Caso 344 2. El arcén
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2. El arcén

Salió de la ciudad con las primeras luces, a esa hora en que el cielo es todavía una lámina de estaño sobre los tejados y las farolas dudan entre apagarse o seguir un rato más encendidas, por si acaso.

Un sábado de octubre tiene, a esa hora, una calma que no vuelve a repetirse en toda la semana: las calles están limpias de gente, el aire huele a pan que aún no han sacado, y el mundo entero parece contener la respiración a la espera de que alguien lo ponga en marcha.

Rojas tomó la circunvalación, dejó atrás los polígonos dormidos y los concesionarios con sus banderolas caídas, y a los veinte minutos la ciudad se había terminado de golpe, como se terminan las ciudades españolas, sin aviso ni transición, de modo que donde un momento antes había naves y rotondas de pronto no quedaba más que la carretera por delante y el campo abriéndose a los dos lados como un mar pardo.

Conducía despacio, con la ventanilla un dedo bajada para que entrara el frío.

Le gustaba conducir; era una de las pocas cosas que le seguían gustando sin reservas, junto con leer y con el primer café de la mañana, y las tres tenían en común que se hacían en soledad y que no obligaban a fingir nada delante de nadie.

Mientras conducía, pensaba en Nuria Alsina, que había hecho aquel mismo trayecto cientos de veces, camino de la báscula y de vuelta a casa, y que la última vez lo había subido de noche, con el depósito lleno, para no volver a bajarlo jamás.

Rojas iba a hacer justo lo contrario que ella: subir de día, con la cabeza fría, a mirar el sitio exacto donde a una mujer se le había terminado el camino.

El teléfono sonó cuando llevaba media hora de carretera. Era Elena. Puso el manos libres.

—¿Ya estás subiendo? —La voz le llegó metálica, con un rumor de calle de ciudad detrás—. Sabía que no ibas a esperar al lunes.

—Tú contabas con que no esperara al lunes —dijo Rojas—. Por eso me lo bajaste un viernes por la noche.

—Puede. —No lo negó; nunca negaba lo evidente, y esa era una de las pocas cosas descansadas de tratar con ella—.

Te llamo por dos cosas. La primera, la dirección de la madre.

Amparo Alsina, calle Fragua, número siete.

Una casa con la puerta verde y un limonero seco en el patio, según me han dicho.

No la avises por teléfono antes de ir; una mujer que lleva once años esperando una llamada no merece recibir la que importa por un auricular.

—¿Y la segunda?

Elena tardó un segundo de más.

—La segunda es un consejo, y no te voy a explicar de dónde me viene.

En El Pedernal vas a encontrarte con mucha gente amable.

Te ofrecerán café, te darán conversación, te acompañarán hasta el coche.

Y cuanto más amables sean, más cerca estarás de algo, porque en ese pueblo la amabilidad es lo que ponen encima de lo que no quieren que mires.

—Una pausa—. Yo estuve allí una vez, hace años, preguntando por otra persona de mi lista.

Me trataron tan bien que tardé en darme cuenta de que, en realidad, me estaban acompañando a la salida.

—¿A quién buscabas?

—Otro día, Rojas. —El viejo muro, el de siempre; ya lo conocía y ya había dejado de estrellarse contra él—.

Hoy toca Nuria. Sube, mira el sitio, ve a ver a la madre.

Y una cosa más: no subas todavía a la cantera.

El día que subas a Áridos Corvo, que sea con algo en la mano, no con preguntas, porque allí las preguntas se las tragan igual que la machacadora se traga la piedra.

Colgó sin despedirse, como siempre.

El indicador del kilometraje fue cayendo.

320. 325. En el 328, a la derecha, un desvío con un cartel comido de óxido anunciaba EL PEDERNAL, 2, y por un momento Rojas dudó si tomarlo; luego siguió recto.

Al pueblo iría después. Primero el sitio, siempre el sitio primero, porque la persona miente, el testigo miente, el atestado también miente a veces, pero el lugar no sabe mentir: el lugar solo sabe estar, y esperar, y a veces, cuando uno lo mira con la paciencia debida, contar lo que vio.

En el 331 apareció la gasolinera, a la izquierda, en una recta, con su marquesina descolorida y sus dos surtidores, uno de ellos fuera de servicio con una bolsa de plástico atada a la manguera.

Rojas la anotó para la vuelta y siguió subiendo.

La carretera se empinó, se metió en una zona de pinar, y el aire que entraba por la ventanilla cambió de olor, se volvió resinoso y húmedo, un aire de monte alto que no era el de abajo.

