Capítulo 4
C ecilia suspiró. Por fin había logrado conseguir almacenamiento para varios contenedores en Panamá.
Con un poco más de suerte, se quedarían ahí solo un par de semanas, hasta que llegara el resto de los componentes electrónicos que estaban por pedir y todo pudiera enviarse junto para salvar el cronograma de producción de la planta.
—Cecilia —dijo Santiago al abrir la puerta de su nueva oficina.
Ella solo había tardado cinco minutos en traer todos sus papeles, y Santiago había decidido que el lugar se veía demasiado vacío, así que puso un florero con lirios frescos sobre uno de los archiveros y un cuadro de La noche estrellada junto a la puerta.
—Aquí está —contestó Cecilia, entregándole la carpeta con el nuevo presupuesto anual, segura de que eso era lo que quería—.
Tiene un aumento en el costo de producción, pero era la única forma de al menos tener producción.
Ya envié a los miembros de la junta el contenido por correo.
Solo tienes que resolver las dudas que puedan tener. ¿Ya llegó tu hermano George?
—Sí, está llamando al resto del equipo desde mi oficina. Deséame suerte —pidió Santiago, nervioso.
George, su hermano, era el dueño del único restaurante italiano —y decente— del pueblo.
Además de ser su hermano, formaba parte de la junta de la empresa.
Su familia prácticamente había fundado este pueblo.
Ahora Santiago estaba a punto de presentar el plan que habían armado en las últimas dos semanas para su aprobación.
—Espera —dijo Cecilia, acercándose a él—. Tu corbata está torcida.
—Gracias. Siempre puedo contar contigo —sonrió, y ella no pudo evitar mirarlo.
Olía tan bien… a madera de cedro, cuero y algo más, intrigante.
—No podemos permitir que ellos te juzguen por tu apariencia —dijo Cecilia.
—No, no podemos —respondió él, acercándose un poco más.
Cecilia no pudo moverse. Estaba hipnotizada por su piel perfecta.
¿Sus ojos siempre habían sido tan oscuros y expresivos?
Casi parecía que quisiera besarla y, para su sorpresa, la idea no le resultaba desagradable.
Sobresaltada, dio un paso atrás. ¿Cuándo había pasado esto?
Se reprendió a sí misma: no solo se había casado con el idiota de su exmarido, sino que cinco segundos después de volver a estar separada ya estaba babeando por el atractivo dueño de medio pueblo, el soltero más codiciado del lugar.
—¿Quieres que te lleve a casa? —irrumpió Bruno en la oficina, y ella dio otro paso atrás.
Dios, no podía esperar al fin de semana para que su exesposo se mudase por fin de la casa. Santiago aprovechó para irse, no sin antes lanzarle a Bruno una mirada fulminante.
—No, vine en mi auto —respondió Cecilia sin mirarlo siquiera.
Se sentó en su escritorio y comenzó a ordenar los documentos que Santiago necesitaba firmar para pagar los turnos extra de los trabajadores.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Bruno—. ¿Qué haces tan cerca de él?
—Trabajando —dijo Cecilia.
—Parecía otra cosa.
—No era nada. Y no tienes ningún derecho a preguntar.
Siguió engrapando papeles, aunque lo único que quería era gritarle.
Ahora se había dado cuenta: nunca le gritó a Bruno cuando pidió la separación, nunca le gritó cuando empezó a salir con una chica de diecinueve años, nunca le gritó cuando dijo que era mejor que ella buscara otro lugar para vivir hasta que él estuviera listo para aceptarla de nuevo.
Simplemente había iniciado los trámites de divorcio y esperado pacientemente a que él firmara.
—¿Así que te dio un ascenso, una oficina y se quedó hasta tarde contigo solo para meterse en tus pantalones? —bramó su ex.
—¿No te está esperando Eli? —respondió ella, molesta. Estaba a punto de desatar toda su ira frente a todos, y lo único que la detuvo fue el miedo a armar un escándalo.
—No cambies de tema —dijo él, quitándole los papeles de la mano.
—No quiere meterse en mis pantalones ni quiere una relación conmigo —contestó Cecilia. ¿Por qué sentía que estaba calmando el berrinche de un niño de cinco años?—. Ahora dame eso y sal de mi oficina. Tengo trabajo que hacer.
—Eres muy ingenua. ¿No ves lo que está haciendo? Está intentando comprarte. Te quiere.
—¿Y si yo la quiero? —dijo Santiago al entrar en la oficina—. ¿En qué te afecta a ti? —Se irguió frente a Bruno—. Ya no estás con ella. Te recomiendo firmar los papeles del divorcio lo antes posible. Ahora lárgate de aquí antes de que decida dejar de ser tan benevolente y te despida.
Bruno salió dando un portazo. El cuadro junto a la puerta cayó al suelo y Santiago lo volvió a colgar.
—¿Hablabas en serio? —preguntó Cecilia, confundida.
—Santiago —dijo George al entrar en la oficina—. La junta tomó una decisión.