2. El arcén #3
—Ahora que lo dice. —Frunció el ceño—. Los últimos días estaba más callada.
Ella siempre había sido seria, pero era una seriedad de estar en su mundo, ¿sabe usted?
, de ir pensando en lo suyo. Y esas semanas era otra cosa.
Miraba por encima del hombro. Una tarde entró, se tomó el café de pie, mirando la carretera por el cristal, y cuando entró un coche a repostar dio un respingo.
Yo pensé que habría reñido con Quique, el novio, cosas de jóvenes.
Ahora ya no sé qué pensar. —Bajó la voz—.
Y otra cosa que tampoco le conté a la Guardia Civil, porque no me lo preguntaron.
A los pocos días de desaparecer ella, vino un hombre preguntando por aquí.
De la cantera. Uno de los encargados, el Damián, el capataz.
Que si Nuria había dejado algo aquí: papeles, una carpeta.
Le dije que aquí la gente no deja carpetas, que aquí la gente deja el dinero de la gasolina.
No le hizo ninguna gracia. —Se encogió de hombros—.
Me pareció raro. Un capataz de cantera buscando los papeles de una chica que, según decían todos, se había fugado con un amante.
¿Qué papeles echa uno de menos de una que se fuga?
Rojas guardó aquel nombre —Damián, capataz— en el mismo sitio donde guardaba la fecha de la placa y el tique doblado. No dijo nada. Preguntó, en cambio, otra cosa:
—¿Le dijo alguna vez adónde iba, aquella noche, o los días de antes?
—No. —La mujer dudó—. Pero le voy a decir una cosa que a la Guardia Civil no le dije, porque entonces no me pareció que tuviera importancia, y porque a la Guardia Civil, con perdón, tampoco es que le preguntaran a una gran cosa.
Cuando pagó, se guardó el tique. El de la gasolina.
Lo dobló y se lo metió en el bolso con cuidado, como quien guarda un papel importante.
Y yo pensé, mira esta, guardando el tique de la gasolina, qué apañada.
—Miró a Rojas a los ojos—. La gente que se va a matar, o la gente que se va a escapar para siempre, ¿guarda el tique de la gasolina, señor?
Rojas no contestó. Le sostuvo la mirada, y en aquel silencio la mujer encontró, seguramente, más respuesta que en cualquier palabra, porque asintió despacio, como confirmando algo que llevaba once años sin poder decirle a nadie que la escuchara.
—Siempre lo he pensado —dijo, más bajo—. Que a esa chica le hicieron algo. Una que guarda el tique de la gasolina no es una que se va. Pero aquí no se puede decir eso en voz alta.
—¿Por qué no?
La mujer volvió a ponerse las gafas, y con las gafas volvió a ponerse la cara de antes, la de no querer líos.
—Porque en El Pedernal casi todo el mundo come de lo mismo —dijo—. Y a la mano que te da de comer no se le hacen preguntas. —Subió el volumen del televisor—. Que tenga usted buen día.
Rojas no volvió enseguida a la carretera.
Se quedó fuera, apoyado en el coche, tomándose el café malo de la máquina, mirando hacia el fondo del valle.
Desde allí, en un claro entre los pinos, se veía El Pedernal: un pueblo pequeño, agarrado a la ladera, con su iglesia, sus tejados pardos y, a las afueras, dominándolo todo desde arriba, una herida blanca abierta en el costado de la montaña.
La cantera. Los bancales excavados en terrazas, la torre gris de la machacadora, las cintas transportadoras, las montañas de árido clasificado por tamaños, y una nave grande con un rótulo que desde aquella distancia no se leía pero que Rojas ya sabía lo que decía.
De la cantera salía, en aquel mismo momento, un camión cargado, una bañera enorme que bajó despacio por la pista y se incorporó a la nacional en dirección a la ciudad, dejando en el aire una polvareda blanca que tardó en posarse.
Detrás salió otro, y otro más. Un sábado por la mañana, y la cantera en plena faena.
La mano que da de comer, había dicho la mujer, no descansaba ni en fin de semana.
Rojas se quedó un rato viéndolos bajar. Contó cinco camiones en diez minutos, todos con el mismo rótulo, todos hacia la ciudad, todos cargados de la misma piedra blanca.
