1. El expediente 344 #2
—No. El atestado pone «se valora que resulta compatible con una marcha voluntaria».
—Rojas se pasó la mano por la cara, despacio—.
Y es lo más limpio que hay, Elena, esa es la trampa.
No hay una firma falsificada, no hay un soborno, no hay una trama.
Hay un guardia con turnos de doce horas y una carretera entera que vigilar, que se encuentra delante un coche vacío, un mensaje que dice «estoy bien» y un cajero que dice que la chica sacó mil doscientos euros esa misma noche.
¿Qué habría hecho cualquiera en su lugar?
Cerrar. La chica se ha ido. Pasa cada día. La comodidad no es un delito.
—No lo es —concedió Elena—. Pero es la puerta por la que entran todos los delitos.
—¿Y qué hicieron durante esas tres semanas?
—Lo que se hace. —Elena lo recitó con el tono de quien ha leído un expediente tantas veces que se lo sabe de memoria—.
Batidas por el monte con perros. Dragaron el embalse de más abajo, que para algo lo tenían a diez kilómetros.
Pincharon el teléfono, que no volvió a dar señal desde aquella noche.
Preguntaron en la estación de autobuses, en la de tren de la capital, en los hostales de la nacional. E interrogaron al novio.
—Había novio.
—Lo había. Un tal Enrique, Quique para el pueblo.
Habían discutido esa semana; medio Pedernal lo sabía.
Fue el primer sospechoso y fue el único, y durante quince días fue además el hombre más solo del pueblo, porque cuando desaparece una mujer todos miran al que tenía más cerca.
Le tomaron declaración tres veces. Tenía una coartada floja, pero la tenía.
Y sobre todo estaban el mensaje y el cajero, que gritaban que la chica se había ido por su propio pie.
Así que soltaron a Quique, y Quique hizo las maletas y se fue del pueblo, y en El Pedernal se quedaron con la versión cómoda: que Nuria Alsina se había largado con otro y que el pobre Quique, con lo buen chico que era, había cargado con el sambenito.
—Elena hizo una pausa—. Once años después, las únicas dos personas que seguimos creyendo que a Nuria le pasó algo somos su madre y yo.
—¿Y el bolso? —dijo Rojas, que había vuelto a coger el atestado y pasaba hojas hacia atrás—. Aquí, en el inventario del vehículo. No estaba el bolso. Ni el teléfono, ni la cartera.
—No estaban. —Elena lo miró—. Se los llevó ella, o se los llevaron.
Una mujer que abandona el coche en el arcén y se esfuma, ¿carga con el bolso?
Puede ser. Pero entonces dime por qué deja las llaves puestas en el contacto y en cambio se lleva el monedero.
Qué clase de huida es esa, en la que uno abandona lo caro y se lleva la calderilla.
Rojas no respondió. Aquella era, exactamente, la clase de pregunta que una década atrás nadie había querido hacerse, porque hacérsela obligaba a seguir trabajando, y no hacérsela permitía cerrar la caja y volver a casa a tiempo de cenar.
—No —dijo Elena, y se levantó—. La comodidad no es un delito. Pero es la puerta por la que entran todos.
Recogió su bolso. No había traído nada más que la caja y aquellas palabras, y las dos cosas las dejó allí, sobre la mesa de Rojas, sabiendo perfectamente lo que hacían juntas cuando se las dejaba solas a un hombre como él.
—Hay una cosa más —dijo, ya de pie, con la mano en la barandilla de la escalera—. Una cosa que a mí me quitó el sueño y que en el atestado está, pero está de pasada, en una sola línea, como si no importara. Léela tú, y me dices si a ti también te lo quita.
—¿Cuál?
—El depósito —dijo Elena—. Cuando encontraron el coche, el depósito estaba lleno.
Había un tique de la gasolinera del 331, de esa misma noche, de las nueve y veinte.
Lleno hasta arriba. —Empezó a subir la escalera, y su voz le llegó a Rojas ya desde lo alto, entre el eco metálico de los peldaños—.
Piénsalo, Rojas. Piensa en una mujer que ha decidido desaparecer para siempre, dejarlo todo, empezar de cero, borrarse del mundo.
Y esa misma noche, de camino a borrarse, para en una gasolinera y llena el depósito hasta el tapón.
—Una pausa—. ¿Para qué llena el depósito la noche en que no piensa volver?
Los tacones se alejaron por el pasillo de arriba. La puerta de la calle se abrió y se cerró. Y David Rojas se quedó solo en el sótano, con el flexo, con el coche vacío de la fotografía y con una pregunta clavada en el pecho como una china en el zapato.
Para qué llena el depósito la noche en que no piensa volver.
