Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4) Capítulo 15
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Capítulo 15

C ecilia estaba sentada en el auto de su hermana, con el corazón latiéndole tan rápido que parecía querer salirse del pecho, mientras los sonidos lejanos de la fiesta se filtraban por las ventanas. Santiago tenía sentimientos por ella. Lo había declarado frente a medio pueblo.

Debería sentirse incómoda por su posesividad, preocupada porque él era su jefe…

pero el miedo que sentía no era por eso.

El latido acelerado en su pecho no se debía al temor de perder su trabajo, sino a la esperanza.

Se sentía como una adolescente con mariposas en el estómago por primera vez en su vida, porque un chico la quería.

Todo cobraba sentido ahora: la manera en que siempre la trataba distinto, por qué estaba tan pendiente de ella, por qué detestaba a Bruno y pensaba que era un estúpido por dejarla.

Santiago la amaba, y ella sentía algo nuevo y emocionante por él. Pero era un error: acababa de separarse, y Santiago merecía algo mejor que ser el clavo que saca otro clavo; además, trabajaban juntos y una relación podría complicar todo.

Suspiró. ¿Cómo se empieza una relación con un amigo que además es tu jefe? No habría citas, ni tiempo para conocerse… y ella no había salido con nadie en la última década; la idea le parecía humillante.

Alguien golpeó la ventana del auto y vio a Santiago del otro lado del cristal. Su rostro preocupado le hizo un nudo en el estómago; necesitaba hablar con él.

—Lo siento, arruiné todo —dijo él.

Estaba de rodillas, despeinado y desordenado, y a ella le gustó cómo se veía; se preguntó qué haría si ponía sus manos en ese cabello perfecto.

—Está bien —dijo ella, tomando su mano, manchada de sangre—. ¿Te lastimaste?

—No es mía —respondió él, avergonzado. Santiago podía ser frío y severo con la gente, pero ella nunca antes lo había visto perder el control—. Lo siento por pelearme con él, lo vi forzándote y no pude evitarlo, fue inmaduro. Te prometo que nunca volveré a caer tan bajo.

—Quizá la próxima vez me dejes a mí golpear a los hombres que se comportan de manera inapropiada —pidió ella.

Él asintió.

—Es lo justo, solo te daré tu regalo de cumpleaños y me largo de tu vista —prometió.

Cecilia miró el reloj del tablero; ya era pasada la medianoche y, oficialmente, había cumplido treinta y ocho años.

—Te acordaste —dijo. Pero en realidad él siempre lo hacía; cada año encontraba algo especial para ella.

—¿Cómo podría olvidarlo? —respondió.

Y, al mirarla, no era un hombre, sino un chico buscando señales de que la chica que le gustaba también sentía algo por él.

Sacó de su chaqueta una pequeña caja elegantemente envuelta.

Cuando Cecilia levantó la tapa, encontró dos finas pulseras negras con prioras brillantes y un cierre dorado en cada una.

—Gracias —dijo. Nunca había usado algo así y se preguntó qué estaría pensando Santiago al imaginarla con ellas puestas.

—Son solo para ocasiones muy especiales —dijo él.

Cecilia lo besó en la mejilla y, cuando se retiraba, él la sostuvo por el cuello. El contacto fue apenas una caricia, pero ella se quedó paralizada, sin poder moverse, atrapada en el hechizo de sus ojos suplicantes. Contuvo la respiración, esperando su siguiente movimiento.

—¿Vamos a hacer algo al respecto? —susurró él.

Estaba tan cerca y la miraba de una manera que ningún otro hombre lo había hecho, y probablemente fuera el efecto del tequila, pero ella deseó besarlo.

—Sería un error —decidió.

—Entonces comete todos tus errores conmigo —rogó él. Sus ojos oscuros la atravesaban.

Ella rozó sus labios con los de él y se detuvo para ver su reacción. Él sonrió radiante.

—¡Feliz cumpleaños, hermana! —interrumpió Laura.

Detrás de ella, todas sus amigas tenían regalos en las manos, y la miraban con expresión sorprendida.