Capítulo 6
—J efe —dijo Maga—, ¿está bien si dejo las dos lasañas que mandó George en su escritorio? —Parecía lista para marchar a casa.
—No hace falta que me digas jefe, ya te casaste con mi sobrino. Claro, gracias —respondió él, sin dejar de caminar por el pasillo.
—Tío, ¿supiste que pronto van a filmar una película aquí? —preguntó Maga.
Santiago asintió. Tenía prisa y necesitaba encontrar a Cecilia antes de que se fuera a casa, pero Maga se le había pegado y debía ser cortés.
—Lo escuché de Olympia.
—Yo me enteré por Richard —dijo Maga—. Juro que el único trabajo de la Policía de este pueblo es el chisme.
Santiago pensó si valía la pena señalar que ella también estaba chismeando, pero lo descartó: tenía prisa.
—Sí, Maga. ¿Has visto a Cecilia?
—No, ¡lo siento! En fin, Juan Pablo debe estar esperándome para irnos. ¡Nos vemos mañana!
—Nos vemos mañana.
Santiago recorrió con la mirada todos los cubículos, buscando cualquier rastro de cabello rojo.
Al no encontrarla, decidió bajar al piso inferior.
Necesitaba la contraseña del sistema contable, y pronto; de lo contrario, el banco no recibiría el documento que estaban solicitando, y pondría en jaque sus planes a futuro, mucho más ambiciosos.
Habían encontrado la forma de usar los envíos dobles y aumentar las ganancias abriendo una segunda planta en la capital, pero para eso necesitaban liquidez.
Así que había solicitado un préstamo y pasaba los días enterrado en formularios y hojas de cálculo, mientras su padre lo juzgaba, whisky en mano, desde Bora Bora.
—¡Disculpe! —dijo una voz que no reconoció—. ¿Sabe cómo llego a la parada del autobús?
La persona se cubría el rostro con un mapa grande. Vestía de blanco y llevaba una mochila pesada en el hombro izquierdo, llena de correspondencia. Santiago la recordó: era la recién llegada de la que todos hablaban, la misma que lo había reprendido por hacer llorar a Cecilia.
—Ahora está en un nivel subterráneo; suba y salga por la puerta blanca grande —explicó Santiago, con un tono seco, sin dejar espacio para preguntas. Siguió caminando: no tenía tiempo para gente desorientada.
—Ya no hay trabajadores allí —dijo la persona. Santiago no se dio vuelta; estaba seguro de que Cecilia no se habría ido sin despedirse—. Salvo una mujer pelirroja que está ordenando el depósito de suministros.
¡Bingo! Apuró el paso. Aún había tiempo.
—¡Cecilia, aquí estabas! —dijo al entrar en el espacio pequeño y estrecho. Olía a polvo y cartón, pero también a ella: dulce, a vainilla, envolvente.
—Necesitaba cartuchos para la impresora. Tengo cien cheques que imprimir y la mía volvió a fallar, así que tomé los de Njinga —informó ella, estirándose para alcanzar una caja en el estante más alto—. Pero alguien volvió a llevarse la escalera y no llego.
—Creo que la usaron en el almacén detrás del estacionamiento. Déjame —pidió Santiago.
Dio un paso adelante para tomar la caja y, sin querer, la dejó acorralada contra el estante. Se quedó rígido, rogándole a una parte muy específica de su anatomía que se comportara.
—Aquí está —dijo, dando un paso atrás y dejando la caja en el estante a su izquierda.
Ella no pareció notar nada y tomó un cúter para abrirla. Santiago tuvo el impulso de cerrar la puerta y mostrarle todo lo que imaginaba por las noches después de pasar el día entero con ella.
—¿Enviaste todos los formularios del préstamo? —preguntó Cecilia.
Ahí estaba ella, profesional, pensando en trabajo, mientras él se comportaba como un adolescente. Santiago se apoyó en la pared derecha del depósito y respiró hondo.
—Necesito la contraseña del sistema —dijo por fin.
—Claro, es… —Cecilia se detuvo. Se escucharon voces afuera y se tensó—. Son Bruno y Eli —susurró, y corrió a cerrar la puerta.