3. Doña Amparo #2
—Era formal. Formalísima. Desde niña. La maestra me decía: esta niña es un notario, doña Amparo.
Lo apuntaba todo. Tenía una libreta, de esas de hule, marrón, y ahí llevaba las cuentas de la casa desde que faltó su padre, porque fue ella la que se puso a llevar esta casa con diecinueve años, la que hablaba con el banco, la que cuadraba lo que entraba y lo que salía.
Por eso la cogieron en la cantera, para la báscula, porque no había en el pueblo cabeza más ordenada que la suya.
—Sonrió un poco, sin querer—. Ponía las comas hasta en la lista de la compra.
Me reñía a mí porque yo apuntaba «leche pan aceite» todo seguido, y ella venía detrás y me lo ordenaba, y me ponía sus comas. «Mamá, que no cuesta nada.» Sus comas.
—¿Estaba preocupada esas últimas semanas? —preguntó Rojas—. ¿Le notó algo?
Doña Amparo tardó en contestar, removiendo un café que ya no removía nada.
—Sí. —Lo dijo despacio, como quien confiesa una culpa—.
Estaba rara. Se traía trabajo a casa, papeles, cosas de la báscula, y se encerraba en su cuarto hasta tarde con la calculadora.
Yo le decía: hija, deja eso, que en la cantera te pagan las horas que echas allí, no las que echas aquí.
Y ella me contestaba que no era por las horas, que había una cosa que no le cuadraba y que quería estar segura antes de… —se detuvo.
—¿Antes de qué?
—No lo terminó nunca. «Antes de nada, mamá.
» —La mujer apretó el pañuelo—. Una noche la oí hablar sola en su cuarto, contando, y decir por lo bajo: «esto no puede ser, esto no puede ser».
Y otra vez me preguntó, así, de repente, mientras fregábamos los platos: «Mamá, si uno sabe que en su trabajo se está haciendo algo malo, algo muy malo, ¿tú qué harías, callarte o contarlo?
». Y yo, tonta de mí, le dije que no se metiera en líos, que bastante teníamos ya, que el que se pone a arreglar el mundo acaba mal.
—Se le quebró la voz—. Eso le dije. Que no se metiera.
Y a lo mejor, si le hubiera dicho otra cosa, si le hubiera dicho cuéntalo, hija, cuéntalo y vente de aquí conmigo esta misma noche…
A lo mejor hoy estaría viva. Con eso cargo yo, señor Rojas.
Con haberle dicho a mi hija que no se metiera.
—No. —Rojas lo dijo con una firmeza que no admitía discusión—. Eso no lo cargue usted. La que decidió callarla no fue usted. Usted le dijo lo que le dice una madre a una hija para protegerla del mundo. El que la mató para que se callara tiene un nombre, y le juro que ese nombre no es el suyo.
La mujer lo miró, y en aquella mirada había una gratitud tan desnuda que costaba sostenerla.
Rojas la dejó seguir. Sabía adónde iba, y quería que llegara ella sola.
—Por eso —dijo doña Amparo, y ahora la voz le bajó, se le puso ronca—, por eso yo supe, desde el primer minuto, que aquel mensaje no lo había escrito mi hija.
—El de las 23:47 —dijo Rojas—. «Mamá, no te preocupes por mí, necesito irme una temporada.»
—Ese. —La mujer cerró los ojos—. Sin una coma.
Sin un punto. «Por mí» sin acento. Todo pegado, como escribe la gente que no sabe o que tiene prisa.
Mi Nuria no escribía así ni borracha, y no bebía.
Nuria me habría escrito, de irse, tres párrafos con sus comas y sus puntos, y me habría pedido perdón cuatro veces.
Ese mensaje lo escribió otra persona. Otra persona con su teléfono.
—Abrió los ojos y miró a Rojas con una fijeza que quemaba—.
Se lo dije al guardia. ¿Sabe lo que me contestó?
Que la gente, cuando está nerviosa, escribe distinto.
Que no me agarrara a un clavo ardiendo. Un clavo ardiendo.
Once años agarrada a un clavo ardiendo, señor Rojas, porque era el único que me quedaba.
Rojas se inclinó hacia delante, con los codos en las rodillas.
—No era un clavo ardiendo —dijo, despacio—. Era una prueba. Y usted tenía razón.
La mujer se lo quedó mirando. Y algo se le rompió por dentro, algo que llevaba once años entero a base de no dejarlo caer, y no lloró a gritos, lloró de esa manera silenciosa de la gente mayor, dos hilos por la cara, sin ruido, mientras seguía sentada muy derecha con las manos en el regazo.
Rojas no dijo nada. Le dejó su tiempo. Aquel silencio era lo único decente que podía ofrecerle, y se lo ofreció entero, sin llenarlo con las palabras huecas que la gente usa para no tener que aguantar el llanto ajeno.
Cuando la mujer se rehízo, se secó la cara con un pañuelo de tela que sacó de la manga, respiró hondo y dijo, con una firmeza nueva:
—Venga. Le voy a enseñar una cosa.
El cuarto de Nuria estaba al fondo del pasillo, y estaba, como Rojas había imaginado, intacto.
