquello sin ayuda perdería el día entero y saldría con más preguntas que respuestas.

Aquello era harina de otro costal, y ese costal se llamaba Elena, que tenía cabeza de contable y ojo de sabuesa para los números.

Habían quedado en verse el miércoles para sentarse con las hojas y descifrarlas juntos.

Hasta entonces las fotocopias aguardarían en su funda, y él se dedicaría a la parte que sí podía trabajar solo: la mentira.

Porque una cosa era saber por qué habían matado a Nuria —y las fotocopias, casi con seguridad, guardaban el porqué—, y otra muy distinta era demostrar que la habían matado, y esa segunda cosa se ganaba o se perdía en las dos hojas del atestado que tenía delante.

Era domingo, y el edificio entero estaba vacío por encima de su cabeza.

A Rojas los domingos en el sótano no le pesaban como le habrían pesado a otro, porque hacía tiempo que su vida entera cabía en una maleta y en una mesa, y de las dos prefería la mesa.

Se sirvió café de un termo, encendió el flexo aunque era de día —el flexo era su manera de decirle al mundo que allí abajo se estaba trabajando— y volvió a las dos patas.

Toda la teoría de la marcha voluntaria se sostenía sobre dos patas. Solo dos. Y Rojas se pasó la mañana mirándolas fijamente, como se mira una silla que parece firme y de la que uno sospecha, sin embargo, que le falta un tornillo.

La primera pata era el mensaje. A las 23:47 de la noche de autos, desde el teléfono de Nuria Alsina, había salido un mensaje para su madre: «Mamá no te preocupes por mi necesito irme una temporada ya te llamaré estoy bien».

La segunda pata era el dinero. A las 23:52, cinco minutos más tarde, alguien había sacado mil doscientos euros de la cuenta de Nuria en un cajero automático.

Con esas dos patas —una mujer que avisa de que se va y saca dinero para irse— cualquiera firma una marcha voluntaria y se va a casa tranquilo.

Rojas lo habría firmado. Casi cualquiera lo habría firmado.

Pero Rojas ya no era casi cualquiera en aquel asunto.

Había estado en el arcén del 344, había visto el depósito lleno, el morro apuntando a casa, las llaves puestas; había oído a la dueña de la gasolinera contar lo del tique guardado; había visto el cuarto de los archivadores rotulados y había oído a una madre repetir «voy y vuelvo, déjame la puerta cerrada pero sin llave».

Y tenía en el bolsillo doce fotocopias de partes de báscula que una mujer había escondido debajo de un cajón por si le pasaba algo.

Con todo aquello encima, las dos patas de la marcha voluntaria ya no le parecían dos pruebas, sino dos gestos: dos gestos fabricados por alguien que sabía justo qué tenía que fabricar para que un guardia cansado cerrara la caja.

Porque los dos gestos, mirados de cerca, tenían una cosa en común que a nadie se le había ocurrido mirar en todos aquellos años: los dos requerían el teléfono de Nuria, y los dos requerían su tarjeta y su número secreto.

El mensaje salió de su móvil. El dinero salió con su tarjeta y su PIN.

Para hacer las dos cosas hacía falta tener en la mano, aquella noche, el teléfono de Nuria, la tarjeta de Nuria y el PIN de Nuria.

Cierto que una mujer que huye se lleva su teléfono y su tarjeta, porque son suyos; pero una mujer muerta también los deja en manos de quien la mató.

Los dos gestos servían igual de bien para una fuga que para un montaje, y la diferencia estaba, como casi siempre, no en el qué, sino en el dónde.

¿Dónde se mandó el mensaje? ¿Dónde se sacó el dinero?

Rojas buscó en el atestado. El dinero era fácil: el extracto bancario lo decía. Cajero de la sucursal de El Pedernal, en la plaza del pueblo, a las 23:52. El pueblo. Abajo, en el valle. A quince kilómetros largos, carretera arriba, del kilómetro 344 donde estaba el coche.

Cogió papel y lápiz y se dibujó una línea de tiempo, como hacía siempre que un caso empezaba a tener horas.

A las 21:20, Nuria repostaba en el 331, viva, camino de arriba.

Entre las 21:20 y las diez, más o menos, llegaba al 344, aparcaba, daba la vuelta al coche y bajaba a la obra a «cuadrar unos partes».

Y a partir de ahí, un agujero negro de casi dos horas, hasta que a las 23:52 su tarjeta escupía mil doscientos euros en el cajero de la plaza, abajo, quince kilómetros más abajo de donde había dejado el coche.

Alguien, con la tarjeta y el número secreto de Nuria, estaba a esa hora en la plaza de El Pedernal, mientras el coche de Nuria seguía en el 344.

