Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4) Capítulo 3
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Capítulo 3

—¿E s verdad? —preguntó Santiago mientras se sentaba en la silla. Notó como a Cecilia el rímel se le había corrido por todo el rostro; se veía destrozada. Tan vulnerable—. Exijo saberlo —insistió, al verla permanecer en silencio.

—¿Exiges? —dijo ella por fin—. Déjate de tonterías. No soy una subordinada que te tenga miedo, y por si lo olvidaste, el jefe de Recursos Humanos es mi primo.

Él sonrió. Ahí estaba de nuevo, su fuego.

Cecilia siempre era tranquila, educada y serena, pero nunca había tenido miedo de enfrentarlo.

Esa era la razón por la que habían trabajado tan bien juntos durante tantos años.

Había sido su mano derecha desde que su padre le dejó la empresa para retirarse a una casa frente al mar. Él caminó hasta la puerta.

—Florencia, bloquea todas mis llamadas —ordenó. Cerró y se volvió a mirar a su amiga—. Lo siento —dijo—. Es que nos conocemos desde hace tanto tiempo… No te considero solo una empleada. Me sorprende que no me lo hayas dicho a mí, pero sí a ellas.

—Es verdad —concedió Cecilia—. Yo también te considero mi amigo, Santiago. Sí, me estoy divorciando. Firmamos los papeles hace dos días y tenemos que ratificarlo en uno o dos meses —dijo, mirando al suelo.

—Todo va a estar bien —la consoló él.

Se levantó y la abrazó. El aroma de Cecilia, mezclado con su perfume floral, estuvo a punto de hacerlo perder el equilibrio.

—Él quería separarse desde hace tiempo —explicó ella.

—Qué estúpido —sentenció Santiago.

—Nos casamos muy jóvenes —explicó Cecilia, sin sorprenderse de que él se pusiera de su lado—. Dijo que quería experimentar, que quería que lo esperara… y ahora está «experimentando» con Eli en su cubículo, ¡justo delante de mí! —terminó, furiosa.

—Puedo despedirlos a los dos —ofreció Santiago, cerrando el abrazo como si quisiera no soltarla nunca.

—No serviría de nada. Nada cambiaría. Igual lo vería todos los días por el pueblo.

Solo quisiera que hubiera una forma de salvarme de esta vergüenza.

No puedo ser la única que los vio; en unas horas toda la oficina lo sabrá.

—Ella se sentó sobre el escritorio y él se contuvo de reprenderla—.

Solo quiero huir de todo esto. Tal vez pueda volver a la capital y vivir un tiempo con mi mamá.

—No puedo dejar que te vayas —dijo él sin pensarlo. Si había algo peor que ver todos los días al amor de tu vida con su esposo, era no volver a verla nunca.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—Eres indispensable aquí —mintió, intentando cubrir lo que sentía.

Cecilia se tensó. Santiago sabía lo en serio que se tomaba su trabajo, así que decidió usarlo a su favor.

—Hay algo que puedo ofrecerte para que todo esto te sea menos doloroso. —Le tendió su pañuelo, aunque deseaba limpiarle las mejillas el mismo.

—Explícate —dijo ella.

—Necesito que soluciones el problema de los contenedores.

Hay fondos especiales y fondos de emergencia.

Podemos usarlos para crearte un nuevo puesto.

Te encargarías de la crisis actual. Son muchas horas de trabajo, pero puedes usar la oficina vacía de al lado para no tener que verlo.

Además, estarás tan ocupada que ni los notarás haciéndose ojitos.

En silencio, él juró hacer todo lo posible por mantenerlos lejos de ella y verla feliz.

—¿Usarías fondos de emergencia solo para ayudarme? —Cecilia se distrajo aflojando un mechón de su trenza—. Como tu contadora, tendría que aconsejarte seriamente que no lo hicieras —bromeó.

—Estamos en medio de una emergencia —repitió él—. De todos modos ya actúas como mi CTO, considéralo un ascenso. Esto es solo una feliz coincidencia.

—No llamaría «feliz coincidencia» a nada de esto —dijo ella—, pero, ¡qué diablos, señor Santiago!, trato hecho.