Epílogo
Querida lady Browne:
Sé que debería decírselo en persona. De hecho, es lo que le dije a mi hermana que haría, pero prefiero plasmarlo en una carta para que quede muy en claro: no pienso conformarme.
Por supuesto que no soy tan tonta como debe de creer. Mi comportamiento pasado me precede, pero estoy segura de que usted y su mágico club lograrán hallar a mi alma gemela.
Quiero un amor único y romántico, lady Browne, de esos bien pasionales que nadie olvida. De esos repletos de poemas cursis, pero que no superan a las promesas de amor eterno.
En pocas palabras, quiero un príncipe que quiera casarse conmigo, lady Browne, pero solo si me ama de verdad.
Claro que, a estos requisitos, debo agregar que posea una fortuna considerable y que su reputación sea intachable. Lo siento, pero mi madre no me dejaría aspirar a menos.
En fin, sin ánimos de robarle más tiempo, la dejo para que, cuanto antes, halle a mi querido y futuro esposo.
Ansiosa por mudarme a su casa...
Mary Powell
En cuanto Christine terminó de leer la carta, exhaló fuerte y con marcada indignación.
¿Quién demonios se creía que era esa jovencita? No lo sabía. Pero de lo que sí estaba segura era de que nadie, ni las más rebeldes muchachas, podían con ella.
Hacía poco la mayor de las hermanas Powell la había desafiado con un «cásame... si puedes» y, para entonces, estaba a días de convertirse en lady Frederick Stewart.
No había dudas: no había imposibles para lady Browne. Y mucho menos para El club del té.