Capítulo 19
N o quería pensar, pues si lo hacía, de seguro optaba por volver a su plan inicial: huir sola y sin un futuro claro. Así, Marianne dejó que la doncella la ataviara con un fino vestido de muselina rosa. El tono era pálido, y el escote redondo favorecía el collar de perlas, que era su favorito.
Bajó las escaleras y, aunque entró en la Sala Limón para sentarse a esperar el momento de su compromiso, miró la puertaventana, que estaba abierta. Por unos instantes, dudó, pero aún quedaba tiempo. Un inocente paseo por el parque no le haría daño a nadie.
Salió, inspiró profundo y descendió los peldaños de la terraza. Caminó lento para calmar la angustia que le atravesaba el pecho, mas cuando miró la arboleda que se elevaba a lo lejos, el corazón se le quebró en mil pedazos.
¿Por qué? ¿Por qué se había enamorado? Y, peor aún, ¿por qué lo había confesado? Estaba rota y, desde ese momento, no habría día en que no pensara en el frío y calculador de lord Frederick.
Debía olvidarlo a como diera lugar. Sin embargo, no terminó de decidirlo que una gruesa y conocida voz le detuvo el paso.
—¡Marianne! ¡Marianne!
Los ojos de la joven Powell se abrieron como pelotas de cróquet, pero cuando se giró y comprobó la identidad de quien la había llamado, se echó a correr, inconscientemente, en dirección a la famosa arboleda de lady Browne.
***
La desesperación estaba haciendo estragos con el pobre de lord Frederick Stewart. El coche estaba más destartalado de lo que había imaginado y, aunque no era cierto, se le antojó que, si hubiera ido a pie, habría llegado mucho más temprano.
—¡Al fin, por todos los cielos! —exclamó cuando el carruaje frenó en Browne House. Y, veloz como un cimarrón, salió disparado hacia la puerta.
Sin necesidad de escuchar los llamados, Smith abrió y no tuvo tiempo siquiera de saludar que Frederick entró al vestíbulo echando chispas.
—¡¿Dónde está?! ¡¿Dónde demonios está?! —bramó mirando en todas las direcciones.
Justo a tiempo y con una sonrisa de oreja a oreja, la figura de lady Browne se asomó por las escaleras.
—¡Oh! Pero ¿qué es esto? ¿Acaso aún estoy dormida o estoy viendo al lord equivocado?
El hijo del marqués caminó hasta el primer escalón.
—¡Dígame dónde está Marianne! ¡Se lo suplico! —rogó con el corazón en la boca.
Christine curvó los labios de lado y, sin emitir una sola palabra, señaló en dirección a la Sala Limón.
De inmediato, lord Frederick echó a correr.
Entró en la estancia y no la encontró, pero al descubrir la puertaventana abierta, no dudó en salir.
Y entonces, cuando miró desde la terraza que ella, muy tranquila, se marchaba hacia la arboleda, bajó las escaleras de dos en dos y, sin dejar de correr, gritó su nombre con marcada desesperación.
—¡Marianne! ¡Marianne!
Ella se giró, pero, como si hubiera visto al mismísimo diablo, se lanzó a una veloz carrera hacia los robles.
¿De verdad, otra vez, intentaría escapar?
—¡Maldición! —soltó Frederick, mas, sin dudarlo, corrió detrás de ella.
Marianne dejó el alma en la huida, pero cuando llegó a la zona cubierta por los árboles, una raíz que sobresalía provocó que cayera en el acto.
—¡Marianne! ¡Rayos! —gritó él al ver cómo había quedado tendida sobre el suelo. Y enseguida estuvo a sus pies para auxiliarla.
—¡No te atrevas! ¡No me toques! —lanzó con rabia al tiempo que se soltó del agarre. Se puso en pie y retrocedió para tomar distancia—. ¡Vete! ¡Sé libre y déjame en paz!
Frederick entrecerró la vista.
—¡¿Pero de qué hablas?! ¡¿Acaso has perdido el juicio?!
—No, por el contrario, estoy más cuerda que nunca, milord. —Se enderezó y, firme, lo miró a los ojos—. Es claro que, ahora que es libre, lo último que desea es casarse conmigo. Y no intente convencerme: la ausencia de su firma en el contrato lo ha dicho todo.
Indignado y furioso, el hijo del marqués se aproximó a Marianne. Ella retrocedió cada paso que él avanzó; no obstante, una vez más, el tronco de un robusto árbol le impidió continuar.
Estaba acorralada. De nuevo y sin escapatoria.
—No permitiré que te cases con ese idiota. No, Marianne. ¡No! —declaró con la boca a solo un dedo de distancia de la de ella.
—Y yo no permitiré que solo me busques para cumplir con un acuerdo por mera culpa o responsabilidad. Ve y ten la vida que siempre deseaste, Frederick. Yo estaré bien y también en libertad.
—¿De qué libertad me hablas si tú, tanto como yo, sabes que nunca más seremos libres? No, al menos, si no estamos juntos.
—No importa lo que digas: el acuerdo estaba sin firmar.
Él exhaló con rabia.
—No me diste tiempo a hacerlo, Marianne. Mi padre se presentó poco antes de que yo partiera, al igual que la carta de mi hermano.
—¿Qué?
Medio indignado pero hechizado por la expresión de asombro de ella, Frederick negó con la cabeza.
—No tienes remedio. No piensas, Marianne. Solo actúas. —Y se mordió el labio inferior al centrarse en la boca de ella, que temblaba en una mezcla de deseo con vergüenza.
—Yo... no sé qué decir. Creí que...
Pero no pudo seguir porque, apresándola contra su cuerpo, lord Frederick le devoró la boca.
Y no se detuvieron, ni siquiera cuando lady Browne, lady Ridley y lady Chatterton se aproximaron para condenarlos.
—Bueno, bueno... Creo que no habrá otra opción que casarlos, queridas —sentenció lady Browne mientras miraba cómo aquellos dos seguían devorándose como si nadie los estuviera viendo.
—Sin duda, Christine. De lo contrario, sería un escándalo —agregó lady Ridley de brazos cruzados.
—Cierto —respondió la vizcondesa fanática del limón—. Sería un escándalo, pero no tan grave como el de Elizabeth. —Miró a la condesa de arriba abajo y se carcajeó sin escrúpulos.
La aludida puso los ojos en blanco.
—Tienes razón, Christine. Incluso me pregunto qué dirían las víboras de Mayfair si se enteraran de que, ahora mismo, lady Chatterton luce como una criada ¡y todo por el éxito de nuestro club! —comentó Margaret, entre risas.
—No te atreverías a contarlo, querida. —Y, divertida, Elizabeth continuó—: No lo harías, siendo una flamante socia de El club del té.