Las dos cosas, a la vez, no las podía hacer una sola mujer sin coche en mitad de la noche.

Faltaba una pieza para cerrar el círculo: saber dónde había estado el teléfono cuando se mandó el mensaje, cinco minutos antes, a las 23:47.

Si el teléfono también estaba abajo, en el pueblo, entonces ya no habría círculo que cerrar, sino una soga.

El mensaje era más difícil, porque el atestado no lo situaba en ningún sitio.

Constaba la hora, 23:47, y el texto, y punto.

Nadie había pedido a la compañía de teléfonos qué antena había recogido aquel mensaje.

Nadie había triangulado el teléfono de Nuria.

¿Para qué, si la chica se había ido por su propio pie?

Pedir a una operadora los datos de posicionamiento de un móvil es papeleo, es una comisión rogatoria, es trabajo, y el trabajo, en una marcha voluntaria, no se hace.

Rojas se echó hacia atrás en la silla y se quedó mirando el techo del sótano, las tuberías, la bombilla, sin verlos.

Tenía delante una contradicción que le pedía a gritos que la resolviera, y le faltaba un dato para cerrarla.

El dinero se había sacado en el pueblo, abajo, a las 23:52; el coche estaba en el 344, arriba, con el depósito que Nuria había llenado a las 21:20.

Entre la gasolinera del 331 y el pueblo, y entre el pueblo y el 344, había un baile de kilómetros y de horas que no cuadraba con nada.

Y el único que podía terminar de contárselo era el hombre que había firmado aquel atestado once años atrás.

Buscó el nombre en la última página. Instructor de las diligencias: teniente de la Guardia Civil don Julián Colmenar.

Rojas hizo dos llamadas, movió un par de contactos de los que le quedaban de sus años buenos, y a media tarde tenía lo que buscaba: el teniente Colmenar se había retirado hacía seis años y vivía en un pueblo de la misma comarca, a media hora de El Pedernal, en una casa con huerto.

Estaba vivo, estaba solo y, según le dijeron, no le hacía ascos a la conversación, porque a los guardias viejos y retirados la conversación es lo único que les sobra y lo único que les falta.

La casa de Colmenar estaba a las afueras de su pueblo, al final de un camino de tierra, con un huerto delante bien cuidado y un perro atado que ladró sin ganas.

Era lunes por la mañana. Rojas había vuelto a subir por la nacional, esta vez desviándose antes, y había llamado desde el coche para avisar, porque a un guardia viejo no se le cae uno encima sin avisar: es cuestión de respeto entre gente del mismo gremio, aunque uno sea policía y el otro guardia civil, aunque uno tenga cincuenta y pocos y el otro pase de los setenta.

Colmenar lo esperaba en el porche, sentado en una silla de anea, con una manta sobre las rodillas y una cara de intemperie, morena y cuarteada, de hombre que ha pasado la vida a la orilla de una carretera.

Tenía las manos grandes y nudosas cruzadas sobre el bastón, y unos ojos claros y quietos que miraron a Rojas subir el camino con la calma de quien ya no espera que nadie le traiga buenas noticias ni malas.

—Usted es el policía —dijo, sin levantarse—. El que pregunta por la chica de El Pedernal.

—David Rojas. —Le tendió la mano; Colmenar se la estrechó, firme—. Gracias por recibirme.

—Siéntese. —Señaló otra silla con la barbilla—. ¿Café, orujo?

—Café, si no es molestia.

—Todo es molestia a mi edad, y por eso conviene hacerlo.

—Se rio de su propia gracia, una risa seca, y voceó hacia dentro—: ¡Rosa, un café para el señor!

—Luego volvió los ojos claros hacia Rojas, y toda la broma se le apagó de golpe—.

La chica de El Pedernal —repitió, en otro tono—.

Once años. Sabía yo que un día iba a subir alguien a preguntarme por esa chica. Lo sabía. Casi que lo estaba esperando.

—¿Por qué lo estaba esperando?

Colmenar tardó en contestar. Miró el huerto, las hileras de acelgas y de habas, el muro de piedra, el monte al fondo.

—Porque hay casos que uno cierra y se van —dijo—.

Y hay casos que uno cierra y se quedan. Ese se quedó.

Lleva once años en esa silla en la que está usted sentado, haciéndome compañía.

—Golpeó el suelo con el bastón, despacio—.

Pregunte lo que tenga que preguntar. Estoy viejo y ya no le debo nada a nadie, que es la única forma de poder decir la verdad.

Al que le deba algo, que venga a cobrármela al huerto.