Capítulo 2
—¡P or Dios! ¿pueden esos dos comportarse? —dijo una voz femenina frente al escritorio de Cecilia—. Se supone que este es un ambiente serio.
—¿Qué? ¿Quienes? —Cecilia levantó la cabeza de los números que la habían estado volviendo loca a ella y a Santiago toda la semana.
La mujer que hablaba le daba la espalda; Cecilia pudo ver que llevaba un top blanco muy corto y unos pantalones blancos holgados, y que un hermoso tatuaje de una flecha parecía brillar en su hombro.
Y estaba demasiado pendiente de lo que ocurría dos cubículos a la izquierda.
El estómago de Cecilia se encogió cuando vio la mano de Eli sobre la pierna de su futuro exmarido.
Se levantó conteniendo las lágrimas y corrió hacia la cocina, el lugar más alejado de la planta.
¿Ni siquiera habían firmado y él ya estaba buscando a otra?
¿Y lo hacía justo frente a ella? Repugnante.
Quería subirse a un avión e irse para siempre, a un lugar donde toda esa rabia y humillación no la siguieran.
Maga y Ariana charlaban animadamente en la cocina, sus rostros radiantes reflejo de amor reciente: una acababa de casarse y la otra esperaba a su primer hijo.
Cecilia había querido hijos alguna vez, pero Bruno no, y como siempre, ella había hecho lo que él quería.
Ahora estaba al final de sus treinta y no tenía nada, ni un esposo ni un hijo para hacerle de familia.
Sintió ganas de gritarles a las pobres chicas, de explicarles que el amor desaparece diez años después, cuando tu marido se queja de que tu vida sexual no es suficiente para él, cuando nunca se preocupó por que fuera buena para ti, y coquetea en tu cara con chicas que apenas son mayores de edad.
—Cecilia, ¿qué pasó? —preguntó Ariana. No se había dado cuenta antes, pero las lágrimas ya le corrían por las mejillas—. Ven, siéntate, te preparo un té.
—¿Está tan grave la situación con la línea de producción? —Maga le dio una palmadita suave en el brazo.
—No, no es eso —dijo Cecilia, dejando que Ariana la sentara en un banco.
—¿El señor Santiago te gritó? —cuestionó Maga.
—No. Y nunca haría algo así.
—Sí lo haría —rebatió Maga, y Ariana asintió—. Es el tío de Juan Pablo y una vez lo vi darle el regaño de su vida. Fue el mejor día de la mía.
—No es eso —repitió Cecilia. Santiago nunca había sido grosero con ella, aunque sabía que tenía fama de ser complicado.
—¿Hay algo en lo que podamos ayudarte? —preguntó Ariana.
—No lo creo.
Cecilia se dio cuenta de que pronto Bruno o Eli hablarían con su familia y todos se enterarían igualmente. La humillaría; no había forma de esconder un secreto así. Un sollozo se le escapó sin poder evitarlo.
—No llores —pidió Ariana, poniéndole una taza de té en frente.
—No tienes que decirnos qué pasó —dijo Maga, la ingeniera de carácter fuerte, mientras la consolaba—. Solo dime quién fue, yo me encargo del resto.
—No pueden hacer nada al respecto —repitió Cecilia, secándose las lágrimas. Dudaba que una buena paliza a Bruno la hiciera sentir mejor.
—Claro que sí, sé dónde mi marido guarda los bates —insistió Maga.
—Esto no se puede arreglar —dijo Cecilia. Respiró hondo para decir la verdad—. Bruno y yo nos vamos a divorciar.
Maga soltó un jadeo y Ariana se llevó la mano a la boca.
—Aun así puedo usar la violencia si quieres —ofreció Maga otra vez, y Cecilia se rio.
Decidió comer algo. Comer algo dulce de vez en cuando para que el día se vea más brillante , solía decir su madre, pero Cecilia era más de cositas saladas. Tomó una galleta salada que Santiago le había traído de su último viaje a Europa y la masticó distraídamente.
—Creo —dijo Ariana— que Cecilia la está pasando mal y tú no estás ayudando.
—¡Sí estoy ayudando! —protestó Maga, ofendida.
—¡Cecilia, ven a mi oficina ahora! —la voz de Santiago retumbó desde la cocina.
Todas se sobresaltaron, y Cecilia lo siguió.