Casarme con el CEO (Cómo cazar un marido 4) Capítulo 7
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Capítulo 7

—N o entiendo por qué no podemos vernos en tu casa, en vez de escondernos aquí —se oyó la voz de Eli a través de la rendija de la puerta.

Santiago se preguntó cuántas horas de trabajo se perdían en romances secretos dentro de la empresa. Cecilia hizo un gesto de asco; él le puso una mano en el hombro como apoyo silencioso.

—Porque mi esposa está ahí —mintió Bruno, sin aclarar que no se atrevía a decirle que la casa le pertenecía solo a ella—. Sé que es difícil vernos a solas. ¿Qué tal si este fin de semana nos escapamos solo nosotros dos?

—Ambos viven con sus padres —susurró Cecilia—. Bruno había intentado quedarse en la casa, pero como era un regalo de mis padres logré echarlo.

—Mereces algo mucho mejor —le dijo Santiago—. Es un imbécil.

—Al menos pronto se va a terminar todo esto. —Cecilia se encogió de hombros.

Últimamente hacía mucho ese gesto, pero no engañaba a Santiago: estaba sufriendo. Tal vez él debería esforzarse más en hacerla sentir mejor.

Un ruido sobre una mesa los sobresaltó. Pudieron oír a Bruno prometiéndole a Eli todo tipo de cosas sexuales para su escapada de fin de semana. Cecilia se tapó la boca, asqueada.

—Juro que esta empresa es una sopa de hormonas —dijo Santiago, furioso—. Voy a hacer que paren y van a recibir una llamada de Recursos Humanos.

Cecilia lo detuvo.

—Silencio. Estás atrapado en un depósito con una mujer ahora mismo; no tienes autoridad moral para hablar —susurró.

Estaban tan cerca que a él se le llenó la cabeza de ideas, hasta que notó que ella estaba conteniendo las lágrimas.

Se arrepintió inmediatamente. Era un momento difícil para ella, y él pensando como un adolescente en vez de comportarse como un adulto.

Tenía que parar, ayudarla a sobrellevarlo y olvidarse de Bruno. Necesitaba distraerla.

—¿Estás diciendo que esto también te parece una situación sexy? —preguntó. Notó que su voz bajó un tono. A pesar de todo, seguía pensando con una parte específica del cuerpo.

Cecilia apoyó el dedo índice sobre sus labios. Agradeció que el depósito estuviera en penumbra para que no notara la erección que le presionaba el pantalón con ese simple contacto.

—Claro que no. No nos estamos besando —dijo ella, sin apartar la vista de la puerta.

—Podríamos —se inclinó hacia ella—. Si me dejas.

—Por el amor de Dios, ¿puedes callarte? —sonaba molesta, pero su expresión decía que estaba a punto de reírse de su tontería.

—Callame —dijo Santiago, apoyando ambos brazos en la pared detrás de ella, acorralándola.

Ella lo miró. Él vio la confusión en sus ojos, tratando de decidir si hablaba en serio o no. Pareció asumir que no y se relajó. Cecilia nunca parecía notar el efecto que tenía en él.

—Ya basta de tonterías —dijo ella, apartándose y abriendo un poco la puerta.

Él miró por la rendija; sus ojos recorrieron el pasillo tenuemente iluminado.

—Ya no los oigo. Tal vez se fueron.

Salieron del depósito y vieron a Eli y Bruno caminando hacia el pasillo que llevaba a las escaleras.

—Cuando recuperes tu casa, podremos vernos todo el tiempo —dijo Eli, con un tono ligero y despreocupado.

—¿Qué casa va a recuperar? —Cecilia se quedó rígida. Su respiración se aceleró. Se aferró a su blusa; los nudillos se le pusieron blancos y las manos le temblaban sin control.

—Cecilia, respira —ordenó Santiago, tomando sus manos—. No entres en pánico.

—¡No puede hacer eso! ¿Verdad? —dijo ella, mirando a la nada—. Esa era la casa de mis padres, no puede quitármela, ¿verdad? —Ahora estaba hiperventilando; las palabras le salían en fragmentos desesperados.

—Respira. Todo va a estar bien —Santiago le sostuvo el rostro, obligándola a mirarlo a los ojos—. No voy a permitirlo. Vas a buscar un abogado; vamos a llamar a Harry, él se encargará. Te lo prometo: todo va a estar bien.