Caso 344 3. Doña Amparo #3
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3. Doña Amparo #3

La mujer se apartó, asintiendo, con el pañuelo apretado contra la boca.

Rojas se arrodilló delante de la cómoda, sacó del todo el cajón vacío, lo dejó a un lado, y metió la mano en el hueco, palpando la base de madera.

Al fondo, en una esquina, los dedos encontraron un canto de cartón.

Tiró con cuidado. Salió una caja de zapatos, vieja, con la tapa hundida por el peso de los años y una capa de polvo por encima que nadie había tocado.

La puso sobre la cama, junto a los manteles, y la abrió.

Dentro había las cosas de una vida guardada por si acaso.

Un reloj de hombre, de pulsera, parado, que Rojas supuso del padre.

Un fajo de cartas atadas con una goma. Una alianza.

Y, debajo de todo, envueltas en una bolsa de plástico de supermercado, unas hojas dobladas en cuatro.

Rojas las sacó. Las desdobló sobre la colcha, con cuidado, alisándolas con la palma de la mano.

Eran fotocopias. Diez, once, doce hojas.

No eran cartas, ni recuerdos, ni nada personal: eran tiques de báscula, partes de pesaje, columnas de números, matrículas de camiones, tipos de árido, toneladas, fechas.

Copias de los albaranes de la cantera. Junto a cada uno, con una letra menuda, ordenada, llena de comas, la letra de una mujer que lo apuntaba todo, había anotaciones: un peso tachado y corregido; una flecha; una cifra que no coincidía con otra; y, dos o tres veces, subrayada, una sola palabra: NO.

Rojas miró un largo rato aquellos papeles, con el corazón latiéndole despacio y fuerte, con esa calma extraña que le entraba justo cuando encontraba algo que importaba.

No entendía todavía qué significaban aquellos números; habría que sentarse con ellos, cruzarlos, descifrar qué peso era el bueno y cuál el falso, qué entraba de verdad y qué se apuntaba de mentira.

Pero no le hacía falta entenderlos del todo para saber una cosa, y esa cosa lo cambiaba todo.

Nuria Alsina no había escondido aquello por casualidad.

Lo había fotocopiado a escondidas, lo había traído a su casa, lo había metido en una caja debajo de un cajón, y le había dicho a su madre dónde mirar si le pasaba algo.

Una mujer no hace eso porque planee fugarse con un amante.

Una mujer hace eso porque sabe algo que la pone en peligro y quiere dejar un rastro por si el peligro la alcanza.

El peligro la había alcanzado. Y el rastro había estado esperando once años, a un palmo de una madre que no se atrevía a mirar, a que subiera alguien que sí.

—¿Qué es? —preguntó doña Amparo, en un susurro—. ¿Qué son esos papeles?

Rojas volvió a doblar las hojas, con cuidado, y las guardó en la bolsa de plástico.

—Son la razón —dijo—. Todavía no sé leerlos.

Pero son la razón por la que a su hija le pasó lo que le pasó.

Nuria descubrió algo aquí dentro, en estos números, y alguien no podía permitirse que lo contara.

—La miró—. Su hija no se agarró a ningún clavo ardiendo, doña Amparo.

Su hija dejó pruebas. Fue la única de toda esta historia que hizo bien su trabajo hasta el final.

La mujer se llevó las dos manos a la boca.

Y en aquella cara vieja, arrasada, Rojas vio aparecer algo que llevaba más de una década borrado y que no era alegría, porque no había nada que celebrar, sino otra cosa más honda y más difícil de nombrar: el principio de la paz.

La paz terrible de saber que uno no estaba loco.

De que la verdad que había defendido a solas contra todo el pueblo, contra la Guardia Civil, contra el juez, contra el mundo entero, era verdad.

—Se los va a llevar —dijo. No era una pregunta.

—Con su permiso. Los voy a proteger como oro.

Y le prometo una cosa, doña Amparo, la única que me atrevo a prometerle: que voy a leerlos.

Que alguien, por fin, va a leer lo que su hija escribió.

