Caso 344 2. El arcén #2
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2. El arcén #2

Bajó del arcén al talud. La tierra cedía un poco bajo las suelas, grava y arcilla apelmazadas por once años de lluvias, y él fue descendiendo de lado, agarrándose a los matojos, hasta media altura.

Desde allí el firme le quedaba por encima de la cabeza, un labio negro recortado contra el cielo, y el barranco se abría abajo, hondo y callado.

Se imaginó la escena de noche: el coche apagado y a oscuras arriba, en el arcén, y en el camino de la obra, entre las montañas de grava, una linterna encendiéndose una sola vez.

Se imaginó a una mujer bajándose del coche y echando a andar hacia aquella luz, confiada, porque la llamaba una voz conocida y a una voz conocida no se le dice que no.

Y lo demás se lo imaginó sin querer imaginarlo, como se lo imagina siempre un policía viejo, deprisa, sin detalles, un fogonazo y basta, porque no hacía falta más.

El sitio lo decía todo sin decir nada, que es la única manera en que hablan los sitios: aquí pudo pasar; aquí cabe; aquí nadie habría visto ni oído.

Volvió a subir al arcén con las rodillas manchadas de tierra roja y se las sacudió sin demasiada convicción.

Se acuclilló. Pasó la mano por el arcén asfaltado, por aquel firme negro y ancho que una década atrás, cuando Nuria dejó allí el coche, debía de estar recién tendido, oliendo todavía a alquitrán.

Y entonces reparó, unos metros más allá, medio comido por la maleza, en un pequeño monolito de hormigón de los que la administración planta al terminar una obra pública, con una placa metálica atornillada.

Se acercó. La placa estaba oxidada y le costó leerla, pero se leía.

MINISTERIO DE FOMENTO. ACONDICIONAMIENTO Y ENSANCHE DE LA CARRETERA N-344, P. K. 339 A 345. Debajo, la empresa adjudicataria, una razón social que no le dijo nada, y la fecha de finalización de las obras: el mes y el año.

Rojas estuvo mirando aquella fecha mucho rato.

El año era el año en que Nuria Alsina había desaparecido.

Y el mes era octubre. La carretera que pisaba, el arcén donde había aparecido el coche, el terraplén que caía a su derecha, todo aquello se había terminado de construir el mismo mes en que Nuria se esfumó de la faz de la tierra.

Es más: por las fechas de la placa, en las semanas exactas de su desaparición, la obra debía de estar dándose los últimos apretones, echando la última capa, cerrándose.

La noche en que la citaron «en la obra» —así se lo había dicho Elena, la habían citado en la obra—, aquel tramo estaba vivo, con las máquinas, con los camiones, con la mezcla caliente, en plena faena.

No sacó ninguna conclusión. Un buen policía no saca conclusiones de una fecha en una placa; las guarda, las deja reposar, deja que se junten solas con otras cosas.

Pero notó el pequeño ajuste en el pecho, ese que ya conocía, el de una pieza que encaja en su hueco sin que uno sepa todavía en qué parte del dibujo va a quedar.

Sacó el móvil e hizo una foto de la placa.

Marcha voluntaria. Rojas había aprendido a desconfiar de aquellas dos palabras más que de ninguna otra fórmula del oficio, porque eran la puerta trasera del sistema, el cajón adonde iban a parar todos los que daba pereza buscar.

Un asesinato obliga a trabajar: hay que peinar el monte, pedir órdenes al juzgado, remover a los vecinos, señalar culpables entre gente que vota y que paga sus impuestos.

Una marcha voluntaria, en cambio, no obliga a nada, porque nadie ha muerto oficialmente, solo se ha ido, y de los que se van no se ocupa nadie, ya que irse no es delito.

Bastaba con que alguien, once años atrás, escribiera en un atestado «se valora que resulta compatible con una marcha voluntaria» para que Nuria Alsina dejara de ser un problema y se convirtiera en una estadística. La chica que se fue. Punto y aparte.

Lo perverso, pensó mirando el barranco, era la elegancia del truco.

No hacía falta un gran complot, ni comprar a un juez, ni amenazar a un guardia; bastaba con fabricar dos gestos, un mensaje de móvil y una retirada de dinero, que empujaran al instructor, ya de por sí cansado y con demasiada carretera que cubrir, hacia la conclusión más cómoda.

El resto lo hacía el sistema solo, porque el sistema prefiere siempre la puerta que no da trabajo.

Así, con dos gestos y una firma, se podía enterrar a una persona sin necesidad de cavar: bastaba con enterrar su expediente.

Aunque, se corrigió mirando de reojo el terraplén, a veces también se cavaba. Las dos cosas no se excluían.

