Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4) Capítulo 5
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Capítulo 5

—H ola —dijo Santiago al entrar a la oficina de Cecilia—. Traje pizzas.

Se había quitado la corbata y algunos botones de la camisa estaban descuidadamente abiertos. Incluso cansado, se veía increíble.

—¿Fuiste al restaurante? No te vi salir —preguntó ella.

Ya era tarde y la mayoría de los empleados se habían ido, aunque todavía se escuchaba ruido en el piso inferior.

En el área de producción intentaban avanzar lo máximo posible con el nuevo plan, que incluía fabricar el doble de autos para generar suficientes ganancias y cubrir los costos más altos de ese año.

Incluso estaban tratando de reclutar trabajadores de la capital.

—No, llamé a mi hermano y obligó a Juan Pablo a traérnoslas. Pepperoni y queso.

Sus ingredientes favoritos, notó ella.

—Eres un tío terrible —se rio Cecilia, tomando la pizza que él le ofrecía.

—Le da una excusa para pasar a buscar a Maga. Lo estoy ayudando a ser un mejor esposo —dijo, fingiendo buenas intenciones.

—Porque tú, como el soltero del pueblo, sabes muchísimo sobre el matrimonio —bromeó ella.

—Con la edad llega la sabiduría —respondió él, también en broma.

Arrastró una silla para sentarse junto a ella y le dio un mordisco a su pizza.

—Lo dudo bastante, considerando que solo tienes cuarenta y tres y no ochenta y cuatro —dijo Cecilia, lanzándole una bola de papel.

—Ustedes, las jovencitas de treinta y tantos, no lo entenderían —rebatió él, atrapando la bola con una sonrisa.

—¿Revisaste los gastos de este mes? Creo que ya terminamos por hoy —preguntó Cecilia. Estaba agotada tras varios días trabajando hasta tarde y no veía la hora de meterse en la cama.

—Sí, los firmé, pero los dejé en casa. Te los traigo mañana.

—Necesitas descansar un poco. Deja de trabajar también en casa.

¿Has estado durmiendo? —quiso saber, preocupada por el desgaste que toda la situación le estaba causando.

Como jefe, tenía sobre los hombros la expectativa de arreglar un desastre que no había provocado, y además la presión de su familia.

—Descansaré cuando la producción vuelva por fin a estar a tiempo —aseguró, pasándose la mano por el cabello. Un mechón se le cayó sobre la frente.

Cecilia había escuchado a varias chicas de la oficina fantasear con tocarle el pelo, y ahora ella también lo pensó, pero trató de sacudirse la idea de la cabeza.

—Promete que hoy vas a descansar —insistió.

—Lo prometo. ¿Quieres que te lleve a casa hoy?

—Sí, por favor. —Bruno había aceptado mudarse de la casa que compartían, pero se había llevado el único auto que tenían, dejándola a merced de los autobuses poco confiables del pueblo—. Quiero llegar antes de medianoche y no tener que aguantar los chismes de Olympia por todo el centro.

—¿Por qué Olympia toma el autobús desde aquí? —preguntó él—. Pensé que su nieta estaba de licencia por maternidad.

—Lo está. Ariadna tuvo a su bebé la semana pasada.

Cecilia tomó el último pedazo de pizza de Santiago. Él chasqueó la lengua, pero no la detuvo.

—¿Y qué anda haciendo Olympia ahora? —preguntó.

—Ni idea —dijo ella. Le dio un mordisco a la pizza y parte del queso cayó sobre su pecho, justo debajo de la clavícula—. Maldición! —Intentó limpiarlo con una servilleta, pero le ardía.

Santiago salió corriendo a un escritorio de afuera y volvió con un botiquín de primeros auxilios.

—Déjame limpiarlo antes de que se infecte.

—Está bien, es solo una quemadura pequeña —dijo ella.

—¿Ah, sí? ¿Quieres que llame a tu hermana y le pregunte?

—Está bien —cedió Cecilia—. Si llamas a Laura, va a hacer un drama.

Él limpió la herida con cuidado. El contacto frío de la gasa alivió el ardor.

Luego aplicó una crema calmante, moviendo los dedos con toques suaves y rítmicos.

Esa caricia le recorrió el cuerpo con un escalofrío y la dejó confundida.

¿Qué eran esas sensaciones nuevas que él estaba despertando en ella?

—¿Todavía duele? —preguntó Santiago mientras colocaba una tirita.

Cecilia se quedó sin palabras al mirar sus ojos oscuros, tan cerca.

¿Por qué su cercanía le provocaba eso? Era Santiago; habían pasado incontables noches de trabajo juntos sin ningún problema.

También habían sido amigos durante años.

¿Cómo no se había dado cuenta antes de que era un hombre atractivo?

Su mano seguía sobre la tirita, y ella se preguntó cómo se sentiría si la bajara solo un poco más. Muy mal, se regañó.

—¡Tío, ya nos vamos! —dijo Juan Pablo desde afuera. Si daba un paso más, los vería en una situación muy comprometida.

—Creo que me voy con ellos —dijo Cecilia, y salió apresurada de la oficina.