1. El expediente 344 #3
Rojas se quedó mirándolas mucho rato. Un manojo pequeño: la llave del coche, la de un portal, otra más chica de un candado o un buzón, y un llavero de goma con la forma de una ficha de dominó, el doble seis, gastado de tanto manosearlo.
La pieza más alta del dominó, la que en los pueblos llaman la galleta, la que se guarda para el final de la partida.
Alguien —Nuria, su padre, vaya usted a saber— había elegido para las llaves de casa aquella ficha y no otra, y la había frotado con el pulgar hasta dejarla lisa.
Eran esos detalles, y no los atestados, los que a Rojas le devolvían a las personas enteras: una mujer que apuntaba lo que gastaba, que puntuaba la lista de la compra, que llevaba en las llaves un doble seis de goma pulido de tanto acariciarlo mientras pensaba.
No la clase de mujer que una noche cualquiera se levanta y se borra del mundo dejándole a su madre una frase sin una sola coma.
—¿Vino alguien alguna vez? —preguntó Rojas—. En once años. A ver el coche, a preguntar por él.
El funcionario se lo pensó, rascándose la barbilla con el mango de la lupa.
—Una señora —dijo al cabo—. Hace ya tiempo.
Una señora mayor. Me acuerdo porque no quería ni entrar; se quedó ahí, en la boca del pasillo, mirando el coche de lejos, sin acercarse.
Le ofrecí quitarle la funda y me dijo que no, que así estaba bien.
Estuvo un rato de pie, callada. Luego se fue. No ha vuelto.
Rojas no preguntó cómo se llamaba la señora. No le hacía falta.
Más de una década atrás, aquellas llaves habían pasado la noche entera puestas en el contacto de aquel coche, en el arcén del 344, a la intemperie, y nadie las había robado, y nadie las había usado para llevarse el vehículo, y la mujer que las había dejado puestas no había vuelto a por ellas.
Rojas le fue dando vueltas a aquello con la lentitud con que se le daban vueltas a él las cosas que importaban.
—La gente que se va —dijo, más para sí que para el funcionario— no deja las llaves puestas.
—¿Cómo dice?
—Que si uno se larga para siempre, se lleva las llaves, aunque abandone el coche.
Se las lleva por costumbre, porque son suyas, porque abren su casa; o se las lleva porque las necesita para otra cosa.
Y si de verdad quiere que el coche desaparezca, no lo deja en el arcén de una nacional con las llaves puestas para que se lo lleve el primero que pase.
Lo esconde. Lo quema. Hace algo con él. —Se incorporó despacio, sin dejar de mirar el contacto—.
Nadie deja un coche así, a menos que no llegara a marcharse en él.
El funcionario, que había visto pasar por aquel depósito muchos coches y algún que otro policía con teorías a deshora, se encogió de hombros.
—O a menos que tuviera prisa —dijo.
—O a menos que tuviera prisa —concedió Rojas—. ¿Prisa por qué, a las once de la noche, en mitad de la nada, en el kilómetro 344?
El funcionario no tenía respuesta para eso y volvió a su periódico.
Rojas dio una vuelta entera alrededor del coche, despacio, memorizándolo pieza a pieza, y al llegar de nuevo a la parte delantera reparó en una cosa que la fotografía del atestado no dejaba ver bien, porque la habían tomado de frente, y que allí, con el coche entero delante y el plano de la carretera todavía fresco en la memoria, se le encajó sola en su sitio.
En el atestado, una frase: «el vehículo se encuentra correctamente estacionado, en el arcén, en dirección descendente». En dirección descendente. Es decir, con el morro apuntando hacia abajo. Hacia el pueblo. Hacia El Pedernal. Hacia casa.
Nuria Alsina venía de El Pedernal. Si se marchaba, si de verdad huía hacia una vida nueva, tenía que ir hacia arriba, hacia el puerto, hacia la capital de la provincia vecina, hacia cualquier lugar que no fuera el pueblo del que quería borrarse.
Pero el coche apuntaba al revés. El coche apuntaba de vuelta.
