Caso 344 1. El expediente 344
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1. El expediente 344

Había en la Unidad de Reapertura una regla que no estaba escrita en ninguna parte y que, sin embargo, se cumplía con la puntualidad de las cosas ciertas: los muertos viejos llegaban siempre en viernes.

David Rojas no habría sabido explicar por qué, del mismo modo que no habría sabido explicar por qué llueve más los días en que uno ha lavado el coche; llevaba dos años en aquel sótano y había terminado por creer en la regla como se cree en el mal tiempo o en la mala suerte, sin fe pero con datos.

Los expedientes que nadie quería volver a abrir aterrizaban sobre su mesa a última hora del viernes, justo cuando el resto del edificio recogía sus cosas y se marchaba a vivir su vida de los vivos, y él se quedaba con la caja delante, el flexo encendido y toda una noche por delante para empezar a leer a un muerto que llevaba una década esperando que alguien, por fin, le hiciera caso.

Le habían retirado el expediente y le habían dado a cambio dos cosas: una placa de mérito que dormía en un cajón sin estrenar y una unidad de una sola persona, que era él.

En el organigrama constaba como responsable de algo; en la práctica, era el único que bajaba.

El sótano tenía una ventana estrecha y alta, a ras de la acera, por la que no se veía la calle sino los pies de quienes pasaban por ella, y, si uno se agachaba lo suyo, un pedazo de cielo del tamaño de un sello de correos.

Rojas había llegado a conocer el barrio entero por los zapatos: sabía la hora a la que pasaba la mujer de las bolsas, y reconocía al hombre que arrastraba un poco el pie derecho, y a los niños del colegio de enfrente cuando salían en tromba a las cinco.

Era, se decía algunas noches, un observatorio del mundo puesto boca abajo, un sitio desde el cual, mirando hacia arriba, se veía pasar la vida de los vivos por encima de la cabeza mientras uno se ocupaba de los muertos.

No había dado nunca con una definición mejor de su oficio.

Aquel viernes de octubre no fue una excepción a la regla, salvo en un detalle: la caja no la bajó un ordenanza. La bajó Elena Vidal.

Rojas la oyó antes de verla. Los tacones de Elena en la escalera de hierro tenían un sonido propio, seco y espaciado, un sonido que no se apuraba jamás y que él, a aquellas alturas, habría reconocido entre mil en la oscuridad.

Levantó la vista del informe que fingía leer.

Elena apareció por el hueco de la escalera con una caja de archivo entre las manos y con esa costumbre suya de recorrer con la mirada una habitación entera antes de posarla en la persona que había dentro, como si calculara las salidas antes que nada.

—Creía que ya no bajabas al sótano —dijo Rojas.

—No bajo. —Dejó la caja sobre la mesa, justo dentro del círculo de luz del flexo, con un cuidado que no era el de quien suelta un peso, sino el de quien coloca una pieza en su casilla—. Bajo hoy.

Había pasado casi un año desde lo del 117, y en ese año Elena Vidal se había convertido, para Rojas, en algo para lo que él todavía no tenía una palabra.

No era una confidente, porque una confidente cuenta lo que sabe, y Elena contaba únicamente lo que le convenía que él supiera.

No era una colega, porque no llevaba placa.

No era una amiga; Rojas ni siquiera estaba seguro de que Elena tuviera de eso.

Era, más bien, una mujer que once años atrás había perdido a una hermana dentro de un archivo y había decidido, en frío, sin lágrimas, dedicar el resto de su vida a desenterrar a los que el sistema había tenido la comodidad de sepultar en papel.

Tenía una lista. Rojas no la había visto nunca entera, y sospechaba que era larga, y sospechaba también que él, sin haberlo buscado, se había convertido en la mano de la que Elena se servía para irla tachando, un nombre tras otro.

—¿Qué me traes? —dijo.

Elena no contestó enseguida. Retiró la tapa de la caja con dos dedos y la dejó a un lado.

Dentro estaba lo de siempre, la arqueología de una vida archivada: carpetas descoloridas, un sobre grande, un disco rayado en su funda, la fotografía de un coche.

Rojas alargó la mano hacia la fotografía sin pedir permiso.

Un Renault de color ya indefinible, de los que habían dejado de fabricarse, parado en el arcén de una carretera bajo una luz sucia de amanecer.

Vacío. Las puertas cerradas. Nada roto, nada forzado.

Un coche esperando a alguien que no iba a volver.

—Nuria Alsina —dijo Elena—. Treinta y un años. Desapareció hace once, una noche de octubre, en la N-344, a la altura del kilómetro trescientos cuarenta y cuatro. Su coche apareció al amanecer en el arcén. Ella no apareció nunca.

—¿Y?

—Y la Guardia Civil de Tráfico instruyó las diligencias, buscó tres semanas y archivó. Marcha voluntaria. —Elena hizo una pausa mínima antes de las dos palabras, la justa para que Rojas notara que le sabían mal en la boca—. Una mujer que decide irse. Sucede.

