Caso 344 Prólogo. La última noche #2
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Prólogo. La última noche #2

Y, sin embargo, estaba el arroyo del barranco bajando turbio desde hacía dos años sin que nadie supiera decir por qué; estaban las cabras del Nemesio, muertas en una noche de un mal que ningún veterinario puso por escrito; estaba el pozo del que bebía medio pueblo, ladera abajo, justo debajo del terraplén; estaba aquel olor dulzón en las noches sin viento; y estaba, por encima de todo, la certeza de que la cosa no iba a pararse sola, de que cada madrugada entraba un camión más, y de que llegaría un día en que ya no habría fuerza humana capaz de sacar de debajo del asfalto lo que allí abajo se estaba pudriendo.

Se lo dijo a Quique una noche, en el coche, aparcados a las afueras como dos chiquillos, y Quique le dijo que se dejara de historias, que aquello no era cosa suya, que se casaran de una vez y se marcharan lejos.

Ella se quedó mirando el parabrisas sin contestar, porque quería explicarle algo y no daba con las palabras.

Era esto: que sí era cosa suya. Que si el que pesa los camiones no cuenta lo que pesan, no lo cuenta nadie, porque nadie más lo sabe.

Que era ella, aquel otoño, la única persona sobre la tierra con los números en la mano.

Y que hay veces en que a uno le toca, sin buscarlo y sin quererlo, ser el único que puede hablar.

Aquella misma noche, antes de acostarse, escribió en la libreta una frase y la subrayó dos veces, apretando tanto el bolígrafo que el surco quedó marcado en las hojas de abajo.

Seis palabras que un policía cansado leería once años después a la luz de un flexo, en un sótano, y ya no olvidaría mientras viviera:

«Tengo miedo. Pero hay que decirlo.»

El teléfono había sonado a las ocho y media, mientras cenaban.

Un número conocido. La voz cordial de siempre, la que en el pueblo ponía todo el mundo al hablar con ella, porque era la chica de la báscula y la chica de la báscula caía bien: «Nuria, hija, cuando puedas pásate un momento por la obra, que hay que cuadrar los partes del mes antes de que suba el aparejador el lunes, y tú eres la única que se aclara con eso».

Un momento. Cuadrar los partes. El lunes.

Todo tan normal, tan de cada fin de mes, que Nuria dijo que sí sin pensarlo, y solo al bajar la calle Fragua se le ocurrió que era raro que la llamaran de noche, y solo mucho más tarde, ya en el puerto, que era raro que la citaran en la obra, en el tramo nuevo, donde a esas horas no había ni caseta, ni luz, ni un alma.

Pero para entonces ya subía, y en la comarca las cosas se hacían así, con una llamada y un favor, y a Nuria Alsina no la habían criado para negarle un favor a quien le daba de comer.

Subiendo el puerto tuvo miedo, y conviene decirlo, porque después, cuando el pueblo se pasó once años contando su historia del revés, a nadie se le ocurrió imaginar aquellos quince kilómetros.

No fue un miedo con forma; fue una incomodidad, una china en el zapato, un por qué de noche, un por qué en la obra, un por qué yo si los partes los tiene también la oficina.

Le fue dando vueltas curva a curva, y curva a curva se lo fue quitando de encima con las razones sensatas de siempre, que son las razones que nos pierden a todos: porque en la cantera se trabaja así; porque a él le gusta tenerlo cuadrado antes de que venga el aparejador; porque me lo ha pedido con la voz de los buenos días, la voz del que pagó medio entierro de mi padre; porque llevo nueve años subiendo ahí y nunca me ha pasado nada; porque, si le digo que no, ¿con qué cara lo miro el lunes?

Esa fue la trampa, y no era una trampa de listos, sino la de siempre, la única que hace falta: no se caza a la gente con violencia, se la caza con normalidad, se la llama con la voz de cada día y se le pide un favor de cada día, y la gente acude, porque negarse exige una sospecha que ninguna persona decente se atreve a decir en voz alta sin pruebas.

Nuria llevaba las pruebas contra el pecho, y aun así subió, porque una cosa es tener papeles que acusan a un hombre y otra muy distinta mirar a ese hombre a la cara y decirle que no.

Hubo un momento, en la curva del 341, en que estuvo a punto de dar la vuelta.

Levantó el pie del acelerador y lo dejó un segundo entero en el aire, pensando doy media vuelta, me voy a casa, mañana bajo a la capital y sea lo que Dios quiera.

Luego volvió a pisar, porque se dijo lo que se dicen las personas ordenadas, que faltaban pocos días para el lunes y que dejar los partes sin cuadrar sería una chapuza, y ella no era una chapucera; y porque además —y esto es lo que más duele— pensó que si empezaba a comportarse de manera rara, si empezaba a decir que no a las cosas, don Ismael sospecharía, y entonces sí que correría peligro de verdad.

Es decir: subió por prudencia. Subió creyendo que subir era lo seguro.

El tramo nuevo empezaba en el kilómetro 340, y se notaba en el volante, en el modo en que el asfalto pasaba de viejo a joven, de gris a negro, sin junta, con esa mansedumbre lisa de las cosas recién hechas.

Llevaban todo el otoño ensanchando la nacional en aquella curva larga, comiéndole al monte un terraplén enorme para que la carretera no se descolgara al barranco, rellenándolo día y noche con los camiones de Áridos Corvo, apisonando, echando zahorra, echando encima la mezcla caliente que olía a alquitrán y a algo quemado.

Nuria había pesado casi cada uno de aquellos camiones.

Sabía mejor que nadie lo que había debajo de aquel asfalto tan nuevo. O creía saberlo.

Pasó el mojón del 343 y, a la derecha, en el arcén, la placa de la obra sobre sus dos patas de hierro: el escudo, el nombre del proyecto, el presupuesto, las fechas.

La había visto quinientas veces sin mirarla.

Aquella noche los faros la barrieron y ella leyó, sin querer, la fecha de final de obra, que estaba ahí mismo, a la vuelta de la esquina.

Unos días. Eso, precisamente eso, era lo que la había puesto en marcha, porque mientras el terraplén siguiera abierto lo de debajo podía sacarse, bastaba con que alguien mandara una máquina; pero en cuanto echaran la última capa y el aparejador firmara el papel y aquello se volviera carretera del Estado, ya no habría manera humana de tocarlo.

Nadie levanta una nacional. Nadie destripa una obra pública recién estrenada por lo que diga la chica de una báscula.

Nuria lo había entendido con esa lucidez tan suya, la de la gente que trabaja con fechas: su vida se había convertido, sin que ella lo eligiera, en una carrera contra un calendario de obra.