Prólogo. La última noche #3
Redujo al llegar al 344. A la derecha, un camino de tierra se metía en la obra entre dos montañas de grava, y al fondo, apagadas, dormían las siluetas de las máquinas: la extendedora, el rodillo, la pala, quietas como animales grandes echados en la oscuridad.
Ni una luz. Ni un coche. Nuria detuvo el suyo en el arcén, dudó, y luego hizo una cosa que un hombre al que ella no conocería jamás entendería, once años más tarde, en menos de un segundo, mirando la fotografía de aquel arcén: dio la vuelta al coche.
Maniobró despacio en el ancho del tramo nuevo y dejó el morro apuntando hacia abajo, hacia el pueblo, hacia su casa, hacia el camino de vuelta.
Lo dejó así porque pensaba volver enseguida. Lo dejó listo para seguir.
Y aquel gesto, el de dar la vuelta al coche, fue la última frase entera que escribió Nuria Alsina, y la escribió sin palabras.
Once años después, cuando ya no quedaba de ella ni una foto en el bar ni una voz que la defendiera, aquel coche seguiría apuntando hacia abajo en una imagen guardada en una carpeta, diciéndole a quien tuviera la paciencia de leerlo lo único que hacía falta entender: que aquella mujer pensaba volver.
Los muertos no dejan cartas; dejan cosas así.
Un depósito lleno. Un morro apuntando a casa.
Una puerta cerrada sin la cadena. Y hace falta que llegue alguien, mucho tiempo después, dispuesto a mirar un arcén y a preguntarse qué hace un coche colocado de esa manera.
Apagó el motor, y el silencio de la sierra se le echó encima de golpe, ese silencio de carretera de noche que no es silencio sino un rumor bajo hecho de viento en los pinos, de agua lejana, de un grillo tardío al que la lluvia no había callado.
Cogió el bolso. Pensó en dejar las fotocopias en la guantera y no las dejó; se las guardó por dentro del abrigo, contra el cuerpo, sin saber muy bien por qué, con ese instinto que a veces avisa cuando ya no queda tiempo de hacer caso.
Se bajó del coche. Dejó las llaves puestas en el contacto, como hacía siempre en el pueblo, porque en el pueblo nadie roba un coche y ella era del pueblo.
Al fondo del camino, entre las montañas de grava, una linterna se encendió y se apagó una sola vez. Aquí estoy. Ven. Una señal cordial, de las de siempre.
Nuria se quedó quieta un instante junto al coche, con la mano todavía en la puerta abierta.
De todo lo que un policía viejo llegaría a reconstruir de aquella noche, minuto a minuto, a lo largo de meses, lo único que no pudo averiguar nunca fue qué pensó Nuria Alsina en ese instante: si sospechó algo, si le pasó por la cabeza volver a subirse y bajar el puerto, o si no pensó nada, si solo era una mujer de treinta y un años con frío en un arcén, a la que habían llamado para cuadrar unos papeles y que tenía prisa por volver a casa a ver con su madre el final de la película.
Lo único que se sabe es lo que hizo. Cerró la puerta con cuidado, para no dar un portazo en aquel silencio.
Se ajustó el abrigo. Se apretó contra el pecho, con el antebrazo, el bulto de las fotocopias, comprobando que seguían ahí, ese gesto que hace uno cuando lleva encima algo que le importa.
Y echó a andar hacia la luz, deprisa, con los hombros encogidos de frío, pisando la grava con sus botas bajas de ir al trabajo.
Treinta y un años. Una libreta de hule con las cuentas de la casa y una lista titulada «para la vida nueva».
Un anillo guardado en una caja, sin estrenar, esperando esa vida.
Una madre despierta con la puerta sin echar.
Y doce fotocopias apretadas contra el corazón que llevaba tres semanas sin poder soltar.
Fue lo último que hizo en este mundo: andar hacia una luz que la llamaba con la voz de todos los días, con la verdad apretada contra el pecho, convencida de que iba y volvía.
Eran las diez menos cuarto de la noche de un viernes de octubre.
Quince kilómetros más abajo, en El Pedernal, su madre tapaba la sopa por si volvía con hambre.
En el bar de la plaza, un capataz de manos grandes se tomaba el tercer carajillo sin hablar con nadie, mirando el móvil, esperando una llamada que no quería recibir.
A hora y media de allí, en un taller de la capital, un mecánico que aún no sabía que iba a pasarse once años siendo el culpable para todo el mundo echaba la persiana y se marchaba a cenar.
Ninguno de los tres volvería a ser el mismo.
Ninguno de los tres, aquella noche, sospechaba nada.
Detrás de Nuria, en el arcén del kilómetro 344, quedó el coche con el depósito lleno, las llaves puestas y el morro apuntando a casa.
La lluvia no volvió. El viento movió los pinos.
Y la carretera, que llevaba todo el otoño tragando en silencio cuanto le echaban encima —la grava, el alquitrán, lo que entraba de noche por la puerta de atrás—, se dispuso a guardar, con la misma paciencia mansa con que lo guardaba todo, un secreto más.
Tardaría once años en devolverlo.