Caso 344 Prólogo. La última noche
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Caso 344

Caso 344

Por Juan Hernandez Rodriguez

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Prólogo. La última noche

Hay carreteras que parecen hechas para llevar a la gente a algún sitio y otras que parecen hechas para quitársela al mundo, y la que subía el puerto por encima de El Pedernal era de las segundas.

Nadie la había querido nunca. La habían trazado los ingenieros de otro siglo por donde se pudo y no por donde convenía, ciñéndola a la ladera con la terquedad de las obras antiguas, curva sobre curva, de modo que quien la subía de noche tenía la sensación de estar internándose no en un monte sino en la garganta de algo, en un pasadizo que se estrechaba y se retorcía y no enseñaba nunca lo que venía después.

De día pasaban camiones. De noche, casi nadie, y la sierra cerraba a los dos lados su masa negra de pinos sobre el asfalto como se cierra el agua sobre una piedra que cae, sin ruido, sin dejar señal, tragándola entera.

Aquella noche de octubre llovía sobre ella una lluvia fina que había empezado a media tarde y que ya se retiraba, dejando el firme mojado, negro, reluciente, un espejo largo y torcido donde los pocos faros que subían se miraban deformados antes de perderse en la siguiente revuelta.

La humedad bajaba de los pinares en jirones que no eran niebla todavía pero lo serían de madrugada, y se posaba sobre las cosas —el quitamiedos oxidado, los mojones blancos, las señales comidas de herrumbre— con la delicadeza con que se posa el polvo sobre los muebles de una casa cerrada.

Era una carretera hermosa, a su manera fúnebre.

Era también, aunque nadie lo supiera todavía aquella noche, una tumba con el hoyo ya abierto, esperando.

A las nueve y veinte subió por ella un coche pequeño, de los de ir y venir al trabajo, con una sola persona dentro.

La mujer que lo conducía se llamaba Nuria Alsina y tenía treinta y un años, y si alguien la hubiera visto pasar —pero no había nadie para verla— no habría notado en ella nada de particular: una chica de pueblo al volante, las dos manos puestas, la radio apagada, subiendo el puerto de noche como lo había subido mil veces.

No se le veía el miedo por fuera. El miedo lo llevaba por dentro, callado, del mismo modo en que llevaba, apretadas contra el pecho por debajo del abrigo, doce fotocopias dobladas en cuatro que eran la razón de que aquella noche, la última de su vida, no fuese una noche cualquiera.

Había cenado en casa, con su madre, como todas las noches desde que faltaba su padre.

Sopa y tortilla, la televisión hablando sola en un rincón, la conversación de siempre sobre la vecina del segundo y sobre lo que había dicho el médico, esa clase de charla menuda y tibia con que una madre y una hija se acompañan sin necesidad de decirse nada que importe.

Cuando sonó el teléfono, Nuria se levantó a por el abrigo.

Su madre asomó desde la cocina con el trapo en la mano y le dijo lo que dicen todas las madres cuando un hijo se echa a la calle a deshora, esa mezcla de reproche y de susto que no sirve para nada y que se dice igual:

—¿Ahora? Pero, hija, si es de noche.

—Voy y vuelvo, mamá. Déjame la puerta cerrada pero sin llave.

Lo dijo sin volverse, buscando ya en el bolso el tacto frío de las llaves, con la ligereza distraída de las frases que se han dicho mil veces sin que ninguna pesara: voy a por el pan y vuelvo, voy un momento y vuelvo.

Bajó la calle Fragua con las manos en los bolsillos y el cuello subido, y doña Amparo no salió al descansillo a verla marchar, porque nunca salía, porque para qué, si la niña bajaba un momento como bajaba siempre y en un rato estaría de vuelta con el frío pegado a la cara.

Fregó los platos. Guardó la loza. Apagó el televisor.

Antes de acostarse dejó la puerta cerrada pero sin la cadena, para que su hija pudiera entrar sin despertarla.

La dejó así, sin echar, durante once años.

Antes de subir, Nuria paró a repostar en la gasolinera del kilómetro 331, la última que tenía luz antes de que la carretera se echara al monte.

La explanada estaba vacía. Bajo la marquesina, los fluorescentes derramaban esa claridad blanca y sin calor de las gasolineras de noche, la que no ilumina la oscuridad sino que la señala.

Llenó ella misma el depósito, sintiendo el frío de octubre subir por la manguera hasta los dedos, y lo llenó hasta el borde, hasta que el surtidor dio el tirón seco del basta.

Cuarenta y ocho litros. Es un detalle pequeño y sin embargo lo dice todo, porque nadie llena el depósito la noche en que ha decidido no volver: llenar el depósito es una promesa que uno se hace sin darse cuenta de que se la hace, la de que mañana seguirá vivo para gastarlo.

Dentro, tras el mostrador, con las gafas caídas en la punta de la nariz y la televisión encendida a su espalda, estaba la dueña, que la conocía desde que Nuria no levantaba un palmo del suelo.

—¡Nuria! ¿Tan tarde, hija?

—Cosas del trabajo. Un momento y para casa.

—Anda, que os matáis a trabajar en esa cantera. ¿Y tu madre, qué tal?

—Ahí sigue. Bien.

—Dale recuerdos.

—Se los daré.

Nada más. Una conversación de doce segundos entre dos mujeres que se conocían de toda la vida, en una gasolinera vacía, a las nueve y pico de una noche de octubre.

La última que Nuria Alsina tuvo con alguien que no quería hacerle daño.

Aquella mujer se pasaría luego once años repasándola en la cama, buscándole una grieta, una señal, algo raro en la voz de la chica que ella hubiera debido notar y no notó; y nunca encontró nada, porque no había nada, y en eso estaba el horror verdadero de aquella noche, en que fue una noche perfectamente corriente hasta el minuto exacto en que dejó de serlo.

La mujer le tendió el cambio con el tique, y Nuria, en vez de tirarlo como hace todo el mundo, lo dobló y se lo guardó, y antes de arrancar sacó del bolso una libreta de tapas de hule y apuntó el gasto con su letra menuda: la fecha, los litros, el importe, cada cifra con sus comas en su sitio.

Porque así era ella, incapaz de alinear tres números sin ordenarlos como Dios manda, de esas personas que puntúan hasta la lista de la compra.

Nadie podía saberlo entonces, pero aquella manía suya de puntuarlo todo iba a ser, once años después, la primera grieta por donde se colaría la verdad, porque el hombre que redactó el mensaje con que la dieron por desaparecida no había puesto una coma en su vida.

Lo que llevaba contra el pecho, debajo del abrigo, eran doce fotocopias, y en aquellas doce hojas cabía una historia que Nuria había tardado nueve años en tener delante y una sola tarde de septiembre en comprender.

La recordaba entera, con la luz y la hora exactas, como se recuerdan las tardes en que a uno se le parte la vida en un antes y un después.

Un jueves, a eso de las siete, con el sol bajo entrando de refilón por la ventana corredera de la caseta de la báscula y el polvo de la cantera flotando en aquel rayo como si el aire estuviese hecho de harina.

Cuadraba el mes, que era lo suyo, y le faltaban camiones; no unos pocos, muchos.

En el papel salían quinientas toneladas de zahorra hacia la obra, y ella, que era quien pesaba, sabía que habían salido trescientas.

Rehízo las sumas tres veces, dando por sentado que el error sería el suyo, porque una da siempre por sentado que el error es el suyo. No lo era.

Entonces miró la otra columna, la de lo que entraba, y vio de golpe lo que llevaba meses sin querer ver: que a una cantera, que es un sitio del que la piedra sale, le entraban de noche camiones cargados con matrícula de otra provincia, que ella misma los había pesado, y que en la casilla del concepto no había nombre, solo un código.

Le vino a la memoria el olor de una noche de agosto, cuando uno de aquellos camiones pasó con la lona suelta y le llegó una vaharada que no era de tierra ni de grava, un olor químico y dulzón que se le quedó agarrado a la garganta dos días.

Le vinieron los bidones azules y abollados que había entrevisto una vez, apretados en filas bajo otra lona.

Le vinieron los peones a los que llamaban «a echar horas» de madrugada y a los que se pagaba aparte, en un sobre.

Le entró entonces en el estómago un frío que ya no se le fue, porque la aritmética le acababa de contar, en cinco minutos y sin adornos, que la empresa donde llevaba nueve años le estaba cobrando al Estado por una montaña de piedra que no existía y a la vez le cobraba a alguien de fuera por enterrar veneno debajo de la carretera por la que su propia madre subía al médico.

Las dos cosas a un tiempo, en el mismo agujero.

Estuvo tres semanas sin dormir, no con la pregunta de si aquello era verdad, que lo era, sino con la otra, la que no la dejaba: y yo qué hago.

Porque hablar en El Pedernal no era como hablar en una ciudad.

Allí, enfrente, no había una empresa y una autoridad; había un hombre.

Un hombre que daba de comer a doscientas familias, la de Nuria entre ellas; que había mandado flores y pagado la mitad del entierro cuando murió su padre, sin que nadie se lo pidiera; que la paraba en la plaza para preguntarle por su madre llamándola por su nombre.

Señalarlo era condenar a su madre a no volver a entrar con la cabeza alta en la iglesia, era dejar sin jornal a medio pueblo y cargar ella con el reproche el resto de su vida.