Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

—¡O h, hola! ¿Qué haces aquí? —preguntó Ariana a Cecilia. Era una de las vendedoras de la oficina—. Pensé que no te gustaba el béisbol. —Ariana arrullaba a su bebé mientras su esposo calentaba en el campo.

—Maga me invitó —explicó Cecilia—. Me dijo que era bueno salir de la casa.

—Tiene razón, estos partidos son muy divertidos. La vas a pasar genial. Tienes que hacer cosas nuevas ahora que ya firmaste el divorcio. Creo que todo el club de lectura debería organizarte una fiesta.

Cecilia se preguntó cómo lo sabía, pero, considerando que habían firmado en el registro civil el día anterior frente a, por lo menos, cinco empleados de la oficina, era seguro que todo el pueblo ya estaba enterado.

—Sí, esa soy yo: una mujer soltera en posesión de una fortuna bastante pobre —bromeó.

El club de lectura había empezado Orgullo y prejuicio esa semana, en honor a la película que se estaba filmando en el lago cercano.

Ariana se rio.

—¿Quieres limonada?

—Claro. ¿Cómo se llama esta cosita tan linda? —preguntó Cecilia mirando al bebé que se reía en brazos de Ariana—. ¿Puedo cargarla?

—Samari —respondió Ariana, soñadora.

—Es la combinación de tu nombre y el de Samuel.

Cecilia nunca se preocupó mucho por no tener hijos, pero de pronto sintió un poco de curiosidad.

¿Cómo se llamarían sus hijos imaginarios?

Santiago le hizo señas desde el campo y el nombre Santilia llenó su cabeza.

Lo descartó de inmediato y le devolvió el saludo.

Se veía increíble incluso así, con una camiseta blanca sencilla, pantalones blancos sueltos y una gorra cubriéndole el cabello.

—El jefe juega hoy —comentó Ariana—. Está cubriendo a Bernhard. Dakota está en reposo hasta que nazca el bebé.

—Con tantos bebés en camino, mi hermana va a tener muchísimo trabajo —dijo Cecilia.

—Tu hermana es doctora, ¿verdad? —preguntó la chica sentada junto a Ariana.

Era nueva en el pueblo y circulaban todo tipo de rumores extraños sobre ella. Cecilia solo notó su cabello rubio y sus hoyuelos.

—Escuché que el primo de Jing Lang, el ginecólogo, va a abrir su consultorio aquí —dijo Ariana—. La señorita Jia los convenció porque Jing Wu Shi quiere graduarse antes y estudiar para partera.

—Ah, con razón Jing Lang viene en Navidad a quedarse con Nana, que también está embarazada —dijo Cecilia—. ¿Dónde van a abrir el consultorio?

—En la calle detrás de la alcaldía—respondió la chica nueva—. Dicen que la renta es carísima.

—Es el consultorio de un amigo de Santiago —explicó Cecilia—. Lo acaban de terminar.

—Sí —asintió Ariana—. También es el papá de Bernhard. Y además va a construir un cine junto al hospital.

—Definitivamente estamos creciendo —afrimó Cecilia, impresionada—. Ya no vamos a ser un pueblito pequeño y tranquilo.

—Me encanta que estén aquí chismeando como dos pequeñas Olympias en lugar de poner atención al partido —dijo Ezequiel.

Mientras hablaban, la entrada había terminado y los jugadores se habían ido al bullpen a refrescarse. Ezequiel tenía varios trabajos en el pueblo y era el alma de cualquier fiesta.

—¿No deberías estar jugando? —preguntó Ariana.

Él se encogió de hombros.

—¿Y qué? No somos un gran equipo. No podemos competir contra Samuel y Juan Pablo. Solo avanzamos bases cuando Juan Pablo le lanza pelotas a Maga a cambio de favores sexuales.

Cecilia se atragantó con la limonada mientras Ariana le daba un golpe en la cabeza.

—Esa no es forma de hablar de tus amigos —lo regañó Ariana.

—¡Solo digo! Maga debería sacrificarse por el equipo y enseñarle algo a su marido para que, por una vez, podamos ganar.

—No tienes absolutamente ninguna vergüenza —dijo Ariadna, fingiendo llevarse la mano al pecho.

—Ninguna en absoluto —respondió Ezequiel guiñándole un ojo.

—¡Oh! Alguien está coqueteando con el jugador nuevo… ¿no es el dueño de la empresa? —dijo alguien delante de ellas.

Cecilia se sintió atraída de inmediato por esa voz.

Quiso ver el rostro de esa persona y averiguar por qué llevaba esas túnicas blancas tan raras, hasta que procesó lo que había dicho.

En el pueblo solo había una empresa y un solo jefe.

Miró hacia el campo. Bianca estaba hablando con él, moviendo el cabello de un lado a otro.

—Absolutamente no —pensó Cecilia mientras avanzaba decidida hacia el campo.

—Hola —dijo Santiago cuando ella se plantó frente a él, ignorando por completo a Bianca.

—Santiago, necesito que revises unos papeles —dijo Cecilia, tomándolo de la muñeca y arrastrándolo.

—¿Ahora? —preguntó él con un brillo divertido en los ojos—. Pero estoy jugando.

—Ahora. Tenemos que irnos.