No era un museo; no había nada de teatral en él.
Era, sencillamente, el cuarto de alguien que iba a volver de un momento a otro.
La cama hecha. Un jersey doblado sobre una silla.
En la estantería, novelas de bolsillo y una hilera de archivadores con etiquetas —RECIBOS, BANCO, CASA—, porque Nuria hasta en su cuarto tenía las cuentas ordenadas.
Rojas se acercó a la estantería. Pasó el dedo por los lomos de los archivadores —RECIBOS, BANCO, CASA, SEGUROS—, todos rotulados con la misma letra menuda y derecha, todos con las pestañas alineadas.
Abrió uno al azar, el de BANCO. Dentro, los extractos estaban ordenados por fecha, grapados por meses, con anotaciones al margen: «esto no, reclamar»; «comisión mal cobrada»; «ojo».
La cabeza de una mujer que no dejaba pasar un número, que discutía con el banco una comisión de tres euros mal cobrada.
Rojas cerró el archivador y lo devolvió a su sitio, exactamente a su sitio, porque le pareció una falta de respeto dejarlo torcido.
Y volvió a pensar en el mensaje. En «necesito irme una temporada» sin una sola coma.
Aquella mujer, la de los archivadores rotulados y las comisiones de tres euros, no había escrito ese mensaje; habría sido tan imposible como que el limonero muerto del patio volviera a dar fruto.
El cuarto entero, con su orden maniático, con sus pestañas alineadas, gritaba lo que doña Amparo llevaba más de una década gritando sola: esto no lo escribió mi hija.
En la mesilla, un despertador parado, un vaso de agua que una década atrás había tenido agua y ahora solo tenía una costra blanca en el fondo, y una foto pequeña de Nuria con un chico moreno, los dos jóvenes, riéndose en una fiesta.
—Quique —dijo doña Amparo, siguiendo la mirada de Rojas—. El novio.
—El que la Guardia Civil investigó.
—El que investigaron, sí. El que el pueblo condenó sin juicio.
—La mujer cogió la foto, la miró, la volvió a dejar—.
Le voy a ahorrar trabajo, señor Rojas, porque sé que usted, como todos, va a querer empezar por él.
Quique no fue. Aquel chico quería a mi hija con locura.
Habían discutido, sí, esa semana, porque él quería que se casaran y se fueran del pueblo, a la ciudad, a empezar en otro sitio, y ella le decía que todavía no, que no podía dejarme sola, que esperara.
Discutían por eso. Por irse. —Soltó una risa amarga—.
Fíjese qué ironía. Discutían porque él quería llevársela y ella no quería irse.
Y luego dijeron que se había ido ella sola.
Nuria, que no quería irse ni con el hombre que la quería, ¿se iba a ir sola, de noche, sin decirme nada, dejándome aquí?
—Negó con la cabeza—. Quique se comió tres semanas de calabozo y de miradas, y cuando lo soltaron se marchó del pueblo, porque aquí ya no podía ni comprar el pan sin que lo señalaran.
Perdió a la mujer que quería y encima cargó con la culpa.
Si busca usted una víctima de segunda en esta historia, ahí la tiene.
Pero no busque al culpable ahí, que ahí no está.
Rojas guardó aquello. Encajaba con lo de la gasolinera, con lo del depósito, con todo. El pueblo había necesitado un culpable cómodo, Quique lo había sido, y mientras todos miraban a Quique nadie había mirado hacia otra parte.
Doña Amparo se había acercado a la cómoda. Abrió el cajón de abajo, el de la ropa de casa, y empezó a sacar manteles doblados, servilletas, tapetes, y a dejarlos sobre la cama con cuidado, uno a uno, hasta vaciarlo. Le temblaban las manos.
—Nuria me dijo una cosa —empezó, y se le atragantó, y tuvo que parar y volver a empezar—.
El último domingo. Comimos aquí las dos, como siempre.
Y al recoger la mesa, mientras yo guardaba los manteles en este cajón, me dijo una cosa que yo no entendí y que no me quise tomar en serio.
Me dijo: «Mamá, si algún día me pasa algo, mira debajo del cajón de los manteles».
Así, de pasada, como quien no quiere la cosa.
Y yo me reí, y le dije que no dijera tonterías, que a ella no le iba a pasar nada. Y no le hice caso.
Rojas se había quedado muy quieto.
—¿Y miró? —preguntó, con toda la suavidad de que fue capaz—. ¿Miró alguna vez debajo del cajón?
La mujer negó con la cabeza, y las lágrimas volvieron, esta vez sin silencio.
—No —dijo—. No me atreví. En todos estos años no me atreví.
Porque mirar era… era darla por perdida.
Era aceptar que le había pasado algo. Mientras yo no mirara, era como si ella aún pudiera volver, subir por la calle, entrar por esa puerta, reñirme por mis comas.
Y prefería seguir esperando a saber. —Miró a Rojas, deshecha—.
¿Está mal eso? Once años sin mirar, teniéndolo aquí, a un palmo. ¿Está muy mal?
—No —dijo Rojas—. No está mal. Es lo más humano que he oído en mucho tiempo.
Se levantó despacio.
—¿Me deja a mí?