Alguien —ella misma, con toda seguridad— había dado la vuelta al coche en el kilómetro 344 y lo había dejado con el morro mirando a casa, listo para bajar.
Como quien aparca un momento. Como quien va a bajarse a hacer una cosa rápida y calcula que en cinco minutos estará de vuelta y arrancando cuesta abajo.
Rojas se quedó muy quieto en el pasillo helado del depósito, con el aliento saliéndole en vaho, mirando el coche de una mujer muerta —porque a aquellas alturas ya no dudaba de que estuviera muerta— y notando por dentro la vieja sensación de siempre, la que lo había metido en aquel sótano y no lo dejaba salir: la de que un caso no lo elige uno, sino que lo elige él a uno.
Se te planta delante con las llaves puestas, el depósito lleno y el morro apuntando a casa, y te hace una pregunta tan sencilla que da vergüenza que nadie la haya formulado en once años, y a partir de ese momento ya no puedes dejar de oírla.
Sacó el móvil y, en la aplicación de notas, escribió tres líneas para no perderlas por la mañana, aunque sabía de sobra que no iba a olvidarlas:
Depósito lleno = pensaba volver.
Llaves puestas = no se fue en el coche.
Morro a casa = no huía. Bajaba de vuelta.
Debajo, tras pensarlo un momento, añadió una cuarta:
Alguien la esperaba en el 344.
Guardó el teléfono en el bolsillo interior de la chaqueta, el de la izquierda, el de siempre, y subió las tres plantas a pie, despacio, con la caja de Nuria Alsina bajo el brazo.
Arriba, la jefatura estaba ya casi a oscuras.
Salió a la calle. La ciudad, a aquella hora de un viernes, arrancaba su ruido de neones y de gente joven, ajena por completo a los muertos viejos que dormían en el sótano bajo sus pies.
Se subió al coche, dejó la caja en el asiento del copiloto y se quedó un momento con las manos en el volante, sin arrancar. Al día siguiente era sábado. Podía dormir. Podía dejarlo para el lunes, como llevaba once años dejándolo todo el mundo.
En lugar de eso, sacó el mapa de la guantera, buscó la N-344 con el dedo y siguió la línea hacia el interior hasta dar con el número pequeño, el 344, junto a un nombre en letra minúscula: El Pedernal. Una hora y diez de carretera. Un pueblo de cantera al pie de un puerto.
Pensó en doña Amparo, a la que no conocía y de la que ya sabía lo esencial: que era una mujer capaz de subir y bajar los escalones de una comandancia cada veintitrés de octubre, durante más de una década, para que le dijeran que no.
Pensó en llamarla. Eran más de las once y no tenía nada que decirle todavía, ni un cuerpo, ni un culpable, ni siquiera un caso en condiciones, solo tres frases en la libreta del móvil y una china en el zapato, y llamar a una madre a esas horas para anunciarle «he empezado a leer» era una crueldad disfrazada de amabilidad.
No la llamó. Pero apuntó su número, el que se repetía en las once notas, y lo guardó con un nombre: Amparo, madre 344 .
Había aprendido, en veinte años de oficio y en uno de sótano, que a los muertos no se les promete nada, porque no lo oyen, y que a los vivos se les promete todavía menos, porque sí lo oyen y luego vienen a cobrarlo.
De modo que no prometió nada. Se limitó a memorizar la línea de la 344 subiendo hacia el interior y a saber, con esa certeza serena y un poco triste que era lo más cercano a la paz que él conocía, que a la mañana siguiente estaría plantado en el arcén exacto del kilómetro 344.
Porque los sitios, cuando por fin vuelve alguien a mirarlos de frente, tienen a veces la decencia de guardar más preguntas que respuestas.
Arrancó. Y antes de meterse en el tráfico, hizo una cosa que hacía siempre sin darse cuenta, una manía vieja de policía: miró por el retrovisor a un lado de la calle y luego al otro. Los dos extremos. Por si acaso.
En el sótano, bajo tierra, la fotografía del coche vacío se quedó boca arriba sobre la mesa, esperando, como llevaba más de una década esperando, a que alguien tuviera por fin la mala idea de creerle.