Calculó por encima lo que podía mover una cantera así: toneladas, viajes, dinero, mucho dinero.
Y pensó en la báscula. Porque en cualquier cantera el corazón del negocio no es la piedra, ni la máquina que la muele, sino la báscula por la que pasa cada camión, la que dice cuánto entra y cuánto sale, cuánto se cobra y cuánto se declara.
Quien controla la báscula controla la verdad de la empresa; y la verdad de una empresa de la que come un pueblo entero más vale que diga lo que tiene que decir.
Nuria Alsina había sido la que controlaba la báscula.
Rojas dejó que aquello se asentara despacio, como el polvo blanco de los camiones sobre las cunetas, sin forzarlo, sin sacar todavía la conclusión que ya empezaba a dibujarse sola en algún lugar detrás de sus ojos.
A la mano que te da de comer no se le hacen preguntas.
Apuró el café, tiró el vaso a una papelera y se metió en el coche.
Antes de arrancar, sacó la libreta de notas del móvil y añadió, debajo de las cuatro líneas de la noche anterior, tres más:
La obra del 344 se terminó ese mismo octubre. Estaba viva la noche que desapareció.
Guardó el tique de la gasolina. La gente que se va no guarda el tique.
Todo el pueblo come de Áridos Corvo.
Se quedó mirando la última. Luego levantó la vista hacia la herida blanca de la montaña, hacia los camiones que seguían saliendo uno tras otro, cargados de una piedra que alguien pesaba antes de venderla, que alguien apuntaba en un parte, que alguien cuadraba a fin de mes.
Una báscula. Todo aquel dinero, todo aquel polvo, todo aquel pueblo colgaban de una báscula.
Y once años atrás, la persona que se sentaba en la caseta de aquella báscula y apuntaba lo que entraba y lo que salía se había esfumado una noche de octubre, con el depósito lleno y el tique guardado, en el arcén de una obra que se estaba terminando de pagar a golpe de camión.
Rojas no creía en las casualidades; llevaba veinte años sin encontrarse una sola que resistiera un examen atento.
Arrancó, salió a la nacional detrás de un camión de Áridos Corvo que bajaba dejando su rastro blanco, y en el desvío del 328, en vez de seguirlo hacia la ciudad, puso el intermitente y tomó la carretera estrecha que subía hacia el pueblo, hacia la calle Fragua, hacia una casa donde una mujer llevaba más de una década guardando debajo del cajón de los manteles algo que ni ella misma sabía que guardaba, y esperando, cada veintitrés de octubre, a que alguien subiera por fin a preguntarle no si había novedades, sino, por primera vez, qué pensaba ella.
El Pedernal lo recibió con la indiferencia con que los pueblos pequeños reciben las matrículas de fuera.
La carretera se hizo calle, la calle se hizo cuesta, y la cuesta lo fue subiendo entre casas de piedra y cal, balcones de geranios ya mustios, un bar con la persiana a medio echar del que salían voces de partida y olor a fritanga.
En la plaza, junto a la fuente, tres viejos sentados al sol lo siguieron con la mirada sin mover la cabeza, con esa forma que tienen los pueblos de mirar al desconocido, de reojo y entera a la vez, tasándolo de arriba abajo en un solo vistazo.
Un cartel electoral descolorido, medio despegado de una fachada, prometía un futuro que ya había pasado de largo.
Y por encima de todo, allá arriba, se oía el latido sordo y continuo de la machacadora de la cantera, un pulso grave que Rojas advirtió que no cesaba jamás, que quedaba por debajo de todos los demás ruidos del pueblo —el bar, los pájaros, el agua de la fuente—, como el corazón de un animal enorme al que El Pedernal estuviera atado por un cordón umbilical de polvo blanco.
Preguntó por la calle Fragua a un chaval que empujaba una bicicleta cuesta arriba. El chaval se la señaló con el mentón, monte arriba, sin decir palabra, y se quedó mirándolo alejarse.
Faltaban ocho días para el veintitrés. Esta vez, alguien iba a subir antes.
Tique de repostaje. Estación de servicio del km 331, 21:20.