—Se guardó la bolsa en el bolsillo interior de la chaqueta, contra el pecho—.

Lo demás no se lo prometo, porque no depende de mí. Pero esto sí.

La acompañó de vuelta a la salita. Antes de irse, ya en la puerta verde, con el limonero muerto a su espalda, doña Amparo lo agarró del brazo con una mano seca y fuerte, sorprendentemente fuerte, y lo miró a los ojos.

—Van a intentar pararlo —dijo, muy bajo, muy seria—. En cuanto se enteren de que anda usted preguntando, van a intentar pararlo. En este pueblo casi todo el mundo le debe algo a la misma gente, y esa gente no quiere que se remueva lo de mi hija. Tenga cuidado. Y no se fíe de los que le sonrían.

—¿De quién no me fío? —preguntó Rojas.

Pero doña Amparo ya había soltado el brazo y había dado un paso atrás, hacia la penumbra del pasillo, con el gesto de quien ha dicho más de lo que le conviene decir en voz alta en una casa con las ventanas dando a una calle.

—Del que le ofrezca ayuda —dijo—. Del que suba a buscarle para echarle una mano. Ese será el que menos quiera que la encuentre.

Cerró la puerta verde, despacio, con la cadena y el cerrojo, y dejó a Rojas en la acera con una caja de pruebas contra el pecho, el eco de la machacadora latiendo monte arriba y la certeza, ya sin fisuras, de que había subido a El Pedernal a destapar algo que llevaba once años tapado a conciencia por gente que seguía viva, seguía mandando y seguía teniendo mucho que perder.

Miró calle abajo. Miró calle arriba. Los dos extremos.

En lo alto, junto a la fuente de la plaza, uno de los tres viejos que lo habían visto llegar se levantó del banco, sin prisa, y se metió en el bar. A dar la noticia, pensó Rojas. Ya está subiendo la cuesta.

Guardó la caja en el maletero, bajo la rueda de repuesto, y arrancó con doce fotocopias que una mujer muerta había dejado para él sin conocerlo, once años antes de que él supiera siquiera su nombre.

Bajó la cuesta del pueblo despacio, y al pasar por la plaza vio, por el retrovisor, cómo dos hombres salían del bar y se quedaban en la puerta mirándolo marchar, uno de ellos con un teléfono ya pegado a la oreja.

No aceleró. Nunca aceleraba cuando lo miraban, porque acelerar es enseñar el miedo.

Salió del pueblo al mismo ritmo con que había entrado, tomó el desvío del 328 y se incorporó a la nacional, y solo cuando El Pedernal desapareció del retrovisor sacó el móvil y marcó.

Elena contestó al segundo tono.

—¿Y bien?

—Ya tengo algo en la mano —dijo Rojas—. No sé todavía lo que es. Son fotocopias de partes de báscula de la cantera, con anotaciones de Nuria. Las escondió en casa de su madre y le dejó dicho dónde mirar por si le pasaba algo.

Al otro lado hubo un silencio. Un silencio de Elena, que era una cosa densa, un silencio que pensaba.

—Entonces no me equivocaba —dijo al fin, y por una vez hubo algo casi humano en su voz, una emoción que dominó enseguida—. Guárdalas. No las escanees en el ordenador de la jefatura, no las mandes por correo, no se las enseñes a nadie de allí hasta que sepamos qué dicen. ¿Me oyes? A nadie.

—Empiezas a hablar como doña Amparo. Ella también me ha avisado de que van a intentar pararme.

—Doña Amparo lleva once años teniendo razón —dijo Elena—. Yo que tú la escucharía. —Y colgó, como siempre, sin despedirse.

Rojas condujo el resto del camino en silencio, con la caja en el maletero y las últimas palabras verdaderas de Nuria Alsina dándole vueltas en la cabeza como un estribillo.

Voy y vuelvo. Déjame la puerta cerrada pero sin llave.

Alguien le había dejado la puerta sin echar durante once años.

Y él, sin haberla conocido, acababa de decidir que iba a ser el que la cerrara.