En el 340, sin previo aviso, la carretera cambió de piel.

Fue tan evidente que Rojas levantó el pie del acelerador.

Durante kilómetros había ido rodando sobre un asfalto viejo, agrietado, remendado a parches, con las rodadas marcadas y las líneas blancas medio comidas; y de pronto, en un punto exacto, el firme se volvió otro, más ancho, más negro, sin una junta, con el arcén asfaltado y una barrera de seguridad reluciente, tendido en una curva larga y mansa donde antes tenía que haber habido una curva cerrada y traicionera.

Alguien, en algún momento, se había gastado mucho dinero en enderezar aquel tramo.

Le habían comido al monte medio talud, habían levantado por el lado del barranco un terraplén enorme para sostener la nueva anchura de la vía, y sobre aquel relleno habían tendido la carretera buena, la nueva, la que ahora pisaban las ruedas de Rojas con esa suavidad silenciosa de las cosas recién hechas.

Redujo hasta casi detenerse. A la derecha, encajado contra la barrera, pasó un mojón de piedra artificial, blanco y granate, con las siglas y el número pintados en negro: N-344, y debajo, más grande, km 344. Rojas puso el intermitente aunque no venía nadie, se apartó al arcén y paró el coche.

Apagó el motor. Se quedó un momento con las manos en el volante, igual que la noche anterior a la puerta de la jefatura, escuchando.

El silencio de la carretera de día era distinto del de la noche, más limpio, con el zumbido lejano de un camión trepando por el puerto, el viento en los pinos, el reclamo de un pájaro; pero era, en el fondo, el mismo silencio de siempre, el de un lugar de paso donde nadie se detiene por gusto.

Rojas se bajó, se subió el cuello de la chaqueta y echó a andar por el arcén.

El sitio. Estaba en el sitio.

Más de una década atrás, un amanecer de octubre, el Renault de Nuria Alsina había aparecido allí mismo, en aquel arcén, en dirección descendente.

Rojas se colocó donde calculó que debía de haber estado el coche, mirando cuesta abajo, hacia el pueblo, hacia la ciudad, hacia casa, y trató de ver lo que Nuria había visto.

Sacó la copia de la fotografía del atestado, la del coche parado al amanecer, y la sostuvo en alto, girándola hasta que el fondo del papel coincidió con el fondo real, el mismo perfil de monte, la misma curva.

Así, con la imagen de once años atrás superpuesta al paisaje de aquella mañana, el coche fantasma volvió a aparecer en el arcén, en su sitio exacto, con el morro apuntando hacia abajo, y Rojas confirmó con los ojos lo que ya sabía con la cabeza.

En dirección descendente. Nadie que suba a fugarse aparca mirando hacia el pueblo del que huye; se aparca mirando hacia donde uno quiere ir.

Y Nuria, si de verdad hubiera querido irse, habría querido ir hacia arriba, hacia el puerto, hacia el mundo.

El coche decía lo contrario. El coche decía: solo me bajo un momento, ahora vuelvo, y sigo cuesta abajo hasta mi cama.

Guardó la foto. El viento arreció, frío, y trajo desde el camino de la obra —o desde su memoria, que a esas alturas venían a ser lo mismo— el fantasma de un olor que allí ya no estaba: alquitrán caliente. La obra. La noche en que la citaron aquí, todo esto era una obra en marcha.

Delante, la carretera bajaba en aquella curva nueva y mansa y se perdía entre los pinos.

Detrás, subía hacia el puerto. A la derecha, por el lado del barranco, empezaba el terraplén: un talud de tierra y grava compactadas que caía varios metros hasta el fondo de una vaguada seca, con matojos prendidos en las juntas, ya envejecido, ya integrado en el monte, ya como si hubiera estado allí desde el principio de los tiempos y no desde hacía once años.

Rojas se acercó al borde y miró abajo. Nada.

Un barranco cualquiera, con su hilo de agua muerta y sus cañas secas.

Enfrente, el monte seguía subiendo. No había una casa a la vista, ni una nave, ni una luz, ni un alma: el sitio más solo del mundo para dejar un coche.

Y, sin embargo, un sitio elegido con cuidado, porque para abandonar un coche en un arcén hace falta que a nadie le extrañe verlo allí, y en una nacional un coche parado no le extraña a nadie: se le supone una avería, un conductor que ha ido a aliviarse al monte, cualquier cosa.

Un coche en el arcén de la 344 podía pasarse horas sin que nadie lo mirara dos veces. Como se los pasó.