No subió enseguida. Se quedó con la caja abierta, sacando carpetas al azar, buscando a la mujer que había detrás del atestado, que es lo primero que aprende a hacer un policía viejo: buscar a la persona, no al caso.
La encontró en un sobre pequeño, sin rotular, al fondo de la caja.
Dentro había once notas. Once. Cada una con su fecha —el mismo día, el veintitrés de octubre, un año tras otro— y con el membrete de la comandancia de El Pedernal, y todas venían a decir lo mismo con la letra cansada de once agentes distintos: «Se persona en dependencias doña Amparo, madre de la desaparecida Nuria Alsina, interesándose por novedades en la investigación. Se le informa de que no las hay».
Más de una década. Una mujer que cada veintitrés de octubre se levantaba, se arreglaba, bajaba a la comandancia y preguntaba si había novedades, y cada veintitrés de octubre volvía a subir a su casa con la misma respuesta pesándole en el bolso.
No las hay. Rojas puso las once notas en fila sobre la mesa, en orden, como se ponen sobre un tablero los años de una condena, y las estuvo mirando un buen rato.
Había algo obsceno en aquella constancia, en aquella fe que la administración despachaba con una línea de formulario; y había algo peor todavía, y era que la mujer no se había rendido nunca, y que la única razón de que su hija siguiera siendo oficialmente «una que se fue» era que a nadie le había compensado jamás dedicar una sola noche a preguntarse por qué llena el depósito quien va a borrarse del mundo.
El veintitrés de octubre caía dentro de nueve días.
Rojas recogió las once notas, las devolvió a su sobre, y el sobre no lo dejó en la caja: se lo puso bajo el brazo, con lo poco que ya había decidido llevarse consigo.
No habría sabido decir por qué. Quizá porque una caja se queda en un sótano, y él quería llevarse a doña Amparo a donde quiera que fuese a ir a partir de aquella noche.
No se fue a casa.
Eran casi las once cuando terminó de leer el expediente entero, y en lugar de apagar el flexo y subir a la calle, Rojas cogió las llaves de su propio coche y bajó tres plantas más, hasta el depósito judicial, donde la jefatura guardaba lo que ni el tiempo ni los juzgados habían vuelto a reclamar.
El funcionario de guardia, un hombre mayor que leía el periódico deportivo con una lupa, lo miró como se mira a alguien que no rige del todo.
—¿A estas horas?
—A estas horas.
—¿Qué buscas?
—Un coche. Un Renault. Once años. Expediente de la 344.
El hombre suspiró, dejó la lupa sobre el mostrador y se metió por un pasillo entre vehículos cubiertos de fundas grises y de polvo: coches accidentados, coches robados y recuperados, coches de muertos.
Al fondo, bajo una funda que retiró de un tirón, apareció el Renault de Nuria Alsina.
Más pequeño de lo que parecía en la foto.
Más humano, también. Un coche de una persona que iba y venía al trabajo, con una pegatina descolorida de una gasolinera en la luna trasera y un ambientador de cartón en forma de pino colgado del retrovisor, tan reseco por los años que ya no olía a nada.
Rojas fue inventariando con la vista lo que veía a través de los cristales.
El cuentakilómetros marcaba una cifra modesta, la de quien hace siempre el mismo trayecto, casa-cantera-casa y poco más.
En el suelo del copiloto, una botella de agua mediada, el plástico combado por el calor de once veranos encerrado.
En la bandeja de atrás, un paraguas. Todo en su sitio, todo tan cotidiano que costaba creer que fuera el escenario de nada, y esa era precisamente la trampa: los lugares donde de verdad ha pasado algo casi nunca lo aparentan.
Faltaba el bolso. Volvió a comprobarlo, aunque ya lo había leído en el papel: ni bolso, ni teléfono, ni cartera.
Un coche entero, íntegro, sin violentar, con las llaves puestas y hasta el paraguas en su sitio, pero sin el bolso de su dueña.
Como si Nuria Alsina se hubiera bajado a hacer un recado de dos minutos, se hubiera llevado lo único que se coge para dos minutos, el bolso, y hubiera dejado lo que se deja cuando uno piensa volver enseguida: las llaves, el coche, el paraguas, la vida entera.
—No se puede abrir —dijo el funcionario—. Precinto judicial.
—No lo voy a abrir.
Rojas se agachó junto a la ventanilla del conductor y miró dentro con las manos cruzadas a la espalda, sin tocar nada.
El interior seguía tal cual, como si el tiempo, dentro de aquel coche, se hubiera detenido la noche de autos mientras todo lo demás envejecía fuera.
Un paquete de pañuelos en el asiento del copiloto.
Un mapa de carreteras plegado en la puerta.
Y en el contacto, dentro de una bolsa de pruebas transparente atada al volante con una brida, las llaves.
Las llaves puestas.