—Sucede —admitió Rojas.

—Sucede. —Se sentó al fin en la silla de enfrente, sin que él la hubiera invitado—.

La madre no lo creyó jamás. Se llama Amparo.

Lleva once años llamando a la comandancia el mismo día, el del aniversario, para preguntar si hay algo nuevo.

Once llamadas. Once veces que le han contestado que no.

El expediente lleva cuatro años transferido a esta unidad, criando polvo en la balda de arriba, sin que nadie lo abriera.

Este año, cuando la mujer vuelva a llamar, me gustaría que le respondiera alguien que se hubiera leído al menos la primera página.

Rojas la miró por encima de la fotografía. Había aprendido a desconfiar del modo en que Elena decía «me gustaría». Elena no formulaba deseos; Elena colocaba palancas y esperaba, con paciencia, a que la gravedad hiciera el resto.

—¿Por qué este? —preguntó—. Tienes una caja entera de gente que no volvió. ¿Por qué Nuria Alsina, por qué esta noche, y por qué me lo bajas tú en persona en lugar de mandarlo con el ordenanza como todo lo demás?

Por primera vez desde que había bajado, Elena tardó en contestar. Miró la fotografía del coche, y por su cara cruzó algo que Rojas no alcanzó a leer y que se había ido antes de que él pudiera intentarlo siquiera.

—Porque el nombre de Nuria Alsina está en una lista que yo tengo —dijo—.

Y porque lo que le ocurrió a Nuria tiene que ver con algo que alguien me debe desde hace mucho tiempo.

No te voy a contar el qué, todavía no. Te voy a contar lo justo para que hagas tu trabajo, y me guardaré el resto, como hago siempre, porque es lo único que sé hacer para no volverme loca.

—Levantó los ojos hacia él—. ¿Te vale con eso?

—Nunca me vale —dijo Rojas—. Pero nunca me das más.

—Eso quiere decir que nos entendemos.

Rojas dejó la fotografía boca arriba sobre la mesa, y por un momento los dos se quedaron mirándola en silencio, el coche vacío en el arcén, la carretera perdiéndose al fondo hacia un monte que el encuadre no llegaba a mostrar.

Muy arriba, en la calle, se oyó el portazo de alguien que se marchaba a casa a empezar el fin de semana.

Abajo, en el sótano, el flexo zumbaba con esa constancia de insecto eléctrico que a Rojas ya le hacía compañía las noches en que no había nadie más.

—Cuéntame la versión oficial —dijo.

Elena sacó del sobre una fotocopia del atestado y se la tendió.

Rojas la cogió, se echó hacia atrás en la silla y se puso a leer con esa lentitud tan suya, la de quien no lee para enterarse de lo que pasó sino para dar con el punto exacto en que alguien, sin querer o queriendo, dejó de decir la verdad.

El atestado era pulcro. Fue lo primero que le llamó la atención, aunque tardó un rato en entender por qué se la llamaba: era demasiado pulcro para tan poca cosa.

Un turismo hallado en el arcén de la N-344, a la altura del punto kilométrico 344, en dirección descendente, hacia las seis y media de la mañana, por el conductor de un camión de reparto que dio el aviso.

Se persona la patrulla. El vehículo se encuentra correctamente estacionado, sin signos de violencia, con las puertas cerradas y sin echar la llave.

Se identifica a la titular como Nuria Alsina, con domicilio en la localidad de El Pedernal, empleada en la empresa Áridos Corvo S.

L. Se practican gestiones. La familia manifiesta que la titular no ha pernoctado en el domicilio.

Rojas pasó la página.

Se recogen indicios de que la desaparición pudiera obedecer a un abandono voluntario del domicilio.

Consta un mensaje de texto remitido desde el terminal de la desaparecida a su madre, a las 23:47 horas de la noche de autos, del siguiente tenor: «Mamá no te preocupes por mi necesito irme una temporada ya te llamaré estoy bien».

Consta igualmente una disposición de efectivo por importe de mil doscientos euros en cajero automático de la localidad, a las 23:52 de la misma noche.

Se valora que ambos extremos resultan compatibles con una marcha voluntaria.

Rojas leyó aquello dos veces. Después lo leyó una tercera, y en la tercera fue cuando lo vio.

—El mensaje —dijo—. «Necesito irme una temporada.» Sin un punto. Sin una coma. «Por mi» sin acento.

—Nuria Alsina trabajaba en una báscula —dijo Elena—. Se pasaba el día cuadrando partes de pesaje. Su madre dice que ponía las comas hasta en la lista de la compra.

—Y sin embargo, la última noche de su vida, le escribe a su madre un mensaje de despedida como lo escribiría cualquier otra persona. —Rojas dejó el atestado sobre la mesa—. O como lo escribiría alguien que tiene su teléfono en la mano y necesita que parezca que se ha marchado.

—Eso mismo pensé yo —dijo Elena—. Pero eso el atestado no lo pone.