Luego, de pie en el arcén, con el viento moviéndole el pelo ya gris, hizo lo que había subido a hacer: se quedó quieto y dejó que el sitio le hablara.

Y el sitio le contó, a su manera muda, la historia que él ya sospechaba.

Le contó que una mujer que huye no elige para abandonar su coche el arcén de una obra en marcha, entre máquinas y hombres, sino un descampado, una estación, un aeropuerto, cualquier lugar con una salida hacia otro sitio.

Le contó que allí no había salida hacia ninguna parte, solo la carretera hacia arriba y la carretera hacia abajo, y el barranco, y el monte cerrándolo todo.

Le contó que el coche apuntaba a casa porque su dueña pensaba volver a casa.

Y le contó, sobre todo, con el silencio enorme de aquel paraje, que si a Nuria Alsina le había pasado algo, le había pasado allí, en aquel medio kilómetro de nada, y que lo que hubiera sido de ella no andaba lejos, porque los cuerpos, cuando alguien tiene la sangre fría de fabricar un mensaje y sacar mil doscientos euros de un cajero para ganar tiempo, no viajan: se quedan cerca, en lo primero que haya a mano.

Rojas volvió a mirar el terraplén, el talud enorme de tierra compactada, y luego apartó la vista, porque todavía no tocaba mirarlo de esa manera.

Un ruido de motor pesado subió por la carretera.

Se volvió. Un camión de Áridos Corvo trepaba por el puerto, vacío, de vuelta a la cantera, con la caja basculante temblando en cada bache.

Al llegar a la altura de Rojas, el camión redujo.

No hacía falta que redujera, porque la curva era ancha y no venía nadie de frente; pero redujo, y durante un par de segundos que se hicieron largos el conductor —una sombra bajo la visera, un brazo tatuado apoyado en la ventanilla— miró a Rojas, y miró el coche parado en el arcén, con esa mirada lenta y sin prisa de quien se aprende de memoria una matrícula y una cara para contarlas luego.

Después el camión aceleró, cambió de marcha con un bramido y siguió subiendo hacia la herida blanca de la montaña, dejando en el aire su polvareda y su ruido.

Rojas se quedó mirando cómo se iba. En un sitio donde no para nadie, un forastero plantado en el arcén del 344 era una noticia, y las noticias, en El Pedernal, subían la cuesta más deprisa que él. Volvió al coche.

La gasolinera del 331 seguía siendo la misma que una década atrás, o casi: la marquesina más oxidada, un cartel nuevo de café para llevar, la tienda con su neón de cervezas y sus estanterías de patatas fritas y garrafas de anticongelante.

Rojas repostó, más por tener una excusa que por necesidad, y entró a pagar.

Detrás del mostrador había una mujer de unos sesenta años, con el pelo teñido de un rubio cansado y unas gafas colgadas de una cadenita, que veía un concurso en un televisor pequeño con el volumen bajo.

Le cobró sin apenas mirarlo. Rojas cogió el cambio y, en lugar de marcharse, dejó sobre el mostrador la fotografía de Nuria Alsina que había sacado del expediente, una foto de carné ampliada, una cara joven y seria, de mujer que no sonríe para las cámaras oficiales.

—¿La conoció? —preguntó.

La mujer miró la foto por encima de las gafas. Tardó en contestar, y cuando lo hizo bajó del todo el volumen del televisor, lo que en aquellos sitios equivale a sentarse a hablar.

—Nuria —dijo—. Claro que la conocía. Paraba aquí casi cada día, a la ida o a la vuelta de la báscula. Café solo, sin azúcar, y a veces una botella de agua. —Volvió a mirar la foto, y luego a Rojas, con una desconfianza tranquila—. ¿Usted es de la Guardia Civil?

—Policía. De otro sitio. —No mentía y no aclaraba, que era su manera de trabajar—. Estoy repasando lo que pasó.

—Lo que pasó. —La mujer soltó una risa breve, sin ninguna gracia dentro—.

Aquí lo que pasó lo tiene cada uno decidido desde hace años.

Que si se fue con uno, que si se fue de la vergüenza, que si el novio, que si esto, que si lo otro.

La gente necesita una historia, y esa historia les sirve para dormir.

—Se quitó las gafas—. Yo le voy a decir lo que vi, que es lo único que sé.

Esa noche paró aquí. La última. Lo sé seguro porque a la mañana siguiente, cuando se supo lo del coche, até cabos yo sola.

Serían las nueve y pico. Echó gasolina, lleno, y entró a pagar, ahí donde está usted parado.

La vi normal. Ni contenta ni triste. Cansada, quizá.

Le pregunté por su madre, que la conozco, y me dijo que bien. Pagó y se fue.

—¿La notó rara aquellas últimas semanas? —preguntó Rojas.

La mujer se lo pensó.