Capítulo 13
S antiago estaba seguro de que Cecilia había estado celosa desde aquel día en el partido de béisbol, cuando lo separó de Bianca y luego afirmó que había olvidado los »papeles» en otro sitio.
Sin embargo, durante la última semana no había podido encontrarla por ningún lado, y ahora estaba convencido de que ella lo estaba evitando.
Últimamente, si él la buscaba, ella se iba corriendo al baño; solo se comunicaba con él a través de Florencia y se regresaba a casa en autobús en lugar de aceptar que él la llevara.
Incluso consideró la idea de convocarla a una reunión falsa, pero estaba seguro de que ella no se lo creería.
Así que ahí estaba, en la fiesta de Halloween, con la esperanza de hablar con ella, de declararle los sentimientos que había escondido durante diez años. Lo sentía: ese era su día de suerte.
Toda la plaza había sido decorada para la fiesta.
En el centro había un castillo falso gigantesco, con dos torres delgadas y puntiagudas.
La fachada de piedra estaba hecha de paneles livianos que imitaban piedras viejas y desgastadas, con hiedra artificial y telarañas falsas.
Luces parpadeantes proyectaban sombras fantasmales sobre el suelo.
Vio gente disfrazada de gárgolas, vampiros y zombis; parecía que el pueblo entero se había esmerado al máximo.
Su sobrino Juan Pablo y Maga custodiaban la entrada y cobraban los boletos.
Todo el mundo quería entrar al castillo.
—Tienes que venir disfrazado o no puedes pasar —dijo Juan Pablo en cuanto Santiago le entregó un billete de veinte.
—Traigo disfraz —mintió Santiago.
Solo quería entrar; no había forma de que regresara a su casa a buscar algo que pudiera reciclar como atuendo terrorífico.
—¿Y qué se supone eres con tu traje gris que usas todos los días? —preguntó su sobrino.
—Soy un mayordomo, ¿ves? —dijo Santiago, tomando la bandeja que Juan Pablo sostenía y devolviéndosela con una reverencia.
—Yo habría dicho James Bond —comentó Maga—. Aquí está tu vuelto.
—Quédatelo —respondió él, entrando apresurado. Lo único que quería era encontrar a Cecilia.
Dentro del castillo, un DJ disfrazado de vampiro mezclaba el último éxito del verano. Parecía que todo el pueblo se había amontonado en esos cien metros cuadrados, pero no había rastro de Cecilia. Vio a Ariana bailando con su esposo y se acercó.
—Ariana, ¿has visto a Cecilia? —preguntó casi a gritos para que lo oyera con el volumen tan alto de la música. Ambos llevaban disfraces combinados de Sandy y Danny, de «Grease».
—¡Hola! —chilló ella—. Está bailando junto al caldero de la bruja.
—¿Y eso dónde queda? —preguntó Santiago, desconcertado.
Ariana se encogió de hombros y siguió bailando. Él decidió dar otra vuelta por la fiesta. Después de un rato de conversaciones incómodas con gente que se acercaba a saludarlo, Santiago encontró a Florencia bailando con Ignacio. La chica se puso rígida como soldado en formación cuando él se acercó.
—Señor, hola, señor —dijo Florencia. Solo le faltó saludar militarmente. Ignacio reprimió una carcajada.
—Hola —respondió Santiago—. ¿Has visto a Cecilia?
—Está bailando junto a la tumba de Frankenstein —dijo Florencia, información nada útil.
Santiago suspiró.
—¿Y eso dónde es?
La chica señaló hacia una pared del castillo, pero Santiago no vio a Cecilia; solo había un grupo de adolescentes susurrándose al oído.
—Están del otro lado —intervino Ignacio—. Ella se fue con los doctores a buscar un lugar más tranquilo para pasar el rato.
—Gracias —dijo Santiago, dándole a Florencia el saludo militar, y salió.
Llegó sin aliento al cementerio falso. Había corrido por si acaso Cecilia se movía de lugar y volvía a perderla. Pero los dioses estaban de su lado esa noche: Cecilia estaba junto a Kevin y Silvia, y también vio a Laura acorralada contra una lápida, riéndose con algún tipo.
El resto del grupo charlaba animadamente; era evidente que llevaban un buen rato bebiendo. Cecilia, en cambio, bailaba sola, con los ojos cerrados y un vaso en la mano. Llevaba un vestido largo negro, cubierto de telarañas brillantes. Estaba radiante. Era perfecta.
Santiago se preguntó cómo acercarse. ¿Se alegraría de verlo? ¿Lo aceptaría? Ojalá fuera lo suficientemente valiente como para invitarla a bailar. Siempre había sido pésimo para el baile, con dos pies izquierdos. Entonces comenzó a sonar una salsa y vio a un hombre acercarse para pedirle bailar.
Era Mauricio.