Caso 344 3. Doña Amparo
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3. Doña Amparo

La calle Fragua era la última del pueblo antes de que el asfalto se rindiera y empezara el monte.

Una calle corta y empinada, de casas encaladas que habían ido perdiendo la cal a manchas, con la acera rota y un reguero de agua sucia bajando por el centro del arroyo.

El número siete tenía la puerta verde, como Elena había anunciado, un verde viejo de muchas capas superpuestas, y en el patio delantero, tras una verja baja, se levantaba un limonero muerto: el tronco gris, retorcido, sin una sola hoja, con dos limones momificados colgando todavía de una rama, como si el árbol se hubiera muerto de pie y no hubiera querido soltar lo último que dio.

Rojas aparcó un poco más abajo, para no dejar el coche justo enfrente, y subió a pie los últimos metros.

Antes de llamar se quedó un momento en la acera, mirando la casa.

Había en ella algo, en la cal manchada, en el limonero seco, en las persianas a medio bajar, que hablaba de una vida detenida, porque las casas de la gente que espera tienen todas ese aire: se paran el día en que se para aquello que aguardan, y siguen así, envejeciendo sin cambiar, como una fotografía a la que le van cayendo años encima sin que nada se mueva dentro de ella.

Rojas conocía esas casas. Había entrado en unas cuantas, a lo largo de los años, a dar la peor noticia o a no darla, que a veces era todavía peor: casas de padres de desaparecidos, de viudas sin un cuerpo que velar, de familias a las que el sistema había dejado a la mitad, sin final, condenadas a esa forma particular del infierno que es no saber.

La gente cree que lo peor es enterrar a alguien, y no lo es.

Lo peor es no poder enterrarlo. Lo peor es poner la mesa para dos por costumbre y darse cuenta a mitad de la comida.

Lo peor es que suene el teléfono a deshora y que el corazón dé un vuelco de esperanza y de terror a la vez, once años seguidos, cada una de las veces.

Doña Amparo llevaba todos aquellos años metida en ese infierno con la calefacción de la fe encendida, y Rojas subía a decirle que la fe había tenido razón, lo cual, según cómo terminara todo aquello, podía ser el principio de su salvación o el principio de un dolor por fin concreto.

No siempre saber es un alivio. Pero no saber nunca deja de ser una tortura.

Llamó al timbre. No sonó nada dentro; el timbre estaba muerto, igual que el limonero. Llamó entonces con los nudillos en la madera, tres golpes, y esperó.

Tardó en abrir. Rojas oyó unos pasos lentos por el pasillo, el ruido de una cadena, de un cerrojo, y la puerta verde se abrió un palmo, sujeta por la cadena, y en la rendija apareció media cara de una mujer mayor, un ojo desconfiado y una mata de pelo blanco recogida de cualquier manera.

—¿Qué quiere?

—¿Doña Amparo? —Rojas mantuvo las manos a la vista, quietas—.

Me llamo David Rojas. Soy policía. No traigo malas noticias —se apresuró a añadir, porque supo, por el modo en que la mujer se había agarrado al canto de la puerta, lo que temía y esperaba a partes iguales cada vez que alguien llamaba—.

Ni buenas, tampoco. Todavía. Vengo a hablar con usted de su hija. De Nuria.

El ojo lo estudió un largo rato. Rojas aguantó el escrutinio sin moverse. Vio pasar por aquel ojo muchas cosas —cansancio, sospecha y, debajo de todo, muy hondo, una brasa que no se había apagado en once años—, y luego la mujer cerró la puerta, quitó la cadena y volvió a abrir, esta vez del todo.

—Entre —dijo—. Se va usted a helar en la calle.

La casa olía a cera y a membrillo, a limpio y a viejo a la vez.

Doña Amparo lo hizo pasar a una salita pequeña con un sofá de flores cubierto por una funda, una mesa camilla con brasero eléctrico y, sobre el aparador, un ejército de fotografías enmarcadas.

Rojas las miró de reojo mientras se sentaba, y en todas, o en casi todas, estaba la misma cara: una niña, una adolescente, una mujer joven.

Nuria en la comunión. Nuria con el uniforme del instituto.

Nuria ya mayor, seria, con la cara que Rojas conocía de la foto del carné.

Y una, la más grande, en el centro, con un lazo negro cruzado en una esquina, que era la manera que había encontrado doña Amparo de enterrar a una hija a la que no le habían dejado enterrar: poniéndole ella el luto, en su casa, porque nadie más se lo ponía.

—¿Le pongo un café? —dijo la mujer—. Está hecho.

—Se lo agradezco.

No era el momento de decir que no. Con la gente mayor de los pueblos, el café no es una bebida, sino un permiso para hablar.

Doña Amparo se fue a la cocina arrastrando un poco las zapatillas y volvió con dos tazas en una bandeja, el azucarero, una lata de galletas.

Le tembló un poco la bandeja al dejarla, y Rojas se levantó a ayudarla, y ella se lo permitió, que también era una manera de aceptarlo a él.

Se sentaron. La mujer le echó azúcar a su café, lo removió despacio, y solo entonces, cuando la cucharilla dejó de sonar contra la loza, levantó la vista y preguntó lo que llevaba preguntando once años:

—¿Hay algo nuevo?

Rojas había pensado mucho, subiendo por la carretera, en cómo contestar a aquella pregunta, y había decidido no mentir, porque a una mujer así no se le miente: lo huele.

—Todavía no —dijo—. No le voy a engañar, doña Amparo. No traigo un cuerpo, ni un culpable, ni una prueba. No tengo nada que usted no tenga ya. Lo único que traigo es una pregunta que a mí no me deja dormir, y he subido a que usted me ayude a contestarla.

La mujer entrecerró los ojos.

—¿Qué pregunta?

—El coche de Nuria apareció con el depósito lleno.

Ella lo había llenado esa misma noche, en la gasolinera del 331, a las nueve y veinte.

Lleno hasta arriba. —Rojas dejó la taza sobre el plato—.

Doña Amparo, yo llevo veinte años en esto, y todavía no he conocido a nadie que llene el depósito la noche en que ha decidido no volver a casa. ¿Usted sí?

Fue como si hubiera abierto una compuerta.

La mujer dejó la taza con un golpe seco, y se le llenaron los ojos, no de lágrimas exactamente, sino de una rabia vieja y contenida, y por primera vez en más de una década —Rojas lo supo mirándola— alguien de fuera le estaba diciendo en voz alta lo que ella había gritado por dentro cada uno de aquellos días.

—Nunca —dijo—. Nunca. Se lo dije al guardia.

Se lo dije al teniente. Se lo dije al juez, las dos veces que me dejaron hablar con él.

Mi hija llenó el depósito para volver. Mi Nuria no se fue.

A mi Nuria se la llevaron. —La voz se le quebró y se rehízo, más dura—.

Pero era más fácil decir que se había ido.

Claro que sí. Una chica de pueblo que se larga con un hombre, eso lo entiende todo el mundo, eso no le da trabajo a nadie.

Y así se quedaron todos tan tranquilos, y yo me quedé sola con la verdad, que es la peor manera de quedarse una.

—¿La vio usted aquella noche? —preguntó Rojas—. La última.

—La vi cenar. —Doña Amparo se quedó con la mirada perdida en la taza—.

Cenábamos temprano, a las ocho y media, las dos solas, como cada día.

Estábamos terminando cuando le sonó el teléfono.

Lo cogió ahí mismo, en la mesa. Habló poco.

«Sí. Ahora. Vale, ahora voy.» Colgó y se levantó a por el abrigo.

Le pregunté que adónde iba a esas horas, y me dijo…

—la mujer cerró los ojos, para verlo mejor o para no verlo—: «Me llaman de la obra, mamá, que hay que cuadrar unos partes antes de que suba el aparejador el lunes.

Voy y vuelvo. Déjame la puerta cerrada pero sin llave. »

—«Voy y vuelvo» —repitió Rojas, muy despacio.

—Voy y vuelvo. —Doña Amparo abrió los ojos, secos y encendidos—.

Esas fueron las últimas palabras que me dijo mi hija.

«Déjame la puerta cerrada pero sin llave.

» Y yo se la dejé así, sin la llave echada, para que ella entrara sin despertarme.

Me quedé viendo la televisión, esperándola, y me dormí en el sofá, y cuando me desperté era de día y ella no había vuelto, y la puerta seguía como yo la había dejado, sin echar.

Por esa puerta, en once años, no ha vuelto a entrar ella.

—Le tembló la barbilla—. Todavía, algunas noches, me levanto a comprobar que está echada la cadena.

Y luego me acuerdo de que ya no espero a nadie, y la vuelvo a echar.

Rojas grabó en la memoria, con letras de fuego, las tres cosas que aquella mujer le acababa de dar sin medir su peso: que a Nuria la habían llamado por teléfono aquella noche; que la habían citado en la obra, en la obra, en el kilómetro 344, donde se remataba el ensanche; y que Nuria había salido de casa tan segura de volver que le había pedido a su madre que le dejara la puerta sin echar.

Nada de aquello constaba en el atestado.

Nadie había preguntado a doña Amparo por la última conversación.

Se habían quedado con el mensaje de las 23:47, el falso, y habían tirado a la basura las últimas palabras verdaderas, las dichas en aquella mesa camilla a las ocho y media: voy y vuelvo.

—¿Le dijo quién la llamaba?

—No. Pero era de la cantera, seguro, porque habló de la obra y de los partes. Y era alguien de confianza, por cómo le contestó. No preguntó por qué a esas horas. No le extrañó. Fue como si la llamara alguien a quien estaba acostumbrada a decirle que sí.

—Cuénteme a Nuria —dijo Rojas—. No lo del caso. A ella. ¿Cómo era?

La pregunta la desarmó más que ninguna otra, porque nadie, en once años, le había pedido que hablara de su hija como de una persona en lugar de como de un expediente.

Doña Amparo miró la foto grande del aparador, la del lazo negro, y empezó a hablar, y a medida que hablaba se le iba yendo la rabia y le quedaba solo el cansancio y el amor, que en las madres vienen a ser